lunes, octubre 15, 2007

Capítulo 30

Y de nuevo había llegado la noche.
No sabía el porqué, pero se sentía más a gusto durante su transcurso. Como si la oscuridad escondiera su único mal. Además le servía como cómplice para dejarlo a un lado, para olvidarse de él, para borrarlo del mapa.
Andrés Sánchez, máximo mandatario de aquella institución centenaria como era la Facultad de Medicina, y mayor responsable del edificio donde ésta residía desde que Miguel de los Santos Nicolás la construyera casi setenta años atrás, se recostó sobre su sillón de oficina rodeado de oscuridad.
El sentido literal no era tan estricto.
Tras los últimos acontecimientos debía andarse con pies de plomo. El plan original se había ido al traste en cierto modo –no se sentía para nada derrotado, por eso continuaba a oscuras –desde el momento en que Abad se descontroló por completo.
Sabía que era un arma de doble filo que sería difícil de limar. Las cuerdas que sostenían a aquella marioneta eran demasiado frágiles. De tal modo, se rompieron cuando llegó el momento.
Lamentaba el triste final que había tenido la historia de aquel profesor que contrató un día de otoño por su propia obra y gracia. Recordaba perfectamente cómo se empecinó en confiar en que ante él tenía a la persona adecuada. Aún cuando había estado en el lugar horrendo y alejado en el que trabajaba. O hacía como tal.
¿Quién iba a pensar en ese momento el motivo de su retiro?
Su aspecto entonces era una incógnita. Quizá el suyo era un estilo desaliñado pero muy personal. Su expediente académico era lo único que se debía mirar en esos casos. El primero de su promoción en cada uno de los cursos, el primero en la oposición casi obligada apodada como M.I.R… Y aún así, trabajaba por su cuenta.
No podía ser un candidato mejor para el puesto de profesor de Anatomía que debía rellenar cuanto antes. Abad era la persona indicada, lo tuvo claro en el momento en que le estrechó la mano en su despacho privado de las afueras de la ciudad. Como mobiliario, únicamente su diploma de facultativo colgado en la pared. Una sencilla mesa en el centro de la estancia, y un gran desorden por todas partes, eso sí.
Tampoco vio a ningún paciente en las dos visitas que le hizo antes de que Abad firmara su contrato.
Coincidencia, pensó en su momento.
Con ese historial, debían lloverle los pacientes. Únicamente se trataba del hecho de que estaba “empezando”.
Después toda su imagen se iría al traste con aquel terrible “accidente”…
El decano dejó en el acto sus pasados pensamientos para atender a la llamada que se había producido en ese preciso instante sobre la madera maciza de la puerta de su despacho.
- ¡Pasa! –gritó sin despegar la espalda de su confortable asiento.
La puerta se abrió despacio, de manera tímida. Incluso la misma puerta se quejó del hecho de que no la utilizaran con la fuerza necesaria con un sonoro crujido.
- Siéntate, por favor –decidió desde el primer momento no tratarle de usted. Era una forma que utilizaba muy a menudo para dar a entender quién iba a llevar el hilo conductor de la conversación.
La persona invitada no dudó un instante, e hizo lo que el decano le había pedido.
- Espero que no hayas venido para darme un no por respuesta. Habría sido un viaje en balde para ti, y una pérdida de tiempo para mí –comenzó Sánchez.
- No, claro que no… -contestó quien se sentaba al otro lado de la mesa –Me ha comentado su…
- Sí, sí, lo sé –cortó su, hasta ahora, frase más larga, a la vez que se levantaba de su sillón.
- Pero no ha sabido explicarme tan a fondo…
- Para eso estás aquí, ¿no? –volvió a interrumpir. Sin duda, tenía decisión de llevar él la voz cantante.
La poca luz que emanaba la única lámpara que se encontraba encendida en ese momento, y que ayudaba a crear el clima de seguridad del que se rodeaba Sánchez todas las noches durante minutos, incluso horas, no se atrevía a desvelar la identidad de la segunda persona que ahora permanecía igual de quieta que el decano en su respaldo minutos atrás. Su cara permanecía en la completa oscuridad, debido a la inclinación del propio haz luminoso, que únicamente alcanzaba la altura de su cintura.
- Sí, me tiene para lo que usted mande, señor –respondió la figura, cada vez más segura de sí misma.
- Eso me gusta… -sonrió mientras le observaba desde la esquina de su propio despacho –Aquí no voy a salir sólo ganando yo –Se movió lentamente, pero cuidando sus movimientos, hasta otra pared de la habitación, con la excusa de contemplar uno de los marcos que colgaban durante unos segundos. Luego, volvió a mirar hacia la silla ocupada –Si llevas a cabo mis órdenes, puedes salir muy beneficiado tú también. Te aseguro que desde mi elevada posición se vislumbra todo lo que acontece en la facultad.
Es como si todo el edificio –caminó hasta su asiento y reposó su cuerpo en uno de los brazos acolchados –fuera un enorme títere. Sólo quien está más arriba tiene el privilegio de agarrar la cruceta y mover los hilos a sus anchas. Y esos hilos pasan por todo lo que puedas imaginar dentro de esta facultad, incluso fuera de ella.
- Me gusta la idea… -contestó mientras se chupaba los labios inconscientemente –Espero que esté a mi alcance…
- Seguramente lo estará. Tú no te debes preocupar de nada. Sólo debes estar atento a los detalles, y ellos mismos te dirán cuando actuar en cada ocasión.
- ¿No podría ser más explícito en cuanto a mi función en todo esto? –cruzó la pierna hacia el lado contrario para estar aún más cómodo en su posición.
Sánchez se rió desde el otro lado mientras no le quitaba ojo de encima. Le gustaba. Al igual que le había gustado Abad aquella primera vez…
- Directo al grano, sí señor –Sánchez esta vez volvió a tomar asiento. Borró de su faz la sonrisa burlona que le había caracterizado durante aquel momento y preguntó de una forma muy natural -¿Sabes utilizar armas de fuego?
La figura de la oscuridad, por un momento, volvió a sentirse incómoda. Pensó que ya no se trataba de la silla, antítesis completa del enorme sillón que coronaba la habitación desde el otro lado. Otra forma más de plasmar desde qué sitio se controlaba la famosa cruceta de la que nacían los hilos.
Se relajó instantáneamente.
- Casualmente, sí. Además, tengo buena puntería. Desde muy pequeño…
- Bien, bien. Cada vez nos entendemos mejor –siguió Sánchez con su juego –Supongo que estarás al corriente de lo que ha acontecido a la facultad durante estas semanas pasadas…
- Como para no estarlo. Cada vez se parece más a una película… -rió sarcásticamente.
- Pues hay que intentar que esta película tenga el final que nosotros queremos, y no uno al azar o inconcluyente. No un simple continuará, sino un “The End” en toda regla, y en el que los dos podamos salir beneficiados. En cuanto a tus beneficios, no te preocupes. Los tienes asegurados. Sólo tienes que fijarte bien en las acciones de diversas personas que ahora te detallaré. Sobre todo en las de un entrometido alumno de tercero, un tal Kike Blázquez.
La figura volvió a moverse dentro de su propio asiento para encontrar, si cabía, otra postura más cómoda.
- ¿Le conoces? –preguntó Sánchez haciendo que no conocía la respuesta.
- Sí, le he visto más de una vez… -respondió el interlocutor llevando a cabo la misma estrategia que el decano.
- Cuanto más cerca del enemigo, mejor –sonrió –En eso consiste básicamente tu cometido. Ahora te explicaré todo con pelos y señales, para que puedas trabajar lo más a gusto posible.
Sánchez se inclinó hacia delante para dar comienzo a la narración. Apoyó los brazos en el tablero pulido de su mesa y comenzó, sin dilación y de manera pausada, a hablar.

***

Y aún era veintisiete de octubre.
Recién iniciado el nuevo día, y esperando sentado en las escaleras de piedra de la entrada de la facultad, Kike pensó que bien podría haber pasado más tiempo. Si no lo supiera a ciencia cierta –y por el reloj colorado que aún se lo recordaba desde su muñeca –bien podría haber pasado desde aquella mañana de inauguración del curso hasta el día de hoy varios meses. Esa mañana en que un, a primera vista, inofensivo fotógrafo les había mandado colocarse en tres filas –a cual más grande –para retratar el primer recuerdo de aquel curso que comenzaba.
Pero no. Sólo había pasado un mísero mes. ¿Tanto podía cambiar la vida en un mes?
Sólo la forma de andar de la chica le bastó para responderse a sí mismo. Caminaba despacio, cruzando con una falsa decisión el camino que se encontraba rodeado por una serie de árboles y arbustos verde turbio teñidos de negro por la explosión de antaño. Ella no lo sabía, pero de vez en cuando giraba instintivamente la cabeza hacia los lados, como buscando una posible amenaza.
Abad ya no estaba entre ellos para abalanzarse sobre ella, pero eso era lo de menos.
Andrea miraba hacia el suelo, y ascendía la mirada tímidamente, pidiendo a no sabía quién que el chico que se hallaba a unos metros por delante, esperándola, desapareciera súbitamente.
Subió las escaleras sólo elevando la cabeza en una ocasión, pero Kike seguía allí, esbozando una especie de sonrisa.
Era extraño. No le había visto desde el día en que… -aquél día, se obligó a pensar –y no porque no tuviera ganas de verle. Quería estar con él, sentir sus manos como siempre, tan cálidas que diera igual que la fría atmósfera tratara de helar los parabrisas de los coches. Recordó la pasada sensación de una mañana tan fría como lo que acababa de imaginar. Habían paseado unidos hasta la facultad, y no pudo acordarse de una sola vez en que hubiera tenido frío durante aquella larga caminata. Quería abrazarle como nunca lo había hecho, quizá por cobardía, por llevar tan poco tiempo juntos. O quizá por orgullo, por el egoísta e infantil pensamiento de que prefería que fuera él quien se acercara a ella mientras le susurraba algo totalmente ininteligible –y que entendía a la perfección, en cambio –y la envolviera entre sus brazos.
Ahora mismo, quería besarle –pensó sincerándose para sí misma.
Ascendió el último escalón y quedó a pocos centímetros de la cara de Kike. Éste la saludó normalmente y dirigió sus labios hacia los suyos. Entonces, Andrea giró su cara hacia el otro lado, y evitó lo que querría que fuera inevitable.
También quería alejarse. Huir hacia ninguna parte para olvidar lo que ya era inolvidable. El olor a formol no se desprendía de sus ropas, –aún portando una vestimenta totalmente a estrenar, recién comprada por su padre y entregada el día anterior por él mismo, con una enorme sonrisa en los labios, una sonrisa llena de compasión y más de culpabilidad –lo tenía impregnado en su piel, en ella misma. Formaría ya un solo aroma con el que le había acompañado toda su vida, con el que la hacía ser Andrea. Quería llorar hasta que no le quedaran lágrimas. No entendía por qué le había sucedido eso a ella. ¿Qué habría visto Abad para que fuera ella la elegida de sus pesadillas? Y menos mal que había sido sorprendido antes de…
Sintió los labios de Kike sobre su mejilla, después de que su movimiento le imposibilitara encontrar sus labios. Escuchó cómo Kike le decía algo, probablemente un simple qué tal. Le vio mover los labios, ya que era lo único que lograba observar detenidamente. Ni siquiera todavía le había mirado a los ojos. También tenía miedo de enfrentarse a él. No quería –como tantas otras cosas que llevaba pensando durante aquellos precisos momentos –que Kike le preguntara sobre la mañana en cuestión.
Pensaba que era otro enemigo a batir. Otro enfrentamiento innecesario.
Notó la mano del chico sobre su hombro, y éste agitándose hacia delante y hacia atrás, como si Kike intentara que despertara de un sueño que no era tal. Era un estado elegido por ella misma, pero no preparado estratégicamente. Había llegado a él sin querer, y sin duda para ella, pensaba que era el idóneo en su situación. Estaba a gusto, y se sentía protegida de todo lo que odiaba.
Se sentía protegida contra el mundo entero.
Notó cómo Kike volvía a abrir y cerrar la boca, de la manera normal en que alguien intenta vocalizar perfectamente. Andrea los veía a cámara lenta, como si pudiera jugar con el tiempo. Kike movía los labios despacio, y entre ellos a veces se podía ver su sonrojada lengua.
En cambio, no escuchaba absolutamente nada. Sus oídos llevaban taponados durante toda la acción, también protegiéndola de la voz con la que soñaba todas las noches. Soñaba que volvía a escucharla como antes, y le hacía dormirse, llegar a un estado plácido y perfecto. Casi místico.
Quería volver a escucharla, y por eso se tapaba los oídos.
<< ¿Te pasa algo? >>, pareció decir.
<< Nada, sólo abrázame >>, quiso decir.
Pero sus labios no se movieron. Esta vez pudo ascender sus párpados y mirar a los ojos al chico que seguía intentando comunicarse con ella. Y tampoco los veía.
Recordó los azulejos del dichoso pasillo. Los que le llevaban atormentando desde entonces. Ni se le pasaba por la cabeza volver a pasar por allí.
¿Y dónde estuvo él? El que ahora intentaba preocuparse por ella, ¿dónde estuvo entonces? Lo había pensando más de una vez, y siempre llegaba a la misma conclusión.
Con Amaya.
Ese nombre siempre le llevaba a negar con la cabeza. Kike no quería nada con Amaya.
Y una nueva conclusión, esta vez, sí la última. Kike no tenía la culpa de nada, sólo Abad era el culpable.
O más bien, su enfermedad.
Los ojos de Kike se entristecieron por momentos. El cambio fue radical. Habían comenzado llenos de ilusión mientras ella iba subiendo la escalera. Habían decaído tras el primer saludo y la ausente respuesta. Y ahora, sus labios habían parado y todo lo decían sus ojos.
Pero Andrea no locomprendía. Ella seguía allí, con él. Es con quien quería estar. Ya sabía todo lo que quería después del examen de conciencia que acababa de realizar. ¿Por qué no se acercaba entonces?
¿Por qué Kike se daba la vuelta, y dejaba de mirarla?
Vio como sus propios pies continuaban andando. No quería, pero así lo hacían. Dirección a la puerta principal de la facultad, alejándose de Kike. Sin haber dicho ni una palabra, sin haber escuchado ninguna otra, había continuado andando, alejándose de su deseo más primario, y acercándose al velo que su propia mente había creado.
Estaba huyendo, como siempre. Sin mediar palabra, lo había dicho todo. Y Kike así lo había entendido.
Andrea comenzó a inculparse a sí misma como nunca lo había hecho. Y a llorar de la misma forma. Sin lágrimas.
Se había dado cuenta de algo. Una frase que no había surgido durante su examen interior pero que ahora se agolpaba en su cabeza como el viejo recuerdo de Abad sobre su espalda, casi haciendo crujir sus frágiles huesos. Su alma aún más frágil.
<< Ya nada será lo mismo >>

***

La misma rutina de siempre. Frente al monitor encendido de su propio terminal, cogió con sus manos el libro que cualquier muchacho le había entregado, lo pasó por el lector de códigos y comprobó su correcto nombre en la pantalla. Después, hacer lo propio con el carnet del susodicho muchacho. No tiene “deudas” pendientes. Agarrar el sello diario e impregnarlo sin cuidado en la tinta morada para aporrear sus datos, como fecha límite, en la sobrecubierta del libro. Entregárselo de nuevo al chico.
Y vuelta a empezar.
Comenzaba a estar cansado. Aunque aún no fueran ni las once de la mañana. Pensó que era otro tipo de cansancio.
Mario Cifuentes, el encargado de la biblioteca de la facultad, intentó pasar el rato con otras actividades. Abrió el explorador de internet de su terminar y trató de buscar algo que le pudiera interesar. El problema era que primero debía interesarle algo y después, ya podría ser fructífera o no su busqueda.
Al final, como siempre, comenzó a clicar rápidamente en diferentes carpetas del escritorio, como si ya hubiera iniciado una búsqueda. En cambio, sabía perfectamente donde encontrarla.
Llegó a un directorio titulado como “NIÑA” y volvió a clicar rápidamente. Previamente, se había asegurado que ninguna de las cotillas que le acompañaban en su arduo trabajo no estuviera cerca. No estarían, era su hora del café.
De repente, comenzó a aparecer en el monitor una retahíla de iconos idénticos. Multitud de fotografías de pequeño tamaño. Eligió una al azar y clicó dos veces en el icono. Al segundo, su niña rebotó contra sus ojos, tan sonriente como siempre.
Lucía sonreía como nadie más lo hacía en el mundo, pensó para sí mismo.
Y ese brillo se había apagado tan pronto…
Minutos después, continuaba ensimismado pulsando cada un cierto número de segundos la flecha de la derecha. Cuando dio la primera vuelta a la totalidad de las fotografías, comenzó desde el principio de nuevo. Su cabeza se mantenía apoyada sobre su mano, como si ésta bastara para sostener los innumerables momentos que volvían a la vida en su interior. En su mirada se podían adivinar cada uno de ellos.
Por el rabillo del ojo, atisbó el movimiento ondulante de una bata blanca pasando a la derecha de su mostrador. Elevó los ojos para atestiguar que no le molestaran en su tarea.
No era más que un profesor que, seguramente, había entrado para consultar algún libro.
Volvió a bajar la mirada para verse reflejado en la pantalla de TFT que se encontraba en frente de él.
Y al segundo, al procesar lo que acababa de descubrir, volvió a buscar aquella bata blanca.
No podía ser. Era imposible.
Apagó la pantalla de su terminal, sin importarle que Lucía desde allí le dijera con su clara piel que no lo hiciera. Se levantó súbitamente de la silla giratoria y notó cómo comenzaba a sudar por las palmas de las manos. Agarró un bolígrafo y se lo llevó a la boca. Lo soltó al segundo, arrojándolo hacia la pantalla del ordenador. Rebotó contra la misma produciendo un sonido metálico que intentó resonar en la sala, pero se quedó en un aislado ruido antes de que el silencio volviera a inundarlo todo. Al final, cayó al suelo. Mario se agachó para recogerlo.
Pero, ¿cómo podía estar allí? Buscaba un libro cerca de una de las estanterías, tan campante, como si nada hubiera pasado…
Se aupó lo que pudo para intentar vislumbrar el fondo de la sala. Allí seguía. Se fijó en el chico que llevaba toda la mañana en el mismo asiento de una de las mesas cercanas a donde se encontraba el profesor, leyendo como un loco en los libros de psiquiatría, pero rápidamente el chico no le importó nada.
No se podía quedar con los brazos cruzados.

Kike volvió a leer las mismas líneas para después copiarlas al pie de la letra sobre su papel: Anomalías cerebrales, cerebro más pequeño, menor cantidad de materia gris…
Escribía todo lo que le parecía interesante, aunque no estuviera de acuerdo con todo. No sabía si Abad tenía menos materia gris de la normal, no sabía si eso sería, como rezaba el libro, un factor predisponente para sufrir la esquizofrenia, pero por alguna razón que desconocía –o simplemente, porque todo era mentira, y la enfermedad no se había desarrollado hasta después de licenciarse –Abad había terminado la carrera de Medicina.
<< Medicina, moco de pavo, vaya >>
…circuitos alternativos, neuronas específicas, problemas en la regulación de los neurotransmisores…
Kike hizo ademán de asustarse y miró detrás de sí. En una estantería contigua a su mesa se encontraba un doctor buscando algún libro indeterminado. Volvió a sus apuntes con la intención de comprender mejor la actitud de Abad durante el último mes. Eso era lo que más le intrigaba. Lo rápido que se había desarrollado en una enfermedad que se supone crónica. También podía ser que fuera el primer brote y nadie supiera nada…pero entonces, ¿quién le había recetado la Clozapina?
…estabilizar los circuitos de dopamina y glutamato como tratamiento…
Ya había leído cómo la Clozapina era un antagonista de los recepetores dopaminérgicos, luchando así contra el exceso de dopamina que caracterizaba a la enfermedad. La Clozapina, en cambio, también actuaba sobre otros receptores, disminuyendo así los posibles efectos adversos de la primera acción. Kike no recordaba comportamientos extraños en Abad en los primeros dos años en la facultad. Quizá había adelgazado de un tiempo a esta parte. Incluso, recordó un par de ocasiones en los años anteriores en que había sufrido algún mareo, pero nada más importante.
…esquizofrenia paranoide o esquizofrenia residual…
En el último mes, más de un matiz en la personalidad del profesor, le habían llamado la atención a Kike. La supuesta persona que le perseguía, no era más que un síntoma positivo de la enfermedad, una paranoia. Un delirio como otro cualquiera.
…los síntomas positivos más comunes son las alucinaciones, tanto visuales, como auditivas o táctiles; el pensamiento desordenado y extraño…y los síntomas negativos se caracterizan por el aislamiento, la apatía, ausencia de sociabilidad…
Abad, en las últimas semanas, había descuidado un poco su imagen, hasta el punto de no cambiarse de ropa, de llevar los zapatos sin abrochar… pero todo lo que se le podía ocurrir a Kike, era parte del último mes, no así de los dos años anteriores, que habían transcurrido, a su ver, con normalidad. ¿Cuándo habría comenzado a tomar las pastillas? Si fue antes de tercero, sería un tratamiento bien reglado, porque nunca había visto aquellos botes anaranjados… era como si todo en este curso se hubiera precipitado…
...en el desarrollo de la enfermedad hay un componente genético fundamental, pero a la vez, la sociedad, el ambiente…son importantes puntos a considerar…así como el estrés, o el uso de sustancias tales como el alcohol, el hachís, la cocaína…
Kike volvió a mirar hacia las estanterías. La tranquilidad seguía siendo la misma. Ahora el hombre de la bata se había ido hacia otro pasillo.
…alta tasa de suicidios…baja autoestima…insatisfacción con la vida…
Y el libro volvía a acertar. Dos semanas atrás, todo había ido cuesta abajo, los delirios habrían ido aumentando, y con ellos, los ataques de Abad. Al final todo se había resuelto en un vuelo sin motor. Pero tampoco se había dejado ayudar. Nadie podría haber sabido qué le pasaba en realidad…
…algunos enfermos sienten una necesidad expresiva para anunciar lo que les pasa…el crear les apacigua…también se puede utilizar el arte con función terapéutica…la mayoría de las ideas delirantes consitutyen un intento desesperado de hallar explicaciones aparentemente racionales a ilusiones sensoriales…
Kike recordó la hoja repleta de aspas de color rojo y negro que le había entregado Abad, como muestra de una petición de auxilio.
…mejoría espectacular de los síntomas, casi con normalidad…antipsicóticos atípicos mucho mejor tolerados…sin tantos efectos secundarios…
Los pasos alejándose de los estantes repletos de libros hicieron que Kike volviera a despegar los ojos de sus sucios apuntes. Entonces, la bata blanca se giró hacia un lado, dejando ver quién la portaba. Era el doctor Luengo.
Kike nunca le había visto por la biblioteca. En realidad, nunca había visto a un profesor allí dentro.
…muchas veces encadenan fragmentos y palabras carentes de lógica o de propósito…un paciente se ríe a carcajadas al describir su tormento…
La vez que quedaron ambos para la extracción de las vísceras de un cadáver, Abad se comportó de una forma un tanto extraña. Incluso Kike había terminado la reunión saliendo a la búsqueda de un extraño “espía”. Por otro lado, recordó la escena de la azotea. Abad, antes de arrojarse al vacío, había cambiado de humor en varias ocasiones. En una de ellas, incluso se había reído de él mismo…
El sonoro cerrar del pesado libro hizo dirigir las miradas de los pocos que había en la sala hacia Kike. Se levantó del asiento, cogió de cualquier forma los folios que acababa de rellenar como último trabajo de conciencia, y llevó el libro hasta una mesa cercana, para que volviera a ser colocado en su sitio.
Ya había decidido terminar con ese libro. Con ese, y con todos los demás. Abad se había suicidado por su enfermedad, una afección terrible, crónica. Pero a la vez, muy humana, una enfermedad en que los pacientes luchan hasta el final por salir a flote, aún siendo pocos los recursos que se les ponen al alcance, tanto desde el exterior, como los pocos márgenes que les da la propia patología.
Todas las atrocidades que pudiera haber cometido el profesor ya eran asunto de la policía. De su padre, concretamente.
Él ya había cerrado ese capítulo.
Siguió andando hacia la salida, pensando también en lo acontecido con Andrea esa misma mañana. De repente, escuchó una voz de un tono superior al acostumbrado en la biblioteca. Se produjo una contestación, en un timbre más pausado. Corrió hacia el mostrador de los bibliotecarios, que es donde parecía provenir todo.
- Pero, ¿qué haces? –dijo Luengo, alejándose como pudo de un brazo que le llegó a impulsar el hombro hacia atrás.
- ¡Cómo te atreves a volver a aparecer por aquí, hijo de puta! –gritó Mario Cifuentes, volviendo a intentar golpear a Luengo.
- Tú no tienes porqué venir ahora a resolver algo que ya se juzgó –intentó explicarse y evadir a la vez los continuos ataques del bibliotecario –Ya cumplí por algo que no cometí y que así se probo…
- ¡A mí me importa una mierda lo que digan los jueces, o la maldita policía! –volvió a impulsar hacia atrás a Luengo. Éste se dio contra las sillas que se encontraban más cercanas a los ordenadores -¡Tú la mataste! ¡La asesinaste!
Luengo se dio la vuelta para volver a orientarse hacia la salida, aunque seguía de espaldas a la misma, probando a parar los leves puños del contrincante amateur.
- No dices más que tonterías… yo… era incapaz de hacerle nada a esa chica…
- ¡Pero llámala por su nombre, hijo de puta! ¿O te avergüenzas de lo que hiciste? ¡Asesino! ¡Tú mataste a Lucía!
- ¿Yo? Yo la que…
Súbitamente, un puño cerrado rompió el aire para chocar violentamente contra la frente de Luengo. El profesor lo vio venir, instantes después de haber recordado una imagen que había intentado olvidar durante cinco años. Una chica postrada en el suelo, con un charco de sangre partiendo de alguna parte.
Después del impacto, todo se fundió en negro.

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jueves, julio 26, 2007

Capítulo 29

Cinco días.
Miró su reloj con el mismo propósito que había tenido durante los tres días que había completado dicha semana.
Y le seguían pareciendo insuficientes.
Los pequeños dígitos de color negro conformaban un veintiséis de octubre robótico, electrónico. Volvió a negar con la cabeza, llevando su muñeca de nuevo al interior de su bolsillo.
Apenas habían pasado cinco míseros días desde la muerte del doctor Abad. El suicidio de Abad.
Ya era hora de llamarlo por su nombre.
<< Estaba enfermo, bien, pero eso no le libra de la culpa que le corresponde por las, todavía presuntas, atrocidades que hubiera podido cometer durante sus períodos de inestabilidad mental >>, pensó para sí.
Ni una semana y la vida seguía como si nada hubiera pasado.
Subió los peldaños que le dirigían hacia el aire libre del calor sofocante del metro subterráneo acompañado quizá por la misma persona anónima que cualquier otro día. Ascendió su mirada para observar durante unos segundos la cara de la chica que le adelantaba por la derecha. Seguramente, habría salido del metro con la misma chica en algún momento pasado de su vida, y de la misma forma. Las mismas circunstancias, las mismas consecuencias.
Nada había cambiado.
Ni siquiera podía afirmar que sus pasos fueran más lentos aquella fría mañana. Los periódicos gratuitos continuaban en uno de los lados de la barandilla, dispuestos en un montón de medio metro de altura. Las noticias ya no se hacían eco de lo acontecido en la facultad de medicina.
<< ¿Cinco días? ¡Eso es un mundo! >>
Kike giró instintivamente la cabeza para leer los titulares y corroborar su último pensamiento. Parecía que los españoles, de verdad, las preferían rubias…
<< Es bueno saberlo… >>
Como si de un movimiento premeditado se tratara, el brazo de Kike se alargó hacia el suelo, y de un manotazo arrojó el taco de periódicos hacia las escaleras del metro. Su caída libre se vio pausada al llegar al primero de los rellanos.
Continuó caminando hacia la estatua del caballo, hundiendo sus zapatillas en la tierra que continuaba húmeda desde el fin de semana anterior, sin dar importancia a los ojos que sobre su espalda se clavaban tras su último acto vandálico.
Cuando llegó a las escaleras de piedra que servían de prólogo a la facultad, se dio cuenta de la cantidad de barro que arrastraban las suelas de sus deportivas. Parecía no importarle, porque no hizo ademán alguno de frotarlas contra ninguno de los escalones. Aún así, seguía sin ascender la cabeza.
No quería mirar al cielo.
No quería vislumbrar la azotea de la facultad, y mucho menos el segundo tejado de la misma. Las banderas ondeaban por encima de él. Lo sabía, pero no quería observarlas, como había hecho todas las mañanas de los últimos dos años. Maquinalmente, sorteó una mancha rojiza y seca que se había dibujado recientemente en uno de los últimos peldaños de granito.
<< Ahí fue donde acabó todo >>
La limpieza a la que se había sometido el escenario no había sido impecable, sin lugar a dudas.
- Buenos días –escuchó a su derecha –Vuelta al trabajo, ¿verdad?
Kike, por fin, cambió la orientación de su cuello y pudo mirar a los ojos al decano, que le había alcanzado al terminar las escaleras que daban con la entrada de la facultad. El muchacho se dedicó únicamente a asentir, mientras veía cómo se alejaba la chaqueta impoluta del mismo.

No tuvo ni que alargar el brazo para impulsar la puerta de entrada ya que llevaba abierta ya más de una hora. Por lo menos, esas eran sus órdenes.
Intentó sin éxito apretarse el nudo de la corbata a la vez que hacía lo posible por seguir caminando de la misma forma. Se vio reflejado en el espejo de su dormitorio, uno grande de madera de roble que descansaba sobre unas patas del mismo material. Por lo menos, antes de salir de su casa, la imagen era perfecta.
Seguro que valdría la pena haberse comprado un traje nuevo para estrenarlo aquel día. El día en que se abría de nuevo la facultad tras los últimos desgraciados acontecimientos.
Su facultad.
Ya la sentía como suya, y no sólo porque sus órdenes se obedecieran siempre –para eso le llamaban decano, pensó –sino porque el tiempo, sólo con su paso, te otorga ciertas ventajas.
Obsequios.
Como la sabiduría de los ancianos. Él veía que ya nadie podía quitarle todo lo que conocía sobre aquel edificio. Le parecía haber nacido allí, aunque la realidad fuera muy distinta.
Ni siquiera recordaba si siempre había estado en aquel rincón el ascensor que, en la actualidad, cogía cada mañana para llegar a su despacho. La verdad era que no se acordaba de muchos detalles de su vida de estudiante universitario.
Pulsó con dificultades el botón inscrito como número dos en el panel lateral del habitáculo y las puertas grises se cerraron delante de sus narices. Cuando se volvieron a abrir, sus pensamientos habían volado del pasado al día de hoy nuevamente.
Le esperaba una dura jornada.
Asió el pomo de la puerta y tiró de él enérgicamente. Con un suave sonido, la madera dejó paso a la visión de su secretaria que, como había imaginado, se encontraba en su puesto de trabajo desde primera hora de la mañana sin poderse despegar del auricular del teléfono.
- Buenos días, Elvira –saludó sin cambiar el gesto de su cara y dirigiéndose hacia una nueva puerta que marcaba la frontera entre la pequeña habitación donde su secretaria tenía su mesa y su teléfono, y su verdadero despacho privado.
- Por ahora, no puedo decirle nada –respondió ella secamente a quien estuviera al otro lado del hilo telefónico. Sin esperar una nueva frase de su interlocutor, impulsó contra la base del mismo el auricular de color beige –Buenos días, doctor Sánchez. No tardarán mucho más en llamar de nuevo, así que creo que voy a aprovechar para traerle su café.
El decano se acercó hasta su mesa y apoyó las manos contra el tablero de madera.
- ¿Hay mucho lío esta mañana? –preguntó amablemente.
- ¡No sabe usted cuánto! –Exclamó la mujer –Llevan llamando desde las siete y poco de todos los periódicos…incluso ha habido alguna televisión que se ha interesado ya por la vuelta a las aulas de los testigos del suicidio del doctor Abad. Son como hienas…
- Pues va a haber que recibir a alguno de ellos, ¿no? –Sonrió el doctor –Para que no nos acusen de no colaborar con el cuarto poder más que nada…
- Estaba esperando su llegada para que me confirmara si deseaba recibir a alguno de los medios. En cuanto usted me diga, yo concierto la entrevista –dijo Elvira sin quitar ojo a las manos de su jefe, que se mantenían apoyadas en su mesa –Y creo que hoy mejor le voy a traer una tila. El café sólo puede aumentar esos nervios...
- No, no –rió el decano a la vez que se separaba de la mesa y comenzaba a caminar hacia la puerta de su despacho –Si no me tomo ese café, no creo que pueda aguantar esta dura jornada que acaba de comenzar –notó el tacto frío del picaporte entre sus dedos –La espero en mi despacho.
Elvira se levantó en cuanto vio cómo Andrés Sánchez cerraba parsimoniosamente su puerta.
- Lo que te gusta lucirte… -dijo entre dientes, casi para sí.
En ese momento, el agudo timbre del teléfono volvió a sonar. La secretaria se pensó un par de veces si volver a su escritorio para coger la llamada. Al final, alargó el brazo hacia el auricular desde el lado de la mesa más cercano a la puerta de salida.
Descolgó y esperó escuchar el saludo de cortesía de cualquier periodista como había sido la tónica de aquella primera hora de trabajo.
Todavía no sabía porqué, pero siempre se equivocaba en sus primeras impresiones.
- No, doctor. Hoy no creo que el doctor Sánchez tenga tiempo para recibirle. Le espera un día muy ajetreado con la prensa y otras reuniones. Lo siento.
Apretó el resorte sobre el que se apoyaba normalmente la parte superior del auricular simulando la acción del mismo, y dejó reposando el teléfono sobre el tablero de madera de su mesa. Así se ahorraría tener que volver a cogerlo en cuanto saliera fuera. Y el tiempo que se pasaría sonando durante su ausencia.
Ya habría tiempo durante el día entero para aprenderse de memoria el repetitivo timbrazo.

Con un sonoro golpe, el auricular rebotó contra su propia base para quedar colgando del filo de la mesa de policromado.
- ¿Crees que es el siguiente paso que debemos dar? –preguntó Beatriz a su padre, observando cómo, poco a poco, iba cambiando el semblante con el que había iniciado la conversación telefónica.
- …un día muy ajetreado con la prensa y otra reuniones… -imitó el doctor Luengo de forma bastante conseguida la voz aguda de la interlocutora con la que acababa de hablar –Mirar reflejado su culo en algún espejo y comentarse a sí mismo su idóneo tamaño es lo único que tiene pensado hacer ese gilipollas…
- Tranquilo, papá –repitió Bea una vez más, como llevaba pronunciando desde hacía cinco días –Ya verás como juntos llegamos al final de este asunto…
El doctor Luengo dejó de fijarse en el teléfono. Dejó de darle vueltas a la cabeza en cuanto escuchó el plural.
- Ya sólo hay un camino, Bea. El que debí tomar desde el principio…
- No volvamos a ese punto, papá. Tú no sabías que iba a volver a producirse algo así… -intentó darle algún sentido a la conversación –La desaparición de Clara nos hizo replantearnos la estrategia y es algo que ya no podemos cambiar…
- ¡Deja de hablar como nosotros, joder! –Gritó Luengo en un arrebato –Nunca tuve que hacerte caso y dejarte participar en esto. ¡Es algo que me concierne sólo a mi! ¡A mi!
- ¡Pero te dije que te ayudaría! –Alzó la voz hasta igualar los niveles -¡Estamos los dos desde el principio en esto!
- ¡No fuiste tú a quien acusaron del asesinato de su alumna! ¡Ni a quien han sacado de la facultad, una vez más, esposado y acusado de cosas horribles!
- Papá, ¿me estás echando en cara algo? –preguntó Bea mirándole a los ojos.
Tres segundos de silencio.
- Sólo digo que meter a Kike en esto no ha servido para nada. Pensar que él podría averiguar por nosotros el paradero de Clara, y así, explicar lo de Lucía… -comenzó a soltar lo que le quemaba por dentro desde hacía tiempo el doctor Luengo.
- ¡Pero si lo ha hecho! –Se defendió Bea –Si no hubiera sido por él, no se habría descubierto a Abad… La policía debe estar reuniendo las pruebas suficientes contra él como para explicar todo lo ocurrido…
- Hija, no te engañes… -Luengo se acercó a la mesa de su despacho y cogió el marco de fotos que descansaba sobre la misma –Tendrán algunas pruebas, podrán probar el asesinato de Sara, quizás… pero los cuerpos de Clara y el muchacho de delegación siguen sin aparecer. Además, no sé cuántas veces voy a tener que repetirte que Abad no tuvo nada que ver en lo de Lucía.
- Pero, ¿tú qué sabes? –Bea sentía cómo esa situación, esa conversación en el despacho de su padre, rodeados de aquellas estanterías, siempre las mismas, la mesa rectangular regularmente desordenada, ella misma, y su padre, con el marco de fotos en la mano, se repetía una y otra vez.
El resultado esta vez no sería el idéntico.
- ¡Lo sé, Bea! ¡Lo sé! –Vociferó Luengo -¡No pudo ser él! –Nervioso, introdujo su mano en el bolsillo de su chaqueta de pana, y comenzó a jugar con una especie de hilo grisáceo que existía en su interior.
- No entiendo cómo puedes estar tan seguro de ello… sabiendo la enfermedad que padecía Abad…
Luengo no dejó que siguiera hablando. Estaba cansado.
También tenía miedo. Era más esa sensación que la del cansancio la que le había llevado a tomar aquella decisión.
Y ya no había vuelta atrás.
- De lo que estoy seguro es de que quiero que te mantengas al margen a partir de ahora.
Más segundos de silencio.
Ni siquiera tenía fuerzas para decírselo a la cara, mirándole a los ojos. Únicamente, le bastaba con mirar a su otra niña, y rozar con la yema de sus dedos la madera del marco de fotos.
Por fin, se dispuso a dejar de nuevo la foto sobre el policromado.
Se giró despacio para intentar ver la reacción de su hija ante aquella frase.
Pero en el despacho, ya sólo quedaba él.
La puerta de cristal, al encontrarse totalmente abierta, todavía con un ligero movimiento de vaivén, reflejaba en unas gruesas letras negras pegadas a la superficie transparente y, a la vez, borrosa, su nombre completo.
Aunque ya no sabía si se merecía mantener el nombre que había llevado durante toda su vida. Él, sin querer, parecía haber cambiado.
También, sin ánimos, hizo ademán de saludar con la cabeza a las dos personas que cruzaban el pasillo en ese momento. Les conocía de toda la vida, pero en aquel momento, sólo tuvo ganas de cerrar la puerta.
Y así lo hizo.

Notó como una corriente de aire fresco rebotaba sobre el cristal de sus finas gafas, producida indudablemente por el impulso de aquella puerta sobre su marco.
Al final, se había quedado quieto, leyendo perplejamente los caracteres negros que se encontraban superpuestos sobre el vidrio de la misma puerta.
- Parece que no está de muy buen humor hoy… -dijo pausadamente aquel hombre, a la vez que cambiaba su postura para seguir caminando por el pasillo –Me pasaré después a saludarle.
- Pero, ¿eres gilipollas o qué? –contestó la mujer que permanecía andando a su derecha. Era ella la que marcaba el ritmo de zancada -¿No has visto que te ha cerrado la puerta en las narices?
Impulsó con decisión las puertas de cristal que les cortaban el paso hacia el nuevo pasillo, coloreado de un intenso color naranja. La clínica de Podología había creído en su día que ese era el color idóneo.
- Quizá no me haya visto antes de cerrar la puerta… -comenzó a pensar en voz alta, como solía hacer, el primer doctor.
- O quizá no ha querido saber nada de ti después de haberte saludado de forma vomitiva, y ha preferido cerrar la puerta antes de seguir disfrutando de tu delicado aspecto mañanero –escupió como de costumbre.
- Sí, la verdad es que no me he peinado esta mañana… -se disculpó cabizbajo, sin prestar atención a los grandes ventanales de su izquierda. Le encantaba complacerse con las vistas de la entrada de la facultad, siempre resguardada por los verdes árboles. Podía sentir la agradable brisa de octubre y escuchar la caída de las hojas de los caducos de aquella plaza con sólo mirar por dichos ventanales.
- Si te digo la verdad… -la mujer atusó su bata blanca, llevando sus manos hasta la parte más inferior de la misma e intentando estirarla lo máximo posible -…lo que mejor te sienta hoy es el peinado –Acto seguido, giró a la derecha para llegar al pabellón dos, a la altura del primer aula de la facultad, sin prestar atención a las perlas que salían de su boca.
El hombre, que continuaba siguiendo sus pasos, jugaba con el anillo dorado de su dedo. Seguramente, aquel anillo no saldría de allí expresamente por el tiempo que llevaba encajado en su lugar. Se decidió por mirar una vez más la mano de la mujer que le precedía.
Aunque su movimiento continuo hacia delante y hacia atrás se producía de manera rápida, no cabía duda de que su anular no portaba ningún tipo de bisutería.
<< Con lo que me costó en su día >>
- ¿Por qué vas tan despacio? –su mujer se dio la vuelta al ver que iba ella sola comandando la expedición. Aún así, había hablado mientras seguía andando hasta llegar al vestíbulo principal de la facultad -¿Se puede saber qué estabas mirando?
- No, nada… -pareció disculparse –Sólo estaba pensando…
- Sabes que no es lo tuyo, hombre –comentó hacia delante – ¡Uy, qué tarde es! –Aceleró el paso cruzando en diagonal el vestíbulo –No puedo ir tan despacio, lo sabes de sobra.
El hombre la perdió de vista en unos pocos segundos, observando como a cámara lenta –todo lo contrario a lo que parecía –la manera en que se alejaba, perdiéndose a la izquierda de las máquinas de chucherías.
No recordaba el momento en que en verdad la perdió. El sentimiento cambió cuando le vino a la cabeza lo que aún así sentía todavía por ella.
Volvió a la realidad al escuchar un amable “buenos días” procedente de un par de sus alumnos. Giró su mirada por un instante para sonreírles cordialmente, a la vez que pensó si habrían sido partícipes de toda la escena previa.
En realidad, no le importaba.

- Nos vemos ahora, ¿eh? –Escuchó Kike a su espalda como respuesta a su propio saludo –Se giró para ver justamente la sonrisa del doctor Puentes, que volvía a comenzar su andadura hasta el aula número seis algo más animado que hacía unos segundos, cuando había aparecido por el pasillo del pabellón dos. Claro que, entonces, iba acompañado del buitre de su esposa. Sólo cuando estaban juntos en un mismo lugar, el doctor Puentes abandonaba su mueca de felicidad permanente.
Y eso no era un secreto.
La doctora Elisa María Cruz Carrascosa, tal como su marido, era catedrática de Anatomía Patológica. Y aún con ese cargo, el cual siempre te hacía sumar unos años de más, disfrutaba del momento antes de llegar a cumplir siquiera los cuarenta y cinco.
<< No aparenta ningún año más >>, pensó Kike.
- ¿Has visto los aires de la Einstein? –rió Amaya, que se encontraba a su lado.
Kike volvió a opinar para sí mismo lo conseguido que estaba el mote. Cuestión de suerte, nada más.
- Por quien más lo siento es por su marido –continuó Amaya –Pobre doctor Puentes…
- Ya… -Kike estaba de acuerdo en la paciencia que tendría Puentes. Se fijó en la cantidad de apuntes que portaba Amaya, únicamente envueltos en una carpeta de papel amarillo -¿Qué es eso? –terminó por señalar.
- ¡Ah! –Miró fugazmente hacia los papeles para volver la vista a Kike –Son mis apuntes de Bioestadística. He quedado aquí con esa amiga de Clara de primero.
- Tina, ¿no? –Preguntó Kike a la vez que se dijo a sí mismo que recordaba perfectamente el nombre de la chica, por más que la hubiera visto un par de veces.
- Esa –asintió Amaya –Se los iba a pedir a Clara, pero… -la voz de la chica se quebró por unos instantes. Después, recuperó la fuerza paulatinamente –Por cierto…
- No hay nada nuevo, Amaya. Lo siento –se adelantó a la pregunta que Amaya llevaba realizándole cada día desde la muerte de Abad –Mi padre me ha dicho que me mantendrá informado de cualquier novedad. Ni siquiera están seguros de haber reconstruido correctamente las horas previas a su desaparición…
Amaya apretó con fuerza la carpeta contra su cuerpo con ayuda de su brazo derecho.
- …nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hizo en ese tiempo…
Esta vez el efecto fue el contrario. Su brazo se agarrotó y perdió toda la consistencia ganada. Aquella frase…
- ¿Estás bien, Amaya? –Kike se apoyó sobre su hombro suavemente. En ese momento, la carpeta, ya sólo sujeta por una de las curvas de su cuerpo, se precipitó al vacío. Los folios volaron libremente, y el papel amarillo que servía de red de seguridad no fue menos.
Amaya se agachó rápidamente para recogerlo todo.
- Qué torpe soy… -murmuró nerviosamente mirando hacia el suelo.
- Sólo eres despistada. Eres… tú –rió de forma alegre Kike, buscando los ojos de Amaya. Intentaba recuperar de alguna forma el brillo que habían perdido desde que toda aquella locura había comenzado -¿Qué íbamos a hacer sin tus despistes continuos? ¿Tus meteduras de pata? ¿Tus…?
- Ey, que ya lo he cogido, ¿vale? –le cortó la chica antes de que siguiera “ensalzándola”.
- Sigues sin aguantar una broma –Kike llevó delicadamente su mano cerrada hasta el mentón de Amaya, y lo impulsó hacia atrás amistosamente –Así me gusta…
Amaya dejó de recoger los papeles del suelo y miró a Kike a los ojos.
Kike vio cómo brillaban, aunque no era el mismo resplandor de antaño. Le vino a la cabeza raudamente si habría un porqué adicional a su búsqueda, por ahora infructuosa, y sin descanso, de aquel brillo inconfundible.
Durante aquellos segundos, le dio miedo la respuesta.
Llevó su mano hasta la mejilla de su amiga y posó el dorso de su mano contra ella. Sintió el calor producido por su también inagotable rubor.
- Era broma y lo sabes –salió de su boca después de otro pequeño instante.
- Eso es lo malo… -susurró Amaya mientras volvía a meter unos cuantos folios en la carpeta de color amarillo -…que sé que siempre será broma…
Kike no comprendió el significado exacto de lo que acababa de escuchar. Entonces, vio cómo una mano se depositaba sobre el hombro de Amaya. Las uñas, a simple vista, estaban perfectamente cortadas.
Se levantó y vio a una chica que le sonreía detrás de Amaya. Su amiga también giró la cabeza y se levantó enseguida.
- ¡Hola, Tina! –saludó alegremente Amaya. En realidad, no había estropeado nada –Soy un desastre, se me ha caído todo hace un momento…
- Tú eres Kike, ¿verdad? –Señaló con el dedo extendido hacia él, pero sin resultar del todo maleducada –Algunas veces me falla la memoria…
Kike se inclinó hacia delante y le dio dos besos informales. Se fijó en su extraño peinado. Era una especia de coleta que le daba una vuelta completa en lo más alto de su cabeza, a modo de corona. Ambos lados de la misma después se unían por detrás para acabar en una trenza de mediano calibre. Su pelo de color castaño tremendamente claro, y su aspecto liso, favorecían la combinación. Para Kike, le quedaba caprichosamente genial.
- Soy Tina –saludó ella en cuanto se despegó de su mejilla –Soy de primero… -casi se disculpó -¡Qué raro me resulta estar hablando con gente de tercero!
Kike y Amaya rieron a la vez. Sabían que estaba sintiendo aquella chica en esos momentos, tal como les había sucedido a ellos.
- Pues no mordemos… -Kike se puso la mano hacia el lado de la boca que daba a la posición de Amaya –Por lo menos yo… -susurró de manera en que Amaya pudiera escucharle perfectamente, mientras se señalaba a sí mismo.
- ¡Qué tonto! –Amaya le dio un codazo en el costado al ver cómo reía Tina –Bueno, creo que aquí está todo lo que me pediste…
- ¡Muchas gracias! –Exclamó Tina recogiendo la carpeta de color amarillo de las manos de Amaya –Me duele incluso pensarlo pero… -la chica intentó tragar saliva -…le iba a pedir los apuntes a Clara, aprovechando que está conmigo en Bioestadística…y ahora estoy aquí con vosotros…
Amaya no dijo nada y Kike no supo tampoco cómo salir de aquel momento. Al final, continuó Tina.
- Por cierto, ¿se sabe algo?
- Todavía no… -Kike pensó que debía responder él –Pero verás qué pronto tenemos buenas noticias por su parte. Seguro… -Apoyó su mano sobre el hombro de Tina.
- Ojalá tengas razón… -siguió Tina –Era muy divertida en clase. Se notaba que tenía dos años más que nosotros, pero yo me sentía muy a gusto con ella.
- ¿Podéis dejar de hablar en pasado? –Saltó Amaya –Es que no puedo…
- Sí, sí. Tienes toda la razón –se disculpó amablemente –Lo siento…
Tina miró a Kike avergonzada al ver que Amaya había desviado la mirada hacia ninguna parte. Éste la tranquilizó sin palabras, moviendo la cabeza con una sonrisa sincera.
<< No pasa nada >>
- Bueno, será mejor que vaya a clase, que ya llego tarde –Tina volvió a despedirse de la manera habitual de los chicos -¡Ah! Si me necesitáis para cualquier cosa, sobre todo si tiene que ver con Clara… contad conmigo –Y comenzó a correr ligeramente hacia las escaleras que llevaban hacia el primer piso.
Kike sintió que debía abrazar a Amaya, ahora que Tina ya no estaba delante. Lo pensó y después subió sólo la mirada de Amaya hasta la suya, alzando con su mano la barbilla de la chica.
- ¿Crees que me he pasado? –Preguntó Amaya –La verdad es que desde lo de Abad…estoy algo nerviosa.
- También es normal, ¿no? –Le tranquilizó –No todo el mundo ha vivido lo que nosotros. Que se suicide uno de tus profesores más cercano delante de tus narices…
Amaya agradeció que Kike no hubiera hecho mención a lo que en verdad sucedió en aquella azotea. Por lo menos, por ahora. Aunque sabía que llegaría un día el momento de hablar sobre ello, porque el sentimiento de culpa había decidido quedarse a vivir en el interior de su estómago, y era una sensación que no le gustaba en absoluto.
- ¿Sabes? Estoy orgullosa de ti. Es increíble la manera tan rápida que tienes de superar las cosas. Es un buen don.
- ¿Te digo yo otra? –Respondió Kike –No lo he superado… pero cuando estoy contigo, siento que uno de los dos debe ser el positivo… es sólo eso.
Amaya se quedó sin palabras. No tenía claro si era un halago. Kike tampoco lo sabía.
- ¿Vamos a clase? –rompió el hielo Amaya. No sabía si incluso ya estaba derretido en su totalidad –Puentes ya debe haber entrado.
- Sí, vamos de nuevo a comenzar la rutina –Kike anduvo unos cuantos pasos hacia el pasillo por el que se había despedido el doctor Puentes. Amaya le siguió a su lado. Se pararon un momento delante de una cristalera de madera que pertenecía a la tuna, y pensaron los dos a la vez, aunque independientemente, que no cambiaba en absoluto de un año a otro. Los chicos llegaron a las máquinas de aperitivos comentando de manera graciosa en qué momento se habrían colgado aquellas fotos…

Las fotos hicieron un intento de rejuvenecer por el paso del tiempo de forma distinta a como lo hace normalmente. No fue tanto como para salir de la vitrina en la que se encontraban y volver al carrete donde alguna vez quedaron plasmados, y el descenso de la iluminación del vestíbulo central de la facultad, donde siempre se habían encontrado, hasta la nulidad tampoco favorecía los beneficios.
El silencio era escuchado en toda la estancia. La noche había llegado hacía dos horas y la facultad había cerrado. Nadie permanecía allí a esas horas, pero aquel día era distinto.
El hombre bajó nerviosamente las escaleras que provenían del primer piso, y al girar la esquina se apoyó inconscientemente sobre el cristal del mueble de la tuna. Siguió caminando hacia delante arrastrando los pies. La cabeza le iba a estallar.
<<
Sabes perfectamente como podrías parar este dolor.>>
- No lo sé –habló en voz alta hacia ninguna parte. Su voz resonó en los alrededores –O no quiero saberlo. Ahhh…
<<
Sí que lo sabes, Abad. Mírate. Estás para el arrastre. >>
- ¿Por qué has vuelto? –seguía caminando hacia ninguna parte. Por lo menos, eso creía.
<<
Yo nunca me fui, querido doctor. Soy parte de ti. Es una realidad que debes asumir. >>
- Sí que has vuelto. Hace muchísimo tiempo que no… No lo entiendo… -se volvió a llevar las manos a los oídos. No se dio cuenta de que lo llevaba haciendo durante todo el camino desde su despacho.
<<
No te engañes… >>
Abad continuó avanzando, y llegó sin saberlo al pasillo más cercano a la entrada de la facultad. Las farolas del exterior iluminaban ciertos rincones. Y el silencio seguía siendo inquebrantable.
Menos para él.
- Cállate, por favor… -dijo entre dientes.
El departamento de Farmacología se encontraba ya frente a él. Todos a su alrededor.
Nadie cerca de simple vista.
<< ¿Qué me calle? ¿Acaso estoy piando como un vulgar pájaro? >>
El agrio, en ese momento, cantar de un ave entró en sus oídos simultáneamente a la voz extraña y familiar. Provenía de detrás de la puerta en la que se encontraba. Abad metió la mano en el bolsillo de su bata y notó un tacto frío y metálico. Cambió de bolsillo y encontró lo que buscaba.
Desenroscó el bote anaranjado y se llevó una pastilla a la boca, yendo a parar directamente a su garganta. Tanto tiempo llevando la misma rutina que ya no necesitaba ni un poco de agua.
<<
Triii, ti, ti… >>
<<
Yo no he sido >>
- ¡Lo sé! –gritó hacia ninguna parte Abad.
<< ¿Ya está? >>
- ¡Y qué quieres! No voy a volver…
<<
Tri, ti, fiuu… fiuu, troriroorii… >>
<<
A mi no me lo digas. Díselo a quien esté detrás de la puerta… >>
- ¡No voy a volver a hacerlo! –el sonido reverberó en todo el pasillo.
<<
Triroriii… tri, ti, tri, ti, fiuuu… >>
<< … >>
Abad agarró el pomo y lo giró violentamente. Penetró en aquella especia de despacho y cerró suavemente la puerta tras de sí. El canario se encontraba en su jaula, sin cambiar el volumen ni los compases de su agudo canto.
- Cállate… -murmuró Abad a la vez que abría la jaula de cualquier manera.
Introdujo en un único movimiento el brazo en el interior y agarró al pájaro con su mano. El canario chilló durante un segundo, hasta que se escuchó el pequeño ruido de sus pequeños huesos y vísceras explotando a la vez por la presión del puño del doctor.
<<
Ha sido una buena decisión >>
De repente, mientras se replanteaba su último acto, escuchó un nuevo sonido. Esta vez era mecánico, y provenía de la habitación contigua.
- Otra vez no… -volvió a susurrar.
Se desplazó hacia la puerta para posar su oreja sobre la madera. El ruido, para él, era incesante y trágico.
Insoportable.
Menos tolerable.
Empujó gradualmente la puerta que daba al sonido delirante. Al principio, vio la causa del mismo. Una impresora expulsaba lentamente un folio con caracteres informáticos de color negro.
- Por fin eres mío… -escuchó súbitamente a un metro escaso por delante de él. Un brazo pálido alargaba su longitud hasta la misma impresora. Una chica estaba allí, esperando la copia.
Y hablando.
La frase rebotó miles de veces por su cabeza antes de alzar impetuosamente y de forma indeliberada su brazo.
Lo hizo descender aún más rápido hasta la cabeza de la chica. Milésimas antes del impacto, terminó por reconocerla.
- ¡Calla ya, zorra! –gritó mientras le asestaba un fuerte golpe. Clara Rojas caía al suelo sin haber tocado siquiera su ansiado trofeo. El examen de Farmacología acababa de salir de la impresora y todo había vuelto a verse envuelto por el silencio.
Abad se agachó instintivamente para recoger la cabeza de la chica y apoyarla sobre su brazo.
- Lo siento, lo siento… -comenzó.
<<
No lo sientes, créetelo >>
- Sí, lo siento… -se volvió a disculpar Abad. Había comenzado a salir algo de sangre de la parte de atrás de la cabeza de Clara.
<<
Por fin eres mío… eres mío… >>
Abad se levantó en el acto, dejando caer la cabeza de la chica de nuevo contra los azulejos. La voz de Clara hacía vuelto a retumbar en su cabeza. Era todo tan real.
Tan real.
<<
Mío…>>
<<
Recuerda lo que hemos hablado y la única solución al problema >>
Otra voz diferente entró en su mente. Ya dejó de reaccionar. Quizá no quería seguir así.
Metió su mano en el bolsillo y extrajo un escalpelo grisáceo.
Se agachó y abrió la boca de Clara salvajemente. La dejó asombrada durante unos segundos, los necesarios para ataviarse con unos blancos guantes de látex. Después, volvió a palpar sus labios, y con tres dedos de su mano derecha, agarró fuertemente la lengua de la muchacha.
- Me has obligado a hacerlo… -volvió a disculparse para nadie.
Acto seguido, introdujo el bisturí en el interior de las fauces de Clara y realizó el primer corte.
Irregular, pero seguro.

Cerró la puerta con cuidado. En silencio.
Por fin.
Sacó el bote anaranjado y comprobó que estaba vacío. A continuación, embutió celosamente la lengua de Clara en el mismo y lo cerró. Lo devolvió a su sitio original y salió del pasillo con sentimiento de victoria. Ya no escuchaba nada raro.
Ni siquiera la respiración entrecortada y alterada de la persona que le espiaba desde la penumbra.
Cuando le vio desaparecer, comenzó a caminar despacio hacia la puerta de la que había salido Abad.
Sacó un pañuelo del bolsillo delantero de su chaqueta, y se lo envolvió en la mano. La llevó hasta el pomo y lo giró escrupulosamente.
La puerta se entreabrió con facilidad, y descubrió ante él la horrible visión. Clara yacía en el suelo, en medio de un tremendo charco de sangre que salía por su zona occipital, pero sobre todo del interior de su boca. Un hilo de líquido rojo iba directo desde sus labios hasta los fríos azulejos del despacho del doctor Juárez.
Tendría que limpiarlo todo después.
Su mirada fue hasta el pañuelo que rodeaba su mano y vio que se había manchado de sangre, seguramente por los restos que habrían podido dejar los guantes de Abad en el pomo de la puerta.
No importaba. Después de aquella noche quemaría toda la ropa que llevaba, por si acaso.
Se agachó extrañado al ver cómo la mano de Clara aún conservaba aferrados un par de papeles. Se los extrajo con un tosco movimiento y los visualizó.
Uno era un pequeño pedazo de papel con dos nombres: Amoxicilina y Paracetamol. También contenía pequeñas instrucciones acerca de cómo llegar a un determinado directorio en el ordenador del dueño del despacho. Los caracteres eran totalmente originales.
El segundo era un folio completo. Unas letras de mediano tamaño, y de tipo Arial, rezaban: Examen Farmacología Febrero de 2006.
- Vaya –dijo el hombre –Parece que incluso te lo tenías merecido… -Arrugó los distintos papeles y los metió en el bolsillo de su pantalón. Se quemarían junto a todo lo demás.
No atisbó a descubrir el examen de Junio en la bandeja de la impresora y agarró con sus dos manos los brazos de Clara.
- Señorita “como se llame”… -comenzó a decir –No sé si ha descubierto ya que no se puede robar en la facultad de Medicina… -Hizo un primer intento de arrastrar su cuerpo por el suelo, dirigiéndolo hacia la salida del despacho –No por nada en especial…
Hizo una pausa para mirarla por última vez a los ojos.
- Sino porque es mi facultad…
Andrés Sánchez se arremangó la chaqueta que como decano debía portar, y se dispuso a ponerse manos a la obra.
Iba a ser una noche muy larga.

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sábado, junio 16, 2007

Capítulo 28

Al principio, sólo había silencio.
Un silencio que, como se solía describir a los sonidos del nuevo siglo, envolvía todo lo que le rodeaba. A veces, el no oír nada era todavía más peligroso –tal como la incertidumbre –que los murmullos que pudieras escuchar presagiando algo que estuviera a punto de ocurrir.
Algo horrible.
Se vio roto por el ruido que produce todo interruptor antiguo por el mero hecho de enlazar un cable pelado con otro. Sólo con el fin de que se haga la luz. Algo que puede parecer tan sencillo como el hecho de abrir los ojos y observar, en aquella estancia podía ser cosa del azar.
A continuación, los fluorescentes que colgaban del techo–otros literalmente pendían de él únicamente por un extremo –resplandecieron por un momento para después volver a apagarse. El primer ruido que había llenado la sala se volvió a producir por duplicado. El timbre del primero fue ligeramente distinto al del segundo.
Los lados de los fluorescentes volvieron a dibujarse de un color naranja brillante, para después, como por arte de magia, rellenar con su brillo todo el tubo del artilugio. Sólo uno de los más alejados del área de trabajo permaneció en el primer estado durante unos segundos más. Luego, se encendió para apagarse al instante después.
Ya sabía que durante su estancia allí, aquella luz alternante le daría al lugar cierto aspecto festivo.
Hedía a humedad. Incluso, de vez en cuando, algunas gotas de agua –aunque su color no fuera excesivamente transparente, caían del techo, de entre las parejas de fluorescentes, para aterrizar directamente sobre el sucio suelo. En éste no había ningún charco, seguramente debido a que la propia tierra aspiraba la pequeña cantidad de líquido. Esto a su vez ayudaba a que, cuando no era perturbado por visitas extrañas, el silencio pudiera seguir presente.
El lugar tenía forma de un perfecto rectángulo de gran anchura. Las cuatro paredes estaban surcadas por azulejos blancos en su fase original. En la actualidad, el blanco había tornado a marfil en algunos puntos y a marrón, con la forma de pequeñas surcos descendentes dibujando el recorrido de miles de gotas de un líquido desconocido en muchos otros.
A sólo unos metros de la entrada del lugar, el pequeño pasillo de tierra improvisado se bifurcaba hacia la izquierda. A ambos lados del mismo dos camillas de color grisáceo, metalizadas, disminuían la temperatura en un par de grados solamente por su existencia. El tacto de éstas despedía la sensación que te invadía por el puro hecho de observarlas.
Caminó sin detenerse por el pasillo central, arrastrando los pies pesadamente, como si le costara dar el siguiente paso. Mientras avanzaba, alargó su brazo hacia la izquierda, y aunque su mano temblaba sobre el aire gélido del lugar, consiguió posarla hasta rozar los pies del cuerpo que yacía sobre la primera camilla.
Como si aquel gesto le devolviera parte de la vida que ya había perdido, o como si disfrutara por alguna razón que no alcanzaba a comprender, hizo lo propio con el segundo cuerpo. Siguió tirando de sus piernas, manteniendo el cuerpo por delante, como si estuviera realmente cansado.
Quizá lo estaba.
Pero su mano izquierda seguía vibrando y sintiendo el frío tacto de la planta de los pies de aquel cadáver. Parecía estar jugando a hacer cosquillas sin pensar que ninguno de los cuerpos que permanecían sobre sus respectivas camillas de metal iba a mover ni un músculo.
Antes de sobrepasar la tercera camilla, se detuvo. Con su movimiento ya natural, se acercó cuidadosamente hasta la mitad del camino que le separaba de recorrer el lecho de muerte improvisado por completo. Posó su mano sobre la tela de color verde que envolvía casi la totalidad del mueble y presionó lo suficiente para que ésta se hundiera hasta un nivel que ya no podía superar.
Pudo adivinar el ombligo del cuerpo con uno de sus dedos, y después ascendió ligeramente la palma de su mano, palpando suavemente cada centímetro de su piel a través del tejido.
Inclinó su cabeza hacia el techo, como si intentara reconocer a quien estuviese debajo de la tela. Una vez más, sonrió para sí –lo llevaba haciendo desde el momento en que había pulsado por primera vez el interruptor de los fluorescentes –y acto seguido, buscó sin mirar un pedazo de plástico colgado correctamente de la muñeca del cuerpo inerte.
Giró su cuerpo ciento ochenta grados, y pudo contemplar con sus propios ojos su futuro.
Su nueva adquisición.
No había tela de aspecto sanitario ni nada que se le pareciera sobre aquella chica. Deslizó con sus dedos índice y pulgar un mechón de su pelo castaño hasta que éste se aposentó por detrás de sus pequeñas orejas. Después, con el dorso de su mano, la acarició la mejilla.
- No te preocupes –le dijo como si fuera capaz de escucharle –Estarás bien…con el culo frío, pero estarás bien…
A la vez que se le dibujaba una sonrisa en la cara, como si fuera la única persona en haber captado la ironía, pensaba que su cara le resultaba vagamente familiar. Como si ya la hubiera visto antes.
Alejó tales pensamientos de su cabeza lo máximo que pudo e introdujo la mano derecha en el bolsillo de su bata. Tuvo frente a sus ojos una placa plastificada similar a la que acababa de examinar a su espalda. Era de color amarillo y de un tacto blando. Corrió la minúscula correa del mismo material, produciendo un sonido dócil de repiqueteo, debido al roce de las distintas muescas contra la hebilla.
Agarró la muñeca derecha de la chica que permanecía sobre la camilla helada y enrolló en ella el trozo de plástico identificativo. Comprobó que estaba perfectamente sujeta, pero aún así suelta, sin oprimir del todo el tejido.
En el interior del pedazo de plástico, una etiqueta de papel de un tamaño más reducido, dibujaba una especia de pentagrama incompleto, tres líneas paralelas de color azulado y con insuficiente espacio entre ellas para las letras más gruesas.
Se aproximó hasta una de las paredes cercanas, y recogió una pluma de color negro de la superficie de una especie de mesa maltrecha. Volvió a su lugar de origen, y asió el plástico amarillento.
Se pensó una vez más las palabras que iba a escribir antes de reposar la finísima punta de la pluma a la derecha de unos caracteres de imprenta del mismo color que las líneas regulares. Éstos anunciaban el significado y la utilidad del plástico que ya pertenecía a aquella chica: NOMBRE.
Tembló una vez más al escribir las dos palabras, y aunque para las mentes más enrevesadas, aquellas letras serían totalmente ilegibles, consiguió leer para sí lo que había garabateado.
Amaya Salgado.

A su espalda, en la pequeña mesa de la que había obtenido la pluma, un calendario permanecía inclinado debido a la pata que faltaba en el mueble. Era simple, con dos anillas en el centro que permitían el paso de las cuadradas hojas, como para moverse a través del tiempo. En cada cara de las mismas, únicamente estaban dibujados los días en formato numérico, con un gran trazo negro que ocupaba toda la superficie.
El dieciséis aparecía en el lado izquierdo del calendario, y la palabra Noviembre era ligeramente visible en una de las esquinas de la ficha.

Las hojas corrieron hacia atrás, movidas por una fuerza invisible. Como un golpe de viento que sabe perfectamente qué día debe señalar. El ruido de las pequeñas fichas, acompañado visualmente de una cuenta atrás improvisada de grandes caracteres negros, resuena en algún lugar.
El impulso se ve suficiente cuando aparece el número veintiuno en el lado derecho del calendario. En la esquina inversa, ahora se lee la palabra Octubre.

Unas suaves yemas cosquillean el lado afilado, casi cortante, de la hoja diaria. Con un leve, a la par que elegante, movimiento de los dedos, juega con el tiempo, haciendo pasar la ficha hasta el día siguiente.
La doctora Agúndez era así.
Cuadriculada, al contrario que la hoja de su calendario.
En cuanto había escuchado que su reloj le avisaba con un estricto pitido que habían dado las doce de la medianoche, había dejado las tijeras que portaban por entonces sus manos enguantadas, las había desprotegido de manera brusca, lanzando el látex ensangrentado hacia una papelera cercana, y se había dispuesto a demostrar empíricamente en aquel lugar aséptico que un nuevo día había llegado.
Mejor dicho, que el antiguo día había ya terminado.
Por fin, ya se podía hablar de aquella fatídica jornada como de ayer.
Se alejó de la mesa metálica sobre la que se apoyaba el calendario, y tras comprobar que sus bolsillos estaban vacíos, volvió y abrió rápidamente el mueble que se encontraba por encima. El vidrio de la puerta se agitó lo suficiente como para que la doctora intentara calmarlo mediante una caricia. Extrajo un puñado de guantes de látex de una rectangular caja de cartón y, tras elegir dos al azar, se metió el resto en el bolsillo derecho de su bata.
Después se encaminó hacia el cadáver que se postraba frente a ella en una perfecta camilla metálica, limpia e impoluta, a la vez que se ataviaba con el látex que, pensaba, le alejaría de tal masacre.
Manuel Abad se encontraba en una posición similar a la que había presentado esa misma mañana.
Sobre el asfalto que servía de aparcamiento a la Facultad de Medicina. Contemplando el cielo y cómo las gotas de lluvia caían sobre todo su cuerpo.
De cubito supino, y totalmente desnudo, sólo difería de aquella imagen que se había dado apenas unas horas antes, el hecho de que sus ojos en ese momento estuvieran perfectamente cerrados.
En cambio, su pecho estaba abierto.
La forense había efectuado tres cortes perfectos sobre su torso, formando una figura de tres ángulos que nacían desde el centro hacia los lados. Las costillas aparecían de color marfil, y las paredes colindantes despedían un color rojo intenso, como de vida, que salpicaba todo a su alrededor. Debajo de la parrilla costal, se podían adivinar dos masas equivalentes y de aspecto blando.
La doctora Agúndez recordó, al tiempo que se aproximaba a la mesa que existía a su espalda, lo que había acontecido esa mañana.
Recogió una especie de tenazas de mangos metálicos e imaginó, mientras, la caída al vacío del cuerpo de Abad. Ella misma había visto cómo Abad, desde el segundo techo de la facultad, se había inclinado hacia atrás con el fin de que la gravedad hiciera el trabajo sucio.
<<>>
Su trabajo ahora sería más fácil. Agarró fuertemente con la mano derecha uno de los extremos de la tenaza y se dispuso a apretar la boca del aparato contra una de las costillas de Abad.
- ¿No ha terminado aún, doctora Agúndez? –gritó alguien desde la puerta que ahora se encontraba abierta.
Agúndez apenas levantó la cabeza un instante antes de producir con su instrumento un sonido quebradizo y rotundo que retumbó contra todas las paredes de la sala número uno del Instituto Anatómico Forense. Al segundo, el pulmón izquierdo se ponía aún más a su alcance.
- Ya ve que no… -respondió a la vez que hacía lo propio con una segunda costilla más inferior.
El inspector Blázquez caminó decidido hacia la única mesa de autopsias que había en ese momento en la sala. Parecía de recién adquisición. Sobre ella, un cadáver de raza blanca, aparentemente joven.
Cuando llegó a la altura de contemplar el pecho abierto de Abad, dio un paso instintivo hacia atrás.
- ¿Ha encontrado algo raro? –expresó Blázquez sin dejar de mirar la cara del que su hijo había descrito como su mejor profesor. Todavía se podía reconocer la mayoría de sus facciones, aunque su parte más craneal había salido peor parada.
El inspector rememoró el golpe del cráneo de Abad contra el suelo, y cómo la sangre había comenzado a brotar de su zona occipital.
- Por ahora, nada que comentar –la doctora rompió una tercera costilla antes de llevarse la manga de su bata a la frente para limpiarse el sudor –La causa de la muerte es clara: traumatismo cráneo-encefálico severo con pérdida de masa cerebral.
- Entonces, ¿por qué sigue abriéndole en canal? –Preguntó Blázquez –Puede pasar el tiempo estudiando otros aspectos del caso…
La doctora Agúndez dejó las tenazas a un lado del cadáver produciendo el ruido característico de un choque metálico. Luego, alargó el brazo hacia la grabadora que colgaba de un artilugio de plástico y pulsó uno de los botones frontales.
- No creo conveniente, y más en mi primer caso, dejar nada al azar –explicó mirando a los ojos al inspector por primera vez durante los minutos que llevaban conversando –No es muy común en estos casos debido a la poca altura desde la que se arrojó el profesor, pero se han dado casos de muerte por parada cardiaca antes de que los suicidas pudieran contactar con el suelo. ¿Ve algún problema en que las cosas se hagan bien, inspector?
Blázquez negó con la cabeza a la par que sonreía para sí mismo.
- Además, a sabiendas del tratamiento que estaba llevando a cabo el profesor Abad para tratar de calmar los ataques de su presunta enfermedad, no está de más el comprobar qué efectos secundarios pudieran haber causado en su cuerpo.
- Totalmente de acuerdo, doctora –afirmó esta vez Blázquez del mismo modo.
El mecanismo de la grabadora volvió a funcionar y Agúndez recogió de la superficie metálica el artilugio para continuar con su trabajo.
Blázquez comenzó a andar por la sala, como inspeccionando cada uno de los rincones. El suelo brillaba de una manera idónea, como si estuviera recién limpiado. Las paredes, adornadas con baldosas de colores fríos, ayudaban a la habitación a adquirir ese ambiente lejano, a querer alejarte de allí lo más posible.
- ¿Ha tenido que tomar declaración a su propio hijo? –escuchó Blázquez desde el otro lado de la sala, mientras pasaba su dedo sobre uno de los muebles metálicos cercanos, comprobando lo limpio que estaba todo.
- Desgraciadamente, es el inconveniente de estar a cargo del caso –dijo en un primer momento –Y afortunadamente, tengo la suficiente confianza con él. Me ha contado la conversación que se produjo en la azotea, y Amaya, la otra chica, ha corroborado todo.
- ¿Tropezó Abad en la primera caída, entonces? –Agúndez volvió a apretar el mango de las tenazas.
- Sí, se inclinó hacia atrás y sus pies chocaron contra el rodapié que rodea toda la azotea. De todas maneras, que se hubiera caído solo, o hubiera sido empujado por cualquiera de los dos, cosa que no podíamos distinguir desde nuestra posición, doctora Agúndez, es lo que menos nos debe preocupar de este asunto. Al fin y al cabo, Abad se arrojó por sí mismo desde el segundo techo –continuó Blázquez sin dejar de pensar en la manera en que estaba haciendo que aquella mentira resultara creíble –Y eso sí que lo vimos todos.
Blázquez resopló de alivio al notar cómo Agúndez seguía con su trabajo sin ahondar más en la conversación. Eso quería decir que de verdad nadie había visto qué había pasado en realidad.
- ¿Y alguna cosa que necesite saber para incluir en el informe final de la autopsia? –preguntó una vez más, arrojando a una bandeja metálica de bordes circulares su instrumento de destrucción.
- Además de lo que le pude decir esta tarde, nada más… -Blázquez tocó con su mano desnuda la fría puerta del armario férreo que ocupaba toda la pared frontal –…Abad padecía esquizofrenia, a primera vista, en secreto…ningún compañero había notado nada raro, ni los alumnos… -Un logrado cuadrado, con nueve portezuelas de un material similar al acero y sus respectivos tiradores. No sabía a ciencia cierta si alguno de ellos llevaría el nombre de Abad durante alguno de los días siguientes –…y por eso, las pastillas que tomaba…cuyo efecto ya me contará usted, doctora…menuda escabechina ha montado él solito… -los reflectantes, estratégicamente colocados en el techo, y sin signos de haber sido remplazados una sola vez, brillando como el primer día, se reflejaban en las portezuelas, y ayudaban a Blázquez a poder ver incluso su reflejo sobre ellas.
- Tendrá todas sus respuestas, inspector… -calló al notar cómo se abría de nuevo la puerta de la sala.
- Doctora, los resultados de los análisis que había pedido –dijo un chico joven desde la puerta con un atuendo parecido al de un enfermero –Parece que ha surtido efecto la palabra “urgente”…
Blázquez se aproximó hasta la puerta para recoger él mismo la carpeta que todavía portaba el chico en la mano.
- Démelos a mí… -y le arrebató de las manos una carpeta de color cartón.
- Gracias –despidió Agúndez desde la mesa de autopsias, a la vez que hacía unos cuantos cortes en el interior del pecho de Abad.
Tardó un minuto en leer lo que contenía el informe que había extraído del archivador, y después lo volvió a introducir en el mismo. Lo arrojó hasta la mesa de autopsias, quedando entre ambas piernas de Abad, ligeramente apoyado en su rodilla izquierda.
- Bueno, yo no tengo mucha idea de para qué sirven unos medicamentos u otros… -agarró el pomo de la puerta, dispuesto a marcharse –…pero a Abad le debía doler mucho la cabeza…
Agúndez levantó la vista para ver cómo sonreía Blázquez desde la puerta. La misma luz que rebotaba contra el acero de los armarios, y de los instrumentos con los que ella trabajaba, bañaba los dientes superiores del inspector.
Por un momento, su silueta, apoyada sobre la puerta entreabierta de la habitación, le resultó atractiva.
- Decía, doctora… -se despidió irónicamente -¿Todavía quiere seguir con la autopsia?
Una sonrisa aún más abierta dio paso al vaivén de la puerta sobre sí misma, movida por la inercia hacia uno y otro lado de su propio peso muerto.
Agúndez apoyó el corazón de Abad en una nueva bandeja metálica, dejándolo caer pesadamente. La sangre bañó ligeramente las paredes de la misma. Se quitó los guantes manchados, y los tiró al suelo. Abrió la carpeta y leyó detenidamente.
- Las píldoras a analizar contenían talco, povidona, almidón de maíz, ácido esteárico… -movió instintivamente los ojos hacia dos líneas inferiores, sabiendo que esos eran únicamente componentes de relleno –…y el principio activo de las mismas, ha sido identificado como… -la última palabra la pronunció en alto, mientras separaba la vista del folio de color amarillo y dirigía su cabeza hacia la puerta que ya había detenido su movimiento. Blázquez ya no estaba allí para escucharla –…paracetamol.
El ruido de unas tijeras de acero inoxidable, y unas pinzas de la misma materia, chocando contra la bandeja que contenía las tenazas, produjo eco en el interior de la sala.
La punta de las tijeras aún goteaba alguna pizca de sangre de Abad, proveniente del corazón sin vida que ya descansaba en una superficie no muy alejada al asfalto que había sido su verdugo.
Si acaso, diferían solamente en la temperatura.
Pero aquello, ya daba igual.

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domingo, marzo 18, 2007

Capítulo 27

Nota del Autor: Se ruega encarecidamente que, después de leer el final de la Segunda Temporada que sigue a estas líneas, no se revele a los demás lectores ningún detalle sobre el mismo para que éstos se mantengan en las mismas condiciones que el resto.Es por el bien de la historia.Un saludo y gracias a todos!

14:47 horas

Las banderas ondeaban salvajemente, agitándose hacia el sentido del viento y formando una serie de dobleces circulares características. Las mismas ráfagas de aire chocaban contra las caras de los presentes, ya húmedas por la lluvia que no paraba de caer.
De todas formas, las corrientes no eran lo suficientemente fuertes como para convertir las gotas de lluvia en simples partículas de rocío matutinas. Al contrario, el sonido que producía su choque contra los diferentes charcos ya formados, o contra el propio asfalto, casi le impedían al inspector Blázquez escuchar el tono de llamada de su teléfono móvil.
- Será mejor que pidas también una unidad de bomberos –aconsejó Agúndez, que seguía sin quitar la vista de la azotea del edificio.
Abad permanecía en los tejados incoloros, esta vez dándoles la espalda. Parecía estar escuchando a alguien.
- Ya lo tenía pensado –esperó Blázquez a que contestara la centralita –Al habla el inspector Blázquez: tengo un intento de suicidio en la ciudad universitaria, en la facultad de medicina. Necesito refuerzos y una unidad de bomberos. ¡Que vengan cagando leches! –y cerró la tapa del aparato.
- Muy bien, siempre con educación –opinó Agúndez.
- Ya comprenderá que todo es necesario en su justa medida, doctora –Blázquez se giró hacia los hombres que acababan de introducir en el coche patrulla al doctor Luengo, que hacía lo propio que los demás asistentes en el exterior del edificio, contemplando los cielos del mismo a través de la ventanilla del vehículo –Traedme un megáfono, no creo que pueda llegar a tiempo hasta arriba. Espero que me escuche…
- ¡Está andando hacia el filo de la azotea, inspector! –gritó Agúndez.

Abad sintió una arcada al notar el tacto suave y liso del bote de plástico en su mano derecha y lo arrojó hacia el suelo.
No tenía ni siquiera derecho a estar viviendo aquellos últimos minutos. No se lo merecía después de todas las barbaridades que había cometido. Se decidió al fin, y deslizó su zapato hacia atrás, sin fuerzas para conseguir levantarlo de la superficie húmeda que pisaba. Luego, llevó su otro pie hasta una posición similar.
- ¡Abad, no lo hagas! –gritó Kike a la vez que daba una zancada para acercarse a su profesor.

Blázquez encendió el megáfono que ahora ocupaba sus manos. Un agudo pitido de interferencia resonó en toda la calle. Se apresuró a bajar el volumen, mientras veía cómo Bea y Jokas, que se encontraban más cerca de él junto a la doctora Agúndez, se tapaban los oídos.
De repente, una segunda figura se asomó en lo alto de los tejados. La distancia dificultaba la labor de reconocerla, además de que la iluminación tampoco era la propicia.
El primero en darse cuenta de la situación no fue otro que su propio padre.
- Mierda… -se resignó en voz baja a la vez que daba órdenes a los demás policías para que subieran de inmediato al mismo punto donde su hijo iba a intentar conseguir lo que él sólo concebía como un imposible.
Un fallo del sistema.

Abad chocó contra un pequeño peldaño de piedra que rodeaba todo el contorno de la azotea.
- Es lo que me merezco, Kike –expulsó sin dejar de mirar el suelo –No te puedes imaginar de lo que he sido capaz. Ni siquiera yo puedo recordarlo todo…
- Sí, sí que puedo imaginarlo –dijo Kike aproximándose un poco más.
Amaya también dio unos pasos hacia delante, pero continuando en segundo plano. No creía que su voz pudiera calmar al profesor tal como lo podía hacer Kike. Abad esperó a que Kike continuara.
- No puedo saber lo que pasa por tu cabeza, Abad. Es algo que tú tampoco puedes controlar, por mucho que te creas capaz. Bueno, que la enfermedad quiera hacerte creer que eres capaz…
- Entonces… ¿lo sabes? –preguntó Abad con cierta esperanza en los ojos.
Kike asintió con la cabeza, intentando olvidar lo que las manos de aquel hombre que solía pasearse nervioso por la facultad con su bata blanca, habían podido cometer.
- Aquellas pastillas no eran para la tensión, ¿verdad? ¿Cuándo dejaste de tomarlas? –preguntó Kike.
- ¡Esas pastillas son las causantes de todo esto! –Vociferó Abad, que había comenzado a mezclar el agua de lluvia que corría por sus mejillas con su propio sudor –No han servido para que frenar la enfermedad, sino todo lo contrario. Me han encerrado en lo que soy ahora, algo que yo ni siquiera sé…
Kike recordó el bote de pastillas de color naranja que había visto en el bolsillo de la bata del profesor el día que quedaron para realizar una disección en el departamento de anatomía. Allí descubrieron que alguien ataviado con una bata blanca les estaba espiando y Kike se había decidido a seguirle. Al final, sólo pudo chocarse contra Andrea.
Aquel día, Abad había reconocido estar tomando unas pastillas <<>> y Kike incluso había podido leer la terminación que figuraba en la etiqueta: “-PINA”.
- No era Nifedipina entonces… -Kike pensó que la mejor manera de que Abad no acabara saltando era darle conversación, que supiera que podía contar con él, como siempre.
- Al principio pensé que la Clozapina iba a ser la medicina adecuada. Cuando empecé con las nuevas pastillas, no me dieron ningún tipo de efecto secundario. Ni movimientos incontrolados, aquel afán por meter y sacar las manos de los bolsillos… Nada de nada –el profesor comenzó a reírse de repente, llevando una de sus manos hacia la cara -¡Era el antipsicótico perfecto! –Abad volvió a profesar una enorme carcajada –Después comenzaron las voces, los sonidos dentro y fuera de mi cabeza que me obligaban a actuar de aquella manera…
Abad cambió su aspecto como si un horrible pensamiento hubiera surgido dentro de él, y su cara se tornó lo más seria que Kike había visto jamás. Permanecía de pie, mirando al suelo. El bote con la lengua dentro seguía allí, atormentándole.
- ¡Yo no quería hacerles daño! –El profesor empezó a llorar como un niño –Sólo quería que se callaran, tener paz para escuchar a mi propio yo. Hasta que me di cuenta que ese yo, ya no existía. Se lo habían llevado ellos… -Abad cayó de rodillas contra el suelo.
Las gotas de lluvia habían disminuido de tamaño y ahora sólo golpeaban contra su cara en forma de caricias. Abad miró al cielo para sentirlas más de cerca.
Kike le observó y un sentimiento de piedad le invadió por completo. Vio cómo, sobre un pequeño charco, Abad frotaba su rodilla…

Frotó su rodilla contra la moqueta del suelo de su habitación, y se sentó sobre sus propias piernas. Quería ver la cinta otra vez, y quizá una mayor cercanía a la pantalla le otorgara más posibilidades de conseguir detalles importantes.
Kike pulsó el botón de rebobinado rápido del mando a distancia y mientras, se introdujo en la negrura de su habitación. Había visto a Abad en la grabación, tal como él mismo les había jurado a Andrea y a él. También se veía a una segunda persona al final del vídeo portando una linterna y lo que podían ser unos guantes de látex.
Un ruido mecánico le despertó de sus pensamientos, y le transportaron a un lugar más iluminado cuando la cinta volvió a ponerse en marcha. Los prolegómenos de la grabación volvieron a aparecer en la pantalla en forma de interferencias y Kike apretó la tecla que venía rotulada como FF en el mando y la imagen saltó velozmente para mostrar la entrada de la facultad.
Kike movió conjuntamente sus rodillas para acercarse un poco más. El ambiente era tranquilo en ese principio y el vestíbulo principal permaneció oscuro hasta que el brillo producido por el primer rayo hizo su aparición. Kike reconoció las mismas estructuras que la primera vez: las cabinas de teléfono, el comienzo del pasillo que conducía hasta el pabellón tres, las escaleras que descendían hasta la cafetería, la puerta de cristal que formaba parte de la salida de la facultad y que después aparecería contemplando Abad…
En ese momento, la imagen cambió a la ofrecida por la segunda cámara. La estancia era, si cabía, aún más tranquila que la anterior y Kike recordó que así se mantendría algunos minutos más. Se le ocurrió que podía ganar tiempo de alguna forma. Desabrochó su reloj de color rojo –únicamente oscuro por la poca iluminación de su habitación –y lo mantuvo en su mano derecha. Apretó vigorosamente dos veces uno de los botones plateados de los lados hasta que creyó ver los ceros típicos del modo cronómetro.
Volvió a mirar la pantalla, y unos segundos después la imagen volvió a cambiar de perspectiva. Rápidamente, pulsó otro botón del reloj y la cuenta comenzó a correr. Pensó que los fotogramas podrían haber sido incluso duplicados a partir del primer turno de dicha cámara si no hubiera sido por el fulgor del rayo que durante ese tiempo se había producido. Durante la segunda ocasión, el vestíbulo continuó sumido en la oscuridad, salvando la poca luz del lado izquierdo, que provenía directamente de las farolas del aparcamiento. La pantalla volvió a reflejar el aula de Bioestadística en la parte más superior.
Al volver a pulsar el reloj, la cuenta se encontraba parada en 0:30:43. Sólo treinta segundos separaban los intervalos de ambas cámaras.
Kike se mantuvo observando el televisor durante unos minutos más hasta que Abad hizo su presencia en lo grabado por la primera de las cámaras. Con la chaqueta y la camisa que recordaba haberle visto llevar esa misma mañana, cuando habían quedado para la disección –y curiosamente, la misma vestimenta que había portado en los días siguientes a aquella grabación, pensó –el profesor de Anatomía se paseó hasta la puerta de cristal y un rayo se coló para iluminar su silueta completa. Su brazo derecho se mantenía escondido en el bolsillo de la chaqueta del mismo lado. Cuando su posición cambió para girar la cabeza súbitamente hacia el pasillo del pabellón tres, también lo hizo la cámara para mostrar el final de dicho pasillo y nada más interesante. A los treinta segundos, la cabeza de Abad apareció en la pantalla durante milésimas y se volvió a ver el cuadro de la entrada de la facultad.
<<>>, rumió Kike para sí.
El televisor reflejó durante un tiempo ínfimo la espalda de Abad internándose en el siguiente pasillo, el propio de Farmacología y que constituía en sí mismo el pabellón tres. El profesor desapareció y, como en la anterior ocasión, Kike pasó a fijarse en la línea de sangre que Abad les había relatado al día siguiente y que según él había pintado Clara con el dedo. Tenía como inmortalizado aquel momento en el mismo lugar que ahora mostraba la televisión. Abad incluso había agarrado a la mujer de la limpieza para preguntarle por la existencia de esa línea.
- No era una mancha…era una perfecta línea recta… -escuchó Kike dentro de él la voz de Abad, pronunciado la misma frase que aquel día.
Como si de un resorte se tratase, botó sobre la moqueta de su habitación y se aproximó una vez más a la pantalla, después de haber pulsado el botón de pausa en el mando a distancia. La línea de sangre, de color oscuro por las características de las cámaras, continuaba en el borde superior de la imagen. Se dirigía hacia el mismo sentido que había seguido Abad. Lo extraño era la forma de ésta, totalmente ondulante.
No poseía ningún trazo recto, ni siquiera se mantenía con la misma orientación en unos pocos centímetros. Aún así, Abad había insistido en ese detalle.
Kike intentó asimilar lo que acababa de descubrir a la vez que volvía con la ayuda de la tecnología a la pantalla anterior que mostraba la misma estancia. Cuando la cabeza de Abad apareció en el margen inferior, volvió a pausar la cinta.
Sólo treinta segundos antes de que Abad se encontrara siguiendo ya el sentido de la línea de sangre, ésta no aparecía en la pared de yeso de enfrente. Tampoco había rastro de Clara comenzando a dibujarlo, ni siquiera en la esquina superior derecha, donde Abad decía haberla visto parada.
A la cabeza de Kike vino un nuevo pensamiento, esta vez menos halagüeño. Quería no tener razón, pero igualmente pulsó el botón de rebobinado lento hacia delante. Congeló la imagen una vez más en el inicio del siguiente intervalo de la segunda cámara.
Maldijo en voz alta al ver cómo se hacían realidad sus peores vaticinios. El brazo derecho de Abad ya no se mantenía en el interior de su bolsillo derecho, sino que se encontraba apoyado sobre la misma pared de yeso donde se había dibujado la línea de sangre. La línea oscura acababa justo donde daba comienzo la yema de su dedo índice. Una milésima más tarde, todo desaparecía de la pantalla al mismo tiempo que Abad se alejaba de la cámara.
Kike, en un acto de rabia, arrojó el mando a distancia hacia la pared y comenzó a llorar.
Le había mentido. Algo dentro de él le decía que su profesor era el causante de todo. El culpable se mantenía encerrado en su pantalla en ese momento, con su silueta coloreada de blanco y negro y provocándole cuanto más tiempo mantenía su dedo sobre la pared de yeso del pabellón tres.
Pero, en la realidad, estaba libre para actuar a sus anchas, cómo había sucedido con el asesinato de Sara.
Tenía que acabar con esa situación cuanto antes, y averiguar si Abad ya no era el Abad que él creía conocer. Una nueva lágrima se despidió de sus ojos, y golpeó contra la moqueta acabando con su perfecta forma esférica…

La perfecta forma esférica de una nueva gota de lluvia chocó contra su cara, al tiempo que continuaba contemplando los lloros de Abad. Aquél que horas antes se había mostrado tan asustado en la biblioteca por recibir un anónimo en que él mismo le amenazaba de muerte. Kike no llegaba a comprender si aquel folio lo había escrito el Abad enfermo –o guiado por las voces que creía escuchar –o el verdadero Abad, como último esfuerzo para que alguien le paraba. También cabía una tercera posibilidad, producto de la propia enfermedad que le acaecía: probar que alguien quería acabar con él y que le perseguía y vigilaba con ese propósito.
Seguramente, no era casualidad que él hubiera sido la persona elegida por el profesor para enseñarle el anónimo. Lo que Abad no conocía es que Kike en ese momento ya sabía a quién se enfrentaba, y asumía que si tenía que quedarse alguien fuera de la carrera, ese tendría que ser el propio Abad.
- ¿Desde cuándo crees que te persiguen, Abad? –Kike seguía con la estrategia de ganar tiempo, y si sus preguntas, además de conseguir que el profesor no se decidiera a tirarse desde donde se encontraban, le aportaban datos que todavía desconocía, como si era el autor de todo lo acontecido en la facultad desde principio de curso, incluso podría servir de gran ayuda a la policía.
Abad levantó la mirada del suelo, y sorbió gravemente las lágrimas que aún surcaban su cara.
- ¿Es…que…me crees? –preguntó entrecortadamente antes de intentar levantar la rodilla que continuaba clavada en el suelo.
- Claro que te creo, Abad. Somos amigos, ¿no? –intentó animarse a sí mismo Kike.
- Pero…aún sabiendo lo que le hice a esa chica… –Abad señaló con los ojos el bote que se encontraba en el suelo, recibiendo el golpeteo de la lluvia –y lo de Andrea…
Kike creía no haber escuchado bien. Su gesto cambió para parecer extrañado.
- ¿Cómo que Andrea? –Dijo en voz baja -¿Qué le ha pasado a Andrea? –Elevó un poco su tono para después girarse hacia Amaya, que seguía la conversación en silencio -¡¿Dónde está Andrea, Amaya?!
Amaya se acercó hasta el chico y le puso la mano sobre su hombro para pretender tranquilizarle.
- Ey, no pasa nada, Andrea estará bien… -susurró la chica.
- ¿Le ha hecho algo? –volvió a gritar Kike. De repente, había olvidado al profesor que tenía delante.
- Creo que ha intentado… -Amaya buscó la palabra adecuada para no intensificar la situación –…sobrepasarse con ella. Pero está bien, tranquilízate.
Kike giró su mirada hacia el profesor. Abad estaba ahora de pie, y de vuelta en el filo de la azotea. Miraba su zapato, que seguía sin cordón, sin recordar perfectamente dónde lo había podido dejar. De pronto, notó un zumbido en sus oídos, síntoma inequívoco de que todo comenzaba otra vez. Instintivamente, se llevó las manos hasta sus oídos…

Sus manos viajaron hasta sus oídos para chocar con los mismos e intentar parar aquella situación que se repetía cada vez más frecuentemente. A la vez, las voces pretendían más intensamente que cumpliera su cometido.
Ni siquiera estaba al corriente de las veces que podría haberlas hecho caso. Algo dentro de él le decía que podían ser más que los dos botes con una lengua en su interior que mantenía encima de su escritorio.
No podía consentirlo más. Miró el reloj de aguja que había aguantado los innumerables golpes a la pared donde se encontraba y que se acordaba de haber efectuado durante aquella semana –pensó que ya no habría más semanas para él, no tenía derecho a más tiempo –y vio que mostraba que no eran más que las nueve y treinta y ocho minutos. Agarró un estuche de cuero que contenía los más preciados instrumentos para un anatomista como él, y se quedó paralizado examinando los dos botes de plástico próximos. Cogió uno y salió del despacho.
En el pasillo del departamento, miró hacia uno y otro lado. Nadie visible. Seguidamente se internó en aquel lugar de azulejos blancos como era el cuarto de baño del propio departamento. Se dirigió directamente hacia el espejo, apoyando su peso y su destino contra el lavabo.
Sintió el contorno del bote de plástico que llevaba en el bolsillo contra su muslo, y notó que tenía la forma de la culpabilidad.
Estaba decidido a acabar con las voces, con todo lo que pudieran acarrear éstas. Si para eso debía sacrificar uno de sus sentidos, no era producto más que de la mala suerte. Comprobó que no hubiera nadie más allí –si ni siquiera estaba él, pensó –abriendo las distintas puertas de los aseos del lugar y después cerró la puerta de salida.

El ruido de cierre de una puerta se mezcló con la apertura de otra. Cuando Kike encajó el pestillo de la salida del departamento de Anatomía con su correspondiente cerradura, no descubrió a nadie en el pasillo. Observó la esfera de su reloj y vio que los dígitos dibujaban que eran las nueve y cuarenta. En silencio, se movió ágilmente por él hasta llegar al despacho del doctor Abad.
Con asombro, descubrió que ésta se encontraba abierta y que no había nadie en su interior.
El propio Abad se le había adelantado y se había marchado. Su oportunidad de hablar con él desconociendo todavía lo que él sabía se había esfumado. Kike se giró para contemplar con sus propios ojos el despacho del profesor.
El caos total reinaba allí.
A su izquierda, el pechero se encontraba inclinado y apoyado sobre la pared contigua, con una bata blanca con restos de lo que parecía formol en varias zonas, arrojada únicamente encima del mueble. El contenido de las estanterías era una perfecto desorden, con determinados volúmenes extraídos parcialmente de su lugar y muchos otros diseminados por el suelo, abiertos unos y cerrados otros. En la pared de enfrente, un reloj de aguja se mantenía casi descolgado y a punto de caer al suelo. El mismo destino que le había deparado a un cuadro que representaba toda la anatomía del cuerpo humano y que no conservaba el cristal del marco.
Kike se desplazó hacia el centro de la habitación y se apoyó sobre la mesa, también escondida debajo de los múltiples folios o libros que allí descansaban. Le llamó la atención uno en especial que se encontraba abierto cerca del filo del escritorio.
Era un Atlas de Anatomía Netter, totalmente corriente, como el que él conservaba en su habitación para consultar cuando lo necesitaba. La lámina 56, la que mostraba en aquel momento, presentaba el dibujo de una lengua en su lado izquierdo, y una segunda figura más inferior que describía convenientemente las glándulas salivales.
Kike se aproximó a las páginas y notó algunas cruces rotuladas en los extremos, además de haber muchas otras marcadas sin tinta, sólo por la fuerza excesiva del autor, en toda la extensión de la lámina.
De repente, un brillo le llamó la atención. Miró hacia el lado más cercano al ordenador y vio una representación exacta –y material –del dibujo del atlas. El sueño que había tenido hacía dos noches –y que ya se había depositado en su mente, según él, para siempre –vino a él para visualizar la imagen de Lucía intentando decirle algo en el fondo de la piscina sin éxito.
Alargó el brazo hasta el bote de plástico y se lo guardó en el bolsillo derecho. Después sólo tenía intenciones de salir de aquel lugar que olía a todo menos a higiene y llegó hasta el pasillo. Creyó oír una puerta abriéndose tras su espalda y se giró fugazmente para comprobar que allí no había nadie.

Abad salió del cuarto de baño justo a tiempo para ver cómo se cerraba la puerta de salida del departamento. Sin dudar, corrió hacia el interior del despacho gritando dentro de él mismo que “ellos” habían vuelto. Arrojó el estuche de cuero que contenía el bisturí y demás aparatos metálicos que no le habían ayudado –quizá fuera él el que no se hubiera atrevido a dar el paso –a acabar con su suplicio, teniendo en mente la única solución que le quedaba.
Extrajo de su bolsillo izquierdo un sobre arrugado y leyó por última vez el destinatario que había escrito en la cara frontal: Doctor Abad.
Acto seguido, se quedó meditando en su despacho, acompañado por aquellas voces tenebrosas que nunca le dejaban solo, si aquel muchacho que conocía desde hacía dos años sería la persona indicada para acabar con su problema.

Kike empujó con una patada la puerta del cuarto de baño más cercano al pasillo que llevaba hasta el aula cuatro. Penetró en uno de los váteres y cayó al suelo impulsado por un fuerte ataque de tos, acrecentado por las lágrimas que intentaba no dejar caer.
Un sabor agridulce en su garganta le producía náuseas y las arcadas en su estómago casi le hicieron vomitar, o por lo menos intentarlo mientras se mantenía agachado sobre el inodoro.
Minutos después pensó que sólo él podía acabar con aquello, ahora más que nunca. Tenía todas las piezas del rompecabezas dentro de él, ya fueran corpóreas o no. Sólo faltaba encajar algunas de ellas acerca del hecho que había acabado con la vida de aquella chica que se había presentado en su vida gracias a una foto, Lucía, y que ya sentía como una amiga.
Y para eso tenía el mejor recurso posible gracias a un fotógrafo inepto que le debía más que un favor.
Introdujo su mano en su bolsillo y rezó para que los sentimientos que acababa de dejar en el retrete no volvieran a él. Una lengua perfectamente encorvada y comprimida por la tapa del propio bote descansaba sobre una fina lámina de líquido de color rojo y algún que otro coágulo. Apretó, antes de salir del cuarto de baño, contra su mano aquel bote de plástico…

El bote de plástico, que aún contenía la lengua de alguien no identificado, reflejó sobre su contorno un fulgor proveniente de un nuevo relámpago, mientras soportaba la presión del puño cerrado de Kike.
Miró a Abad, que mantenía sus manos tapando sus orejas y hablaba en voz baja para sí mismo. Las frases que lograba encadenar no tenían sentido alguno –ahora se explicaba los cambios bruscos de conversación que se habían dado en él cuando ya era víctima de su enfermedad, el día que practicaron la disección a aquel cadáver y que le hicieron pensar en ese momento que Abad sabía que estaba con Andrea –y sólo intentaba evadirse de las voces que le encerraban.
No era más que uno de los síntomas positivos, tal como podían ser la euforia, las ideas delirantes –que le llevaban a pensar que estaba siendo perseguido, amenazado de muerte o incluso que las personas de su alrededor eran capaces de introducirse en su mente para robarle los pensamientos –o las alucinaciones, ya fueran auditivas en su mayoría como podía comprobar en ese momento, o incluso ópticas.
Kike sabía que también existían síntomas negativos, referidos a cualquier carencia del comportamiento –la ropa de Abad había sido la misma durante esas dos últimas semanas –como la retracción del contacto con los demás, la apatía o la indiferencia social. En verdad, creía que esos signos eran más difíciles de identificar en su profesor.
En ese momento, Abad hizo ademán de dar un paso hacia el vacío. Su pie derecho quedó colgando en el aire hasta el punto que su zapato se desprendió y cayó velozmente. Amaya y Kike escucharon gritos provenientes de la calle y supieron que la gente ya estaba al tanto de lo que sucedía.

Blázquez tembló al ver caer el zapato del profesor sobre la cornisa inferior. Instintivamente, agarró su radio e intentó ponerse en contacto con los policías que se dirigían hacia la azotea. Seguramente, los muy ineptos aún se encontraran buscando la entrada idónea. El camión de bomberos se podía escuchar a lo lejos, pero tardaría todavía algún minuto en llegar.
Mientras tanto, y justo al revés del pensamiento que había creado cuando entró en la facultad para detener a Luengo, el asfalto y las escaleras de piedra de la facultad estaban cada vez más repletas de curiosos. Bea y Jokas se hallaban a unos metros de él, ahora acompañados de Alberto y Luis. También personal docente y administrativo se había animado a contemplar el espectáculo. Pudo ver incluso algún camarero mirando hacia el cielo con su uniforme característico.
No quería creerlo, pero la situación se le iba de las manos por momentos.

Reaccionó al ver balancearse sobre el aire a Abad. Sólo mantenía su pie izquierdo sobre el filo de la azotea y seguía inmiscuido en sus falsos pensamientos. Sabía que la única manera de llamar su atención era perdonándole.
- No me cogerán… -murmuró Abad entre dientes.
- Abad, tío, acércate… -suplicó aproximándose todavía más al profesor. Tocó con sus dedos el brazo de éste, y se asomó por un segundo a la cornisa.
Escondió la cabeza rápidamente para tirar una vez más de Abad. Su pie descalzo se apoyó nuevamente sobre el suelo mojado de la azotea.
- Bien, bien, así… -siguió animando Kike y pensó que debía seguir hablando, interponiéndose a las vagas frases del otro -¿Desde cuándo… -reflexionó una vez más acerca de lo que iba a preguntar, pero a la vez quería saber si Abad también se había cruzado en la vida de Lucía -…desde cuándo sabes que eres esquizofrénico?
- Si se salieran con la suya… perdería –siguió hablando Abad -…me quieren coger, y harán lo que sea…
- Abad, escúchame –siguió Kike intentando despertar de algún modo al profesor –Hazme caso, por favor –la distancia al vacío seguía siendo insuficiente en el caso de que Abad decidiera superar la fuerza del brazo que le mantenía casi en pie.
- Ni las voces ni vosotros…bueno, menos vosotros, pero las voces tampoco…
La paciencia de Amaya estalló en ese preciso instante. No deseaba que ocurriera nada malo pero las frases incongruentes de aquel tipo que ya no reconocía como su estimado profesor la comenzaban a sacar de quicio. Avanzó con grandes pasos hacia la pareja y enfrentó su cara con la de Abad.
- ¡¿Qué le hiciste a Clara, cabrón?! –Gritó agarrándole por la pechera -¡¿La mataste?!
Abad abrió los ojos de par en par para escuchar a la chica. Como si de un sueño profundo despertara, sus primeras palabras chocaron contra sus labios casi sin producir sonido alguno. Kike le soltó del brazo para que se recuperara.
- Yo… -titubeó –Yo…no…
- Tú no, ¿qué? –siguió chillando Amaya, ignorando el aumento de intensidad en la lluvia que caía sobre sus cabezas -¡¿Es una de estas lenguas la suya?!
- Yo no… no recuerdo… -continuó -…no recuerdo haberle hecho nada a esa chica…
Amaya dejó de zarandear al profesor durante unos segundos, asimilando las palabras que acababa de dejar colgadas en el frío aire. Después, solo vino a su mente la palabra “cinismo”.
En un arrebato, Amaya le empujó de un enérgico manotazo en el pecho.
- ¡¡ ¿Dónde está Clara, hijo de puta?!! –vociferó.
Abad perdió el equilibrio y su pie derecho impactó con el estrecho rodapié, último límite de la azotea. Kike vio como su cuerpo se inclinaba hacia atrás, y que sus brazos luchaban por encontrar algo en qué agarrarse. El siguiente trueno de la tormenta se mezcló con los gritos clamorosos de la gente que permanecía atenta desde el suelo.
Amaya no pudo contemplar desde su posición, más alejada que la de Kike, cómo el cuerpo de Abad caía al vacío.
Las tres banderas que se mantenían en el aire ondearon debido a una aceleración inesperada. Por detrás de sus astas, el cuerpo de Abad se precipitaba contra el suelo mojado del segundo piso. El sonido de la lluvia trató de amortiguar el ruido seco del choque del costado del profesor contra la fina capa de arena –y suciedad –de la cornisa.
El murmullo desde la calle crecía por segundos y Kike no podía dejar de mirar a Abad, y los pequeños movimientos que podía intuir desde arriba de sus extremidades. Pequeños temblores se sucedieron por una animación total de su cuerpo. Probó, primero, a apoyar su mano sobre el barro de la superficie, para luego mantener esa posición semi-sentada durante unos segundos. Después, se puso completamente de pie, si bien se inclinaba un poco hacia el lado del cuerpo sobre el que se había desplomado.
Caminó hacia el umbral que volvía a separar aquel segundo tejado de las corrientes de aire frío que se podían sentir en el límite entre tierra y vacío, y se giró sobre sí mismo para dar la espalda al público asistente.
Dedicó una última mirada al que había sido su mejor alumno, que seguía pidiéndole a gritos que se alejara de allí. Por lo menos, le veía hacer aspavientos con los brazos y mover la mandíbula intensamente de arriba abajo pero en su cabeza sólo había silencio.
Ni el más ligero zumbido le estropeaba aquella paz.
Cerró los ojos y conservó el ambiente que le embriagaba el mayor tiempo posible. Lentamente, notó como su cuerpo se balanceaba hacia atrás, y sentía la gélida brisa penetrando por todos los poros de su piel, atravesando la fina tela de algodón de su perpetua camisa.
Ya estaba más cerca del silencio absoluto.
Cuando su cuerpo consiguió la posición horizontal, su peso se multiplicó por diez. Pero, al contrario, el viaje fue más largo de lo deseado.
A su mente sobrevino la imagen de Andrea, y cómo él intentaba desabrochar el botón de su pantalón vaquero, mientras ella pataleaba en el suelo. Sentía la fragancia de su pelo en su interior, y quiso ver la cara de la chica por última vez. Agarró la cabeza de la muchacha y la giró hacia el lado contrario al que miraba, llevando su espalda hasta contactar con los fríos azulejos del pasillo.
La cara de Andrea no apareció entre sus gruesas manos. En su lugar, Sara le mostraba su boca abierta, mientras brotaba un fino hilo de sangre de su interior. Entonces, la nueva chica abrió los ojos súbitamente para moverlos hacia su izquierda. Abad siguió la mirada de la chica y descubrió unos metros de cuerda negra enrollados sobre sí mismo. Alargó el brazo para alcanzar uno de los extremos del grueso hilo y probó la elasticidad de éste. Cuando quiso girar su cabeza para preguntarle a Sara el extraño significado de aquel descubrimiento, su cara había desaparecido. El doctor Juárez, encargado del departamento de Farmacología, sonreía ante sus ojos. En su cuello había un grueso corte que le cruzaba completamente de un lado a otro. Abad se asustó y retrocedió unos centímetros hacia atrás.
El profesor Juárez inclinó la cabeza hacia el lado izquierdo, llamando su atención para que mirara hacia allí. Sin salir del asombro, Abad giró su cabeza para descubrir cómo tres encerados caían a la vez desde lo más alto del mueble para impactar contra el mismo suelo.
<< ¡Hombre, cuánto bueno por aquí! >>
Abad volvió a mirar a Juárez, sabiendo que no iba a encontrar su cara porque la frase que acababa de escuchar no había sido producida por su voz. Víctor, el encargado de delegación miraba tristemente hacia el otro lado. Otro charco de sangre se había formado a la derecha de su boca. Mientras tanto, el chico seguía mirando su mano derecha. Cuando Abad le acompañó en tal visión, descubrió horrorizado lo que ella contenía. Una lengua totalmente roja de la que brotaba un líquido oscuro y denso se agitaba levemente entre sus dedos.
Soltó automáticamente el músculo y cayó justamente en el bolsillo derecho de su chaqueta. Miró la mano que lo había sostenido y comprobó la cantidad de sangre que en ella se reflejaba. Sin saber el porqué, se levantó del suelo sin dejar de vislumbrar las gotas que salían de su puño cerrado. Lo abrió una vez de pie para apoyar su dedo índice sobre la pared de yeso que había salido de la nada en su lado.
Hecho esto, comenzó a andar hacia el fondo del pasillo que reconocía como uno de los muchos que surcaban la facultad. Al fondo sólo había una luz brillante que le llamaba.
Quería salir de allí y pensó que la luz no era más que la salida. Después de esquivar con una patada una especie de globo de agua que se puso en su camino, corrió por el pasillo hasta el final, olvidando la línea de sangre que había comenzado a aparecer entrecortada, como saltando, en la pared. Una vez que ésta desapareció, fue libre para alcanzar la luz.
Su cuerpo inerte aceleró en el último tramo que le separaba del suelo de piedra que constituía la entrada a la facultad.
Su mente permaneció totalmente en blanco, como aquella luz que había decidido seguir. Completamente en silencio.
La porción occipital de su cabeza aterrizó violentamente sobre la tierra, cortando el silencio que él mismo había conseguido producir en su último momento de vida. Lo que tanto había ansiado, se vio ocupado por un sonido sordo y único. Después, todo tipo de sensaciones salieron de su mente por un orificio que él había decidido abrir.
Como un valioso jarrón de vidrio que se rompía en mil pedazos, que quedaban diseminados sobre el suelo húmedo de piedra. Un objeto frágil que había hecho honor a su condición y del que comenzaba a manar sangre.
Blázquez abrió la puerta del coche patrulla ágilmente al saber que todo había cambiado. Se giró y vio cómo los más valientes –o macabros –de los congregados comenzaban a acercarse hasta el cuerpo seguramente sin vida del profesor. Olvidó por completo liberar de la presión de las esposas a Luengo y se dirigió hacia el corro de gente que se había formado en torno al comienzo de las escaleras de granito. Tampoco notó cómo Luengo le seguía con los brazos atados a la espalda.

Los ojos sin aliento de Abad se mantenían abiertos, sin contemplar por su propia voluntad el gentío que le rodeaba. En verdad, ya no podía.
El decano se mantenía en pie mirando el cadáver, siendo abrazado por Andrea. A su lado, Bea, Jokas, Alberto y Luis, apoyado en sus dos muletas, le observaban con la boca abierta. Más a la derecha, Fausto y la secretaria del propio decano, Elvira, no habían faltado tampoco a la cita. El brazo de ésta contactaba con la elegante blusa de la doctora Agúndez, la única que conseguía mirarle sin opinar sobre lo que fue. Ésta se inclinó hacia Blázquez, que miraba la escena a su derecha, para comentarle algo, que ya no podía escuchar, al oído. Blázquez asentía con la cabeza, y el doctor Suárez le dedicaba un vistazo rápido, como desaprobando la acción. El doctor Luengo había llegado también a su lado, para darle el último adiós. Otras doctoras cuyos nombres no quería recordar en ese momento, portaban sus distintas batas al lado de éste. El encargado de la biblioteca, Mario, completaba el círculo perfecto, sin darse cuenta de quienes permanecían a su lado. Sólo se veía reflejado en los ojos de Abad.
Ante el eco de un nuevo trueno, el círculo se rompió y los ojos de Abad quedaron orientados hacia la cornisa de la azotea. Allí, dos cabezas se asomaban hacia el vacío. Kike y Amaya le devolvían la mirada.
Abad quiso despedirse, pero su cuerpo no le obedecía. Sólo le había otorgado unos segundos para ver la cara de las personas que siempre habían estado cerca de él, y que un último instante, habían formado un círculo a su alrededor, junto a los dos chicos que se mantenían observando desde las alturas. Antes de que no sintiera que su vida se escapaba, tuvo un último pensamiento.
Sólo uno de todos ellos sonreía.

***

El silencio ya no era algo que le importara. Asió el pomo de la puerta para abrirla rabiosamente e impulsarla acto seguido hacia su marco. El cristal vibró hasta el punto de quebrarse en una de sus esquinas.
Se miró las muñecas y descubrió alguna que otra marca de color rojizo provocada por la presión en ellas. Se las tocó suavemente como si pensara que aquel simple gesto le iba a calmar el dolor.
Inmediatamente, fue hasta su mesa y comenzó a desalojar fanáticamente su mesa de trabajo. Decenas de folios volaron por los aires, hacia ambos lados, acompañados de sus correspondientes carpetas y demás utensilios de oficina.
Estaba enfadado por todo lo sucedido.
El doctor Luengo, entonces, escuchó que alguien llamaba a la puerta de cristal. Se mantuvo callado para que nadie extraño entrara allí.
El golpeo repetido se repitió una vez más, y supo que a aquella persona sí le estaba permitido el paso.
- Entra –dijo gravemente.
La puerta se abrió ligeramente para que la chica llamara lo mínimo la atención ante aquel acto.
- Todo ha acabado, ¿no? –dijo Bea dejando escapar una mueca de sonrisa en sus labios.
Luengo le devolvió la mirada pero no hizo lo mismo con el gesto. No estaba de acuerdo con ella.
- Nada ha acabado, Bea. Las piezas no encajan perfectamente –respondió.
- Pero, ¿cómo que no? –Volvió a preguntar –Abad se ha delatado, papá…
- Yo no lo veo tan claro –refunfuñó chasqueando los labios a la vez para comenzar a dar vueltas en el interior del despacho.
Se acercó a la mesa para agarrar un marco de fotos que había resistido su anterior ataque de ira.
- La verdad es que todo ha sido muy rápido y no podemos comenzar a unir todos los detalles ahora mismo –Luengo persistió contemplando la imagen que se protegía del exterior por un simple rectángulo de plástico que quería parecer cristal –Nos llevará tiempo comprenderlo todo.
Luengo dejó el marco de fotos sobre el panel de madera de su escritorio. En la fotografía, aparecía él sonriendo hacia la cámara, acompañado de un paisaje primaveral a sus espaldas. Una divertida Lucía le besaba en la mejilla, reflejando en su cara sus sentimientos ante aquel gesto.
- Sólo sé… -se volvió hacia su hija en un último movimiento acompasado -…sé que esto no ha acabado todavía.


Bueno chic@s! Aquí acaba esta etapa y que tanto estábais esperando, tanto vosotros como yo. Espero que haya sido del agrado de, por lo menos, uno y ya habrá sido todo un éxito esta especie de experimento que empezó hace un año justamente. La progresión desde los primeros capítulos creo que es evidente -no digo para bien o para mal para que juzguéis por vosotros mismos- o por lo menos eso pienso yo (y Mamá Bardón, claro) XD.Sólo quería agradecer a la gente que se ha pasado por lo menos una vez por este sitio de color negro, y disculparme también por lo mismo por el daño que pudiera haber hecho a vuestros ojos.Así, Cris, Vero, Lau, Sarul@, Elena, Rakel, Paula, Ele, Adri, Cris, Belén, Marina, Noe, Maher, Carlos, Sey, Mary, Gemma, JL, Sergio, Tata...y todos aquellos que, sólo preguntando por él, habéis conseguido que esto se haya hecho realidad únicamente por estar ahí. Muchas gracias a todos y no os enfadéis a los que no haya nombrado! Sólo es producto de mi memoria, que ahora sólo sabe repetir Kike, Amaya, Jokas, Alberto, Bea, Andrea y Luis por todas partes.Por eso, descansamos hasta Marzo pero... volveremos a la carga con la tercera y última temporada muy pronto! Esperando encontraros allí...1 beso enorme a todos!

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viernes, enero 05, 2007

Capítulo 26

Nota del Autor: Se ruega encarecidamente que, después de leer el final de la Segunda Temporada que sigue a estas líneas, no se revele a los demás lectores ningún detalle sobre el mismo para que éstos se mantengan en las mismas condiciones que el resto.
Es por el bien de la historia.
Un saludo y gracias a todos!


14:30 horas
Sentía la presión sobre su cuerpo y, al revés de cómo había pensado que sucedería, sintió asco.
Se recordaba a ella misma con diez años menos, sentada encima de un cojín de terciopelo rosa con el fin de alcanzar mejor el plato que debía terminar antes de poder ir a su habitación. Aquella coliflor y más en concreto su pestilente olor, casi le hacía resbalarse de la silla.
Pero no era el asco que le corría por las venas en ese momento.
Cerró los ojos pensando que el tiempo pasaría tan rápido como cuando se encontraba dormida. La mano que tenía sobre su cara despedía un hedor que la mantenía, en contra, despierta. Vio uno de los tapones de los oídos a pocos centímetros de su nariz, que seguramente se había desprendido cuando su cabeza se había deslizado por el suelo para acabar contemplando el radiador de color beige de la pared de enfrente. Aquel pedazo de espuma amarilla le habría impedido –muy a su pesar –escuchar el sonido de una cremallera descendiendo.
Acto seguido, notó de nuevo los fríos dedos en su ombligo. Éstos también bajaban lentamente, eternizando la escena que nunca podría haber imaginado. El contacto directo sobre su piel desapareció durante milésimas de segundo, para Andrea adivinar que el objeto de deseo ahora se encontraba en su ropa interior.

14:31 horas
Como si de un viaje pagado se tratara, y en el precio se hubiera incluido el chofer y todas las delicadezas posibles, la puerta de cristal le fue abierta por una mano extranjera. Al mismo tiempo, otra mano se apoyó sobre su hombro para informarle de que debía seguir su camino, dar más pasos hasta cruzar, por lo menos, el umbral de su propio despacho.
Después las órdenes se sucederían de la misma manera. Ya lo había vivido.
Giró su cabeza hacia la derecha para contemplar, quizá por última vez, los caracteres de color negro que se encontraban pegados sobre el cristal transparente de la puerta.
<<>>
Con las manos a la espalda, siguió caminando tal como le rezaba la conciencia. No sabía hasta qué conclusiones había llegado la policía. Ni siquiera la persona que le iba empujando por la espalda, y que había penetrado en su despacho de esa desaforada manera hacía unos minutos, el tal Blázquez, le había informado a ese respecto.
Sólo cabía escuchar y esperar.
Sobre todo esperar, como la última vez.
- Señor Sánchez –abrió la boca el inspector Blázquez después de haberse limitado a abrir puertas de forma silenciosa y demás apoyos –Quizá debería adelantarse para comprobar que el camino hasta el coche patrulla sea lo menos accidentado posible…
El decano volteó la mirada y no dijo nada. Blázquez creyó que no se había explicado del todo.
- Me refiero a que no haya mucha parafernalia en la detención, ya me entiende… alumnos satisfechos con la labor docente del doctor Luengo intentando retrasar lo inevitable, otros insatisfechos queriendo expresar a viva voz lo primero que se les pase por la cabeza… Y especialmente alguna escena familiar que sería conmovedora en otro contexto pero que no voy a permitir hoy. No quiero armar mucho revuelo, decano.
- No creo que tenga ningún alumno insatisfecho con mi trabajo, inspector –habló Luengo.
- Eso se lo dice a la señorita Sara Rodríguez… y quién sabe si a Clara y al chico de delegación, Víctor, que siguen en paradero desconocido –incriminó Blázquez como si no permitiera ninguna palabra al detenido -¿O acaso debo refrescarle la memoria también con el caso de Lucía Vargas?
Luengo dejó de caminar en el acto. Como si contara hasta tres, permaneció inmóvil hasta finalizar la cuenta y después se giró para contemplar directamente los ojos de quien ya concebía como su enemigo. Sabía que era un alto rango de la seguridad pero esa palabra ya no la imaginaba como respetuosa.
- Se comprobó que yo no maté a Lucía… ¡Yo no la maté, joder! –gritó de una voz.
Los policías que se encontraban a izquierda y derecha del detenido se aproximaron para agarrarle por los brazos e intentar separar su boca de la cara del inspector, a la que se acercaba cada vez más.
- Espero que sea muy cómodo el coche patrulla donde te vamos a meter porque te aseguro que los calabozos de la comisaría no serán de tu agrado, y aún menos los barrotes de la celda donde pasarás el resto de tu puta vida –tomó el mando Blázquez a la vez que veía cómo sus subordinados tornaban el cuerpo de Luengo –Por cierto, ¿ha llegado ya?
- Está a diez minutos de aquí. Viene a la máxima velocidad, inspector –informó uno de los policías de uniforme.
Mientras, el decano había contemplado toda la escena desde la distancia. Un sentimiento de repudio frente a Luengo combatía en su interior contra la defensa sobre un colega como era aquél profesor para él. Una voz le despertó de su lucha interna.
- ¡Señor Sánchez! Le rogaría que hiciera, por favor, lo que le he pedido –dijo Blázquez –No quiero más contratiempos.
No necesitó escuchar el final de la frase del inspector. Sabía que no tenía la obligación de obedecer aquellas órdenes. Cada uno era jefe en su casa, pero prefería estar a buenas con aquella persona por el momento.
Aligeró el paso y alcanzó en unos segundos las escaleras que le conducirían hasta las plantas inferiores.
El mismísimo infierno.

14:32 horas
Luis apoyó su muleta sobre la columna e intentó ahondar en un agujero que acababa de descubrir en ella. Poco a poco el yeso fue saliendo, manchando tanto la almohadilla del utensilio del que ahora era dependiente como el suelo de los alrededores.
En ese momento, vio subir desde la cafetería a Alberto. Le seguían a cierta distancia Amaya, Jokas y Bea. La primera separó el móvil de su oreja al llegar al último escalón.
- No lo coge… -dijo ella.
- ¿Pero es que no está en la cafetería? –preguntó preocupado Luis devolviendo la muleta a su posición original.
- Nada, Fausto dice que por allí no le ha visto desde que acabamos de comer –explicó Alberto a su amigo -¿Dónde coño se habrá metido?
Jokas atisbó a intentar visualizar el horizonte del vestíbulo, apoyándose para ello sobre Amaya. La chica dio un pase al frente, sin saber quién se encontraba ni siquiera en sus proximidades.
- Creo que deberíamos separarnos si es en verdad encontrarla un asunto de vida o muerte –opinó Amaya mirando a los demás a los ojos de manera secuencial.
- Por lo menos Kike me ha dicho que intentara reuniros en un mismo lugar –dijo Alberto.
- ¿A todos? –intervino Bea.
- Eso le entendí –afirmó de nuevo el muchacho.
- ¿Y por qué no está él mismo aquí para explicarnos sus fundadas elucubraciones? –preguntó esta vez Jokas.
Los chicos se quedaron observándole durante un momento para después asentir tímidamente por la cabeza.
- Bien, yo iré hacia los pisos superiores por esta escalera –Amaya se giró para señalar los peldaños que se encontraban detrás de ella –Alberto, tu podrías ir por las escaleras del otro extremo y encontrarte conmigo en la última planta.
- Eso está hecho –y salió corriendo hacia el otro lado del vestíbulo principal.
- Jokas, tú busca por el pabellón uno, en la biblioteca de enfermería o por la zona del instituto de podología. Quizá haya ido allí a buscar algún libro –volvió a ordenar la chica.
Jokas la miró sonriendo. Creía estar viendo a la Amaya de antaño en plena forma. Después siguió los pasos de Alberto para intentar encontrar a Andrea, gritando de todas formas.
- ¡En cinco minutos nos vemos aquí con lo que sepamos!
- Y tú, Bea, podrías pasarte por el pabellón tres y cuatro, a ver si hay suerte en el departamento de Farmacología, Fisiología o Bioquímica.
- Bien, nos vemos en unos minutos –Bea se acercó a Amaya para que lo que pensaba decir sonara más cercano –Tranquila, la encontraremos…
- Sí, seguro que sí… -dijo casi para sí misma al tiempo que posaba su pie sobre el primer escalón.
- ¡Oye! –Volvió a llamar su atención Bea, que ya se encontraba a unos metros de ella –Me parece genial que no hayas tenido en cuenta el daño que te haya podido causar Andrea por lo de Kike…
Amaya vio alejarse a Bea intentando asimilar lo que acababa de escuchar. La chica se fue haciendo cada vez más borrosa ante sus ojos y seguidamente giró hacia la derecha para adentrarse en el pasillo de las aulas prácticas de estadística.

El tejido vaquero de sus pantalones comenzaba a asemejarse a unas afiladas cuchillas que le rasgaban la piel a medida que descendían por sus caderas. Notó que su asaltante perfeccionaba su posición sobre ella para volver a sentarse sobre sus muslos y comenzar de nuevo el movimiento.
En lugar de aquello, se acercó a su oído como había hecho en un par de ocasiones desde el primer momento en que había notado su mano sobre su boca. Una de ellas seguía allí, alimentando la repulsión de Andrea.
- ¡Ya no gritas, ¿eh?! –Escuchó perfectamente por el oído que se encontraba ya al aire, pero contra el suelo – ¿Ves como no era tan difícil?
La cara se separó de su piel para completar su misión. Andrea sintió cómo ahora sus dos manos alcanzaban su cintura para comenzar a manosearla torpemente. Entonces supo que ése era el momento.
Su oportunidad.
Se le pasó por la cabeza el no hacer nada, el no luchar por salir de allí. Estaba cansada y no sabía por qué. El hecho de intentar gritar le confería una pesadumbre que no podía explicar. Se dio cuenta de que había empezado a llorar, y que sus lágrimas se mezclaban en su lengua junto con el sabor que ya no podría olvidar jamás. Quizá fuera únicamente sudor pero le daba igual.
- Socorro… -sollozó levemente mientras sentía regresar el dolor producido por las cuchillas, esta vez en forma de uñas afiladas, que contorneaban la parte posterior de sus nalgas, todavía protegidas por su prenda interior.
- Así, en silencio… -creyó oír de la boca de quien nunca se hubiera imaginado como autor de todas las maldades que se habían sucedido en la facultad durante aquel último mes.
- ¡Socorro! –gritó esta vez más fuerte, impulsada su rabia por la opinión que había creado acerca de esa persona a lo largo de los dos años que habían tenido para conocerse en la facultad. Después, estallaron sus sollozos para ser continuados por una fuerte tos producida por el enorme esfuerzo. Sentía que no poseía saliva para continuar gritando…

Andrés Sánchez bajaba elegantemente las escaleras que le conducían hasta el primer piso. Miró hacia el lado derecho de su chaqueta y descubrió una pequeña mancha cerca del bolsillo.
Polvo.
Refunfuñó para sí mismo al tiempo que intentaba limpiar su traje antes de la más que segura rueda de prensa que debería oficiar.
<<>>
Sonrió ante la idea de verse envuelto en ruidos de flashes de cámaras de todos los estilos, de todos los diarios, de todas las ideologías. Las preguntas se sucedían una detrás de otra por parte de las múltiples cámaras de televisión que se agolpaban también en las escaleras de piedra de la facultad.
<<>>
Un gemido le despertó cuando se disponía ya a seguir descendiendo hacia el vestíbulo principal y, a la vez, en su carrera al estrellato. Sus pies pararon en seco la marcha cuando su mente le obligó a procesar el sonido que acababa de escuchar.
Su sonrisa cambió para convertirse en una mueca de lo que había sido. Su cara ya no reflejaba gloria sino todo lo contrario. La desdicha y la preocupación invadieron su cuerpo en una proporción adecuada para permitirle girar y descubrir la escena del pasillo que llevaba desde esa planta hasta el aula número cuatro.
Se acercó despacio hasta la columna más cercana y descubrió dos piernas de mujer en el suelo. A su ver, casi no se movían. Si acaso se agitaban levemente como para acelerar únicamente la sangre de su interior.
Siguió aproximándose y pudo revelar ante sus ojos lo que optaba por rechazar en su cabeza. La cabeza de aquella chica girada hacia la derecha y su mirada penetrándole como un rayo láser le hicieron paralizarse. Pensó que era miedo, pero después supo que era culpa.
Los ojos de la chica emanaban aquel sentimiento hacia él, aunque en realidad se hubieran agrandado como había visto pocas veces en situaciones muy diferentes. En aquel momento, el cambio de tamaño significaba una posible salvación.
Apretó los puños contra él cuando notó que recuperaba la fuerza, y aún más cuando éstas se acrecentaron al continuar observando y comprendiendo lo que ocurría.
- Hijo de la gran puta… -habló para sí mismo a la vez que empezaba una carrera hacia la pareja -¡Suéltala!
Andrea vio aliviada la presión sobre su cuerpo ante aquel último grito. Vio la espalda de la persona que había tenido contra ella y que le había hecho tanto daño, durante un segundo y después contempló aquellos ojos que tantas veces le habían transmitido otros sentimientos totalmente diferentes.
Casi pensó que ahora transferían piedad, como alguien que se acaba de dar cuenta de que lo que acaba de cometer está mal hecho. Incluso creyó que la barbilla le temblaba como signo previo a romper a llorar.
Pero sabía que el sabor de sus lágrimas no era el mismo que las que podía ver asomarse en los ojos de él.
Después sintió la aceleración de sus piernas pasar a pocos centímetros de su cara, y escuchó las rápidas zancadas hacia el final del pasillo. Se alejaba de su propio error, como un niño que intenta poner distancia del mal que él mismo había causado.
El decano abrazó a la chica como si le fuera la vida en ello a la vez que luchaba por no ver lo que allí había ocurrido. Los vaqueros de Andrea volvían a duras penas a su lugar, y la chica miró a los ojos a Sánchez, agradeciéndole los esfuerzos que estaba realizando.
Éste consiguió quitarse la chaqueta y arropar a Andrea con ella.
Nuevas lágrimas de la muchacha no tardaron en sucederse pero para ella éstas ya tenían un gusto distinto.
Para el decano sólo sabían a pasado.

Amaya apreció que algo iba mal en el instante que su zapatilla apoyó la puntera en la primera planta. El silencio que respiró era normal en la facultad a aquella hora. Los alumnos se encontraban en sus casas o en la cafetería disfrutando de la comida. Sin embargo, siempre se podía ver a algún distraído por algún rincón del edificio, por miles que pudiera haber en aquella estructura de principios del siglo XX.
Escuchó un leve sollozo que le hizo felicitarse a sí misma. Corrió hacia el lugar del que había provenido el sonido y encontró el premio que todos andaban buscando.
- ¡Andrea! –gritó al ver a la chica sentada en el suelo, llorando abrazada de un hombre con pantalón de raya diplomática y camisa de color azul claro.
El hombre se giró para contemplar a la muchacha y, aliviado, comenzó a moverse para señalar con su brazo el otro extremo del pasillo donde se encontraban. Amaya se sorprendió al ver que era el decano quien estaba abrazando a Andrea.
- ¡Por allí! –Gritó –Ve por allí, chica. ¡Antes de que escape de nuevo!
- ¿Pero qué ha pasado? –Amaya se arrodilló en el suelo para posar su mano sobre el pelo de Andrea, la cual continuaba llorando. Parecía haber recuperado toda la fuerza, y ahora sus lloros resonaban por toda la estancia -¿Estás bien?
Amaya esperó a que contestara pero dicho gesto no se produjo.
- Por favor, hazme caso… -rogó el decano –Se ha ido por allí hace unos segundos… ¡Alcánzale! –volvió a gritar, desestabilizando el hombro sobre el que Andrea se apoyaba.
-Pero… ¿quién? –preguntó Amaya a la vez que comenzaba ya a correr hacia el otro lado del pasillo.
- ¡Hazlo por Andrea! –Volvió a ignorar su pregunta el decano antes de chocar la cara de la chica contra la suya y comenzar a acunar el cuerpo de Andrea –Tranquila… Ya ha pasado todo…esto llega a su fin…
Amaya dejó de observar la circunstancia y se apresuró para llegar al pabellón cuatro. Un pequeño recibidor separaba el exterior de uno de los laterales del edificio del aula cuatro. También vio el habitáculo de cristal donde, de vez en cuando, se hallaba el bedel correspondiente a aquel pabellón.
Se acercó a la pesada puerta y asió el pomo con la mano derecha. Se encontraba frío, como si el calor que intentaban desprender los pequeños calefactores del pasillo no fueran suficientes para contrarrestar el gélido ambiente que se podía respirar incluso en aquel recibidor proveniente directamente de fuera. Creyó incluso ver que en uno de los charcos más cercanos a las escaleras se veían dibujadas minúsculas ondas concéntricas que iban aumentando su tamaño conforme pasaba el tiempo debido a la creciente lluvia que había hecho su aparición.
La puerta estaba cerrada. Rápidamente, Amaya comenzó a subir las escaleras hacia las plantas superiores, prestando unos instantes de atención visual y auditiva en cada una de ellas.
Su instinto le decía que debía seguir ascendiendo.
Al llegar al último piso, se vio perdida. Nunca había llegado hasta allí de esa manera. Normalmente, cogía junto a los demás el ascensor o, en su defecto, alcanzaba la cuarta planta por las escaleras que continuaban la orientación de las que comunicaban la parte trasera de la cafetería con el vestíbulo principal.
Quiso tener un mapa de la facultad a mano, pero sólo conservaba los recuerdos que poseía del esquema de los pabellones que veía cada mañana en la entrada de la facultad.
- Sigo en el espacio entre el pabellón siete y ocho… -se dijo a sí misma. Miró hacia el lugar de en frente de las escaleras y se imaginó la entrada al aula cuatro a la vez que cerraba los ojos. Al abrirlos, la doble puerta de madera, una cerrada y otra abierta, se difuminaron y formaron una puerta de metal caracterizada por constar únicamente de un tirador del mismo material dispuesto oblicuamente y una cerradura completada con un candado de gran tamaño. Desde allí, parecía oxidado.
Se giró hacia su derecha y se trasladó al pasillo donde acababa de dejar al decano abrazando a Andrea. La iluminación volvió a decaer al abrir los ojos, contra pronóstico. Las ínfimas luces verdes que alumbraban el pasillo procedían de pequeños aparatos de Salida de Emergencia ya que las ventanas sólo compartían del exterior unas leves corrientes de aire fresco. Algo de lluvia entraba también a través de ella.
De repente una fuerte corriente de viento meneó la puerta entreabierta del fondo. Más allá reconoció el pabellón central de dicha planta. Incluso descubrió a una silueta en el horizonte que se movía ágilmente.
Corrió hasta la puerta y la luz de los fluorescentes se fue haciendo cada vez más acusada. Levantó la cabeza y le vio.
En las proximidades del Departamento de Inmunología, lo que entendió como un chico joven le había dedicado una mirada fugaz, como asustada. Después, había saltado por una de las ventanas del lado derecho para desaparecer de la misma manera que había aparecido.
En silencio.
Con grandes zancadas impulsadas por la esperanza de encontrarse ella sola ante el final de aquel rompecabezas gigantesco que le había atormentado –y no sólo a ella, sino que se había llevado cosas que realmente valoraba en su vida –llegó hasta el final del pasillo contiguo al pabellón central, el homónimo al que había recorrido casi a oscuras hacía unos segundos.
A la altura de donde había desaparecido el chico, Amaya se topó con que la ventana comunicaba con la azotea de la facultad. Un suelo gris completado con cierto tipo de arena y polvo, que comenzaba a transformarse en barro por la incesante lluvia, era el siguiente camino que debía seguir para desvelar la verdad que le martilleaba en su interior. Miró una vez más al pasillo iluminado por los flexos, que la separaban de una vida segura, pero incierta.
Por último, sintió el glacial clima del exterior y las primeras gotas sobre su pelo y su ropa.

14:40 horas
Al abrirse las puertas del ascensor y mostrar al detenido siendo empujado hacia el exterior del aparato, dos nuevos policías se acercaron desde el filo de las escaleras que servían como aperitivo a las máquinas de dulces y bebidas gaseosas.
- ¿Todo bien? –preguntó a modo de saludo Blázquez.
- El coche patrulla está preparado para el traslado. Están esperando fuera.
- Pues allá vamos. Sin jaleo, por favor –pidió el inspector a la vez que volvía a apoyar su mano sobre el hombro de Luengo.
El profesor caminaba cabizbajo, con las manos a la espalda, una postura que nunca había elegido. Por delante de él, abrían el camino, como dos perros de presa o como dos soldados entrenados y ataviados con sendos cuchillos para ir cortando y rasgando las distintas plantas tropicales que pudieran obstaculizarles el paso, dos policías con su traje reglamentario y portando dos armas oficiales en sus correspondientes cartucheras.
En el lugar que debían ocupar los vegetales hostiles, dos mujeres desde el habitáculo cristalizado que hacía de conserjería central señalaban sorprendidas con sus brazos levantados murmurando que conocían el rostro del detenido.
- No me lo puedo creer… -creyó escuchar Luengo desde su posición.
- Pero si parecía tan normal… ¿cómo ha sido capaz de hacerle tales cosas a esas niñas? –dijo la otra.
Luengo giró levemente la cabeza hacia su espalda con la misma tristeza en su cara. Comprobaba que detrás de él seguían Blázquez y los dos policías que le habían acompañado desde su despacho hasta el pabellón central de la planta baja donde se encontraban, terminando la procesión.
Cruzaron el vestíbulo de izquierda a derecha, avecinándose al exterior de la facultad. Diversos alumnos también se asombraban a su paso de lo que veían, pero Luengo sólo podía responder mirando hacia otro lado, porque el nudo que comenzaba a alojarse en su garganta no le permitía mayor opción.
En ese momento, Bea apareció por el corredor del pabellón tres y se tropezó con la escena. Su profesor de Patología se encontraba a escasamente un metro de ella, esposado y siendo guiado por unos policías hacia la calle.
- Pero… -susurró -¡Pero qué pasa! –gritó después.
Blázquez se giró hacia la voz de la chica e intentó tranquilizarla con un gesto de su brazo.
- No pasa nada… -comenzó a decir.
Bea miró hasta su profesor, exigiéndole una explicación con los ojos. Éste también la miraba, sin cambiar un ápice las facciones que le empezaban a caracterizar desde el inicio de su travesía a través de los pasillos de la facultad con los grilletes alrededor de sus muñecas. Cierto brillo se podía descubrir entonces en sus ojos. Después, negó sutilmente con la cabeza.
La muchacha dejó de hacer aspavientos cuando la mano de Jokas descansó sobre la suya. Había llegado desde el otro extremo del pabellón para calmarla posteriormente a haber contemplado el suceso.
El chico estaba igualmente sorprendido de la situación pero tiró de Bea para seguir al inspector en el camino que les separaba del exterior. Cruzaron las columnas de piedra sobre las que se sostenían las letras que formaban el título de la institución donde se encontraban y bajaron los escalones de piedra al tiempo que las nubes descargaban con toda su fiereza su contenido sobre el lugar.
Los faros amarillos de un taxi que acababa de parar en el centro del improvisado parking de la facultad corroboraban la humedad que estaba empezando a invadirles, reflejando los finos hilos de agua provenientes del cielo.
Una joven se bajó del vehículo en el preciso instante en que ellos alcanzaban el asfalto, siguiendo al inspector.
- ¡Señor Blázquez! –Chilló Jokas a espaldas de éste -¿Qué está pasando? ¿Por qué se lleva al doctor Luengo?
El inspector se giró contrariado por la voz que escuchaba.
- ¿Qué? –Se extrañó al principio debido a la dificultad que presentaba para reconocer la cara del chico -¡Ah! Eres tú, Jokas. No puedo decir nada –volvió a dirigirse hacia el coche patrulla que esperaba al otro lado de la calle –Seguramente, te enterarás mañana por los periódicos…
De repente, la chica que Bea y Jokas habían visto bajar del taxi se interpuso en el camino de Blázquez. Primero, éste se frenó ante la visión, de nuevo borrosa por la fuerte lluvia, de la mujer. Dio órdenes para que los otros policías se encargaran de llevar a Luengo hasta el coche.
- Agúndez, ¿qué hace usted aquí? –preguntó sin dejar de caminar.
- Me he visto obligada a venir personalmente, inspector Blázquez –respondió la doctora. Blázquez se dio cuenta de que sus labios tenían un tono rojizo perfecto y brillante.
- Intenté informarle de la identidad del detenido por teléfono pero se cortó –se disculpó a su manera.
- No, no se cortó. Colgué para presentarme aquí directamente y no permanecer ni un momento más al margen del caso.
- Sabe que no lo está…
Un tímido grito se escuchó en la lejanía. Blázquez apenas le prestó atención, ya que no podía quitarse de encima la sensación compartida de saber que por una vez no había hecho tan correctamente su trabajo, y de frío.
- …pero le vuelvo a repetir que lo siento. Sé que he metido la pata… -siguió ignorando el revuelo que se había encendido en el lugar.
- Señor Blázquez, será mejor… -volvió a escuchar la voz de Jokas a su espalda.
El inspector se giró de nuevo, esta vez más velozmente que la primera, y si cabía, de manera más violenta. El cansancio ya comenzaba a invadirle.
- Jokas, no es el mejor momento…
- No, inspector –intervino Agúndez –Quizá debería mirar hacia arriba…
Tras extrañarse por la última frase, y comprobar que todos miraban hacia el cielo, coloreado de un tono grisáceo como nunca había creído ver durante su vida, y sintiendo las gotas de lluvia rebotar contra su frente y sus mejillas cada vez más enérgicamente, descubrió el motivo por el que todos habían intentado llamar su atención.
Una silueta en lo más alto del edificio se vio iluminada por un oportuno rayo que rompió el cielo. El chico que en el filo de los tejados de la facultad se localizaba, justo encima de las mismas letras plateadas –o de latón, no conseguía adivinar la diferencia entre un material y otro en ese momento –que nombraban la facultad, no tenía miedo acerca de la distancia considerable que le separaban en sentido vertical de la piedra mojada de los escalones.
Sólo quería emular a la lluvia.

14:44 horas
Amaya deslizó sus pies sobre la suciedad que se pudo encontrar en su camino. El chaparrón que bañaba su piel no le facilitaba la labor, sino que creaba una película no del todo nítida a su alrededor.
Intentó guiarse por lo que podía ver en el horizonte y, a la vez, los distintos jardines que veía en las profundidades, y de los que se veía separados únicamente por el peligroso vacío.
En dirección contraria al viento que corría, se abrió paso hasta el sentido en que vislumbró la plaza de Ramón y Cajal, incluyendo el edificio del vicerrectorado de la universidad. A su espalda, dejó un parque con cierto aspecto tétrico provocado por el ambiente que la rodeaba y el edificio contiguo que constituía el Instituto Anatómico Forense.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo por completo, pero no supo averiguar la causa completa de ello –si acaso no había más de una –Completó un pasaje completo de suelo ceniciento para llegar a un lugar más redondo y espacioso, intercalado con varios montículos de cemento de forma rectangular que se disponían en uno de los extremos del lugar. Observándolos por su otra cara, cada uno de los montículos presentaba sendas puertas metálicas.
También, lo que se asemejaban a pequeñas chimeneas grisáceas nacían del suelo como brotes de vida que emanaban gases blancos que parecían estar a temperaturas muy diferentes a la ambiente. Tras sortear un par de ellas, Amaya llegó a su destino.
El tejado de la facultad acababa pocos metros por delante de ella para ser continuado en el horizonte por la estatua de piedra que representaba la entrega de una antorcha a un personaje que se movía encima de un caballo. Se distinguía también la carretera que separaba dicho parque de los terrenos propios de la facultad de medicina, y era recorrida por varios vehículos con las luces encendidas, debido a las adversas condiciones para conducir de ese momento.
El aguacero se acentuó cuando le vio. Una sombra se mecía entre el tejado y el vacío. Miraba hacia el suelo sin prestar atención a la chica. Quizá no supiera siquiera que se encontraba allí.
Se decidió a gritar.
- ¡Eh, no lo hagas! –intentó adelantarse a los acontecimientos, e introducirse en los pensamientos de aquel hombre. Todavía no lo había reconocido.
Su cabeza estaría apesadumbrándole con los hechos que acababa de realizar. Amaya no había sido testigo de ninguno de ellos. Por no saber, no podía afirmar a ciencia cierta que hubiera sido él el culpable de todos ellos, exceptuando lo que se había imaginado por los lloros de Andrea. Tenía que haber sido un intento de violación.
Rezó por acertar en haber elegido la palabra “intento”.
Cuando el hombre se giró asustado por la voz que le llamaba, un rayo encendió el lugar. El trueno que continuó a la visión de Amaya, dejándole petrificada y casi convertida en una de aquellas chimeneas que le rodeaba, se produjo a la vez que un ruido metálico a sus espaldas.
Como pudo, se giró para comprobar que sólo había sido el viento. En su lugar, una de las puertas metalizadas de los montículos de cemento se estrellaba contra su cierre, después de haber chocado con la estructura que la contenía al haber sido abierta impulsivamente.
El chico que de la puerta acababa de salir, se acercaba hacia ella velozmente, como si hubiera encontrado lo que había buscado durante días. Un tesoro valioso.
- ¡Amaya! –exclamó Kike aproximándose hacia Amaya sin quitar la vista ni un momento del hombre que continuaba girado sobre sí mismo, en una extraña pose, dejando detrás de él el horizonte nublado por la lluvia -¿Estás bien? –preguntó abrazando a la chica como si pudiera haber sido la última vez que iba a disfrutar de ese momento.
Amaya asintió tímidamente, recibiendo de improviso el abrazo que durante mucho tiempo había deseado y que, quizá, se presentaba no en la época adecuada.
Kike separó a Amaya de su cuerpo para observar al hombre que se encontraba en frente de él. Muchas veces lo había visto en esa posición, amistosamente. Pero ahora era distinto.
El hombre era distinto.
Bajó la mirada para comprobar contra su voluntad que el zapato derecho de aquel tipo se veía aflojado por faltarle el cordón –recordaba haber visto uno idéntico sellando los labios de Sara –que sí se podía descubrir en el zapato del lado contrario. Fue levantando la cabeza severamente para posarse sobre el bolsillo derecho del hombre. Éste seguía con su mano en su interior, pero al notar cómo Kike quemaba con su mirada lo que en él guardaba, extrajo su contenido.
Encogidamente, un bote de plástico se vio envuelto por la mano desnuda en esta ocasión.
Kike le miró a la cara y pensó por última vez en cualquier buen instante que hubiera podido disfrutar junto a él.
Incluso borró de su mente la frase de “profesor preferido” que se había ganado a pulso durante los dos últimos años.
El doctor Abad tiró el bote que contenía la lengua de una de sus víctimas al suelo y dio un paso hacia atrás.
Su camino terminaba ahí. Y ahora, sintiendo el frío y el agua congelada de su destino, sabía que él no poseía el control.


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domingo, diciembre 17, 2006

Capítulo 25

13:02 horas
- ¿Para qué hemos quedado aquí? –preguntó Alberto con las manos en los bolsillos.
Kike cerró la tapa de su teléfono móvil produciendo un sonido de choque entre plásticos.
- ¿Dónde estará metido? –dijo Kike en voz baja.
- ¿De quién hablas? –continuó su amigo sin comprender nada.
- No pasa nada… -Kike hizo ademán de introducir su móvil en el bolsillo derecho, pero después cambió de opinión e hizo equilibrar los pesos en ambos lados.
- ¿Y se puede saber a dónde vamos? ¿O eso también es secreto de estado?
- Te lo contaré por el camino –miró Kike hacia las escaleras que conducían hasta el primer piso y quiso imaginar a Abad en su despacho. En seguida, comenzó a correr hacia el exterior de la facultad.
Alberto le siguió bajando los escalones de piedra y saltó un pequeño charco que existía nada más acabar éstos. Cruzaron el pasillo custodiado por árboles de dos colores diferentes, y donde el negro de los segundos confería un aspecto aún más siniestro al paisaje, aunado con el grisáceo grave del cielo que los cubría. Rodearon la estatua que quería aparentar a un caballo con su correspondiente jinete, y Alberto intentó apreciar la pequeña antorcha que la figura caída en el suelo de piedra sostenía. La velocidad a la que iba le dificultó la misión.
Kike bajó los peldaños que conducían al metro de Ciudad Universitaria con la misma rapidez que Jokas había realizado el mismo recorrido el día anterior. Giró a la vez que descendía hacia la izquierda y enfiló la estancia, ya subterránea, que le separaba de las puertas de metal y cristal. De repente, chocó con otro chico que salía casi con idéntica celeridad. Perdió el equilibrio ligeramente, pero el brazo de aquella silueta le levantó antes de que su trasero pudiera tocar el suelo. Acto seguido, el chico siguió su camino y Kike empujó las pesadas puertas hacia el interior.
Alberto saltó los últimos tres escalones para aterrizar en el mismo pasaje que su amigo acababa de abandonar. A la vez, vio a una pareja que conversaba a la vista de un tercero que se había quedado absorto vislumbrando la escena. Aceleró su marcha tras cruzar las puertas que anunciaban la entrada y salida del metro y alcanzó a Kike en las escaleras mecánicas que llevaban hasta el vestíbulo principal de aquella estación.
- Me ha parecido ver cómo se declaraba un chico en los mismos escalones del metro, tío –le comentó en voz alta Alberto a Kike –Sólo ha faltado que se hubiera arrodillado.
- Qué mundo este, ¿no? –Asintió Kike a la vez que introducía su billete en la máquina automática –A sólo unos metros de esas mismas escaleras han muerto ya varias personas, pero ellos debían continuar con sus vidas…
- ¿Estás bien, tío? –escuchó Kike por segunda vez en aquél día. Quizá la respuesta negativa fuera la más acertada.
- No hay tiempo para eso, Alberto. Debo estar cuanto antes de vuelta en la facultad… -Kike se giró por primera vez para mirar a los ojos a su mejor amigo - …y, por favor…no me preguntes para qué.

13:39 horas
Pulsó la tecla de color rojo durante el transcurso de una milésima de segundo. Su manos libres no le permitía hacerlo de otra manera. Total, sólo debía inclinar un dedo hacia su lado derecho durante un ínfimo momento de tiempo. Ni siquiera requería dejar de prestar atención a la carretera, además de que controlaba perfectamente el volante únicamente con la mano izquierda.
Bajó un poco más la ventanilla de su lado para sentir el aire frío que se podía respirar aún a esa hora por el clima que llevaba asentándose en la ciudad en el transcurso de aquella semana. Necesitaba desconectar de esa manera siempre que pensaba que el día iba a ser duro.
Y ese así se presentaba.
Giró la cabeza hacia el asiento de la derecha. Un papel con ribetes oficiales hacía de copiloto. Distinguió una firma en la parte más inferior del folio y sonrió como si hubiera sido un trofeo más difícil de conseguir que de costumbre.
En ese momento, el teléfono volvió a sonar. Aceleró hasta llegar al siguiente semáforo y comprobó que el color predominante era el rojo. Bajó la vista hasta el aparato y pulsó el botón de contestar la llamada.
- Blázquez –dijo al instante de descolgar.
- Soy Agúndez –escuchó la voz femenina desde el otro lado del móvil. Sonaba alta y clara, como si la cobertura y la distancia no fueran con ellos.
- Dígame, doctora. La verdad es que estoy conduciendo y mi móvil lleva echando humo desde primera hora de la mañana pero tengo unos minutos antes de llegar a la facultad.
Blázquez subió la mirada y comprobó que por delante del capó de su coche continuaban pasando los peatones. Creyó ver cómo un chico le miraba sorprendido por estar hablando solo.
- Me he enterado de que hay novedades acerca del caso de la chica asesinada en la facultad –expulsó el teléfono.
- Sí, sí que las hay. Ha costado relacionar todos los hechos y más de un favor que pedir pero al final tenemos una orden…
- ¿Y se puede saber por qué no he sido informada de ello? –preguntó Agúndez. Blázquez miró hacia su lado derecho casi vislumbrando la cara de indignación de la forense.
- Bueno, no he creído conveniente… -notó que el semáforo se tornaba en verde por el rabillo del ojo y aceleró suavemente su automóvil.
- Pues yo creo que estoy en este caso al igual que usted. Acabo de salir, como quien dice, de la academia. Pero usted, inspector, y yo hicimos un trato, ¿recuerda?
El coche giró hacia la izquierda ligeramente para dejar el Arco de la Moncloa al lado del conductor. Después se internó en una especie de túnel que servía para descongestionar el tráfico.
Sin resultados, como todo.
- Únicamente no he tenido tiempo de informarla, doctora Agúndez –Blázquez giró el volante suavemente hacia la derecha para salir del subterráneo y volver a disfrutar de la luz pálida de aquel día.
- Es que no puedo aguantar que se me mantenga al margen del caso. Estoy de acuerdo que yo no poseo, por ahora, el rango de usted. Algún día yo también podré llegar a ser inspectora si me pongo a ello pero por ahora me tengo que conformar con intentar aprender. Pero claro, si estoy fuera del caso, no puedo…
- No se lo tome como algo personal, doctora. Lo tendré muy en cuenta para un futuro, se lo garantizo. Su ayuda ha sido inestimable para la resolución del caso… -cogió la rotonda de manera precisa con un único movimiento de su brazo derecho.
- ¿Entonces ya está resuelto? He oído que había conseguido la orden judicial para arrestar a un tipo… -suavizó el tono la chica al otro lado de la línea.
- Sí, la tengo aquí conmigo. He estado toda la mañana de un lado para otro y hablando con unos y con otros por teléfono pero al final… ¡bingo!
- ¿Y quién es?
Se produjo un silencio en la comunicación. Agúndez lo interpretó como incomodidad. Después escuchó el sonido de un papel a través del teléfono.
- Si se puede saber, claro… -siguió la chica.
- Usted es miembro de este caso como la que más, doctora Agúndez. La orden de arresto es contra…
El móvil produjo un extraño sonido justo en el momento en que el inspector Blázquez se disponía a leer el nombre completo de la persona cuyo destino iba a acabar encerrado tras unas rejas de color gris y de tacto no muy suave.
- ¿Doctora Agúndez? –repitió para comprobar que de verdad había colgado.
Volvió a dejar el papel sobre el asiento de su lado y aparcó su coche en el aparcamiento de la facultad.
Pensó que al final el caso no le interesaba tanto como le había hecho saber.
Comprobó que su pistola permanecía resguardada en el fondo de su chaqueta, en la funda de cuero confeccionada para ello. Desabrochó el botón que le proporcionaba cierta seguridad y comenzó a subir los escalones de piedra.

13:45 horas
Kike miró el reloj y pensó una vez más que la visita a aquel lugar debía ser más rápida de lo planeado. Alcanzó el portal del edificio por delante de Alberto y buscó en el directorio que se encontraba a su izquierda la información que necesitaba.
- ¿Se puede saber qué hacemos aquí? –se quejó Alberto una vez que alcanzó la posición de su amigo.
Kike no dijo una palabra mientras seguía recorriendo con su mirada, de arriba abajo y de izquierda a derecha, el gran mural de color ocre y placas de distintos materiales que ante ellos se presentaba.
- Esto parece un edificio de oficinas… -comentó de nuevo.
- Es lo que es… -Kike se acercó al mural para mirarlo más detenidamente -¡Aquí está! –golpeó con su dedo índice la pequeña placa de color blanco y letras negras que anunciaba la situación dentro del edificio del “Diario Madrileño”.
- ¿Venimos a ver la sede de un periódico? –preguntó Alberto contemplando la placa de plástico que había sido casi rayada por las uñas de Kike. Giró su cabeza hacia la derecha y comprobó que Kike se disponía ya a entrar en el ascensor.
- ¡Vamos! –le gritó desde allí.
Subieron hasta la decimotercera planta junto con otros dos hombres que vestían con chaqueta y corbata. Kike creyó que les miraban de una forma extraña pero su cabeza no estaba para aquellas tonterías. Ni siquiera sabía si estaba en el interior de ese edificio y no en otro lugar.
Una campanilla les avisó que habían llegado a su destino y las puertas dobles se abrieron a la vez. Una puerta de cristal servía como anuncio del sitio al que estaban entrando por la pegatina de color negro que reproducía el título del periódico con sus mismos caracteres. La traspasaron y un mundo nuevo se abrió ante ellos.
Periodistas de un lado para otro, algunos con otros periódicos entre sus brazos y otros con una libreta en la mano y un bolígrafo en la oreja, se mezclaban con los distintos sonidos de teléfono que en sus oídos se agolpaban.
Una chica metía prisa a un fotógrafo para que éste cogiera rápidamente su bolsa de trabajo. Después pasaron al lado de los chicos casi comenzando a correr.
- ¡Tenemos un suicidio en el metro, jefe! ¡Un chico se ha tirado a las vías! –gritó la chica antes de alcanzar la puerta de cristal.
- ¡Tienes tres columnas en la seis! –Contestó un hombre vestido con una chaqueta que no armonizaba con la especia de corbata que llevaba atada al cuello –Lo tuyo tiene que quedarse para mañana –le dijo sin mirar a otra chica que se encontraba cerca de ellos –Lo siento.
Kike pensó que aquel hombre podría ayudarle a hallar lo que buscaba. Se acercó junto a Alberto hacia su posición y llamó su atención posando su mano sobre el hombro de quien creía que sería el coordinador de alguna sección.
El hombre se giró sobre sí mismo para mirar a los dos chicos a la cara. Después, sin pestañear, les volvió la espalda.
- Cada vez sois más jóvenes los becarios… -gruñó mientras agrupaba varios montones de papeles –Por ahora me bastará con dos copias de cada uno –y les entregó a ambos chicos sendos conjuntos de folios.
- No, perdone, nosotros no… -trató de explicarse Kike.
- Vosotros estáis aquí para acatar las órdenes que os lleguen y punto. Cuando yo fui becario sólo trataba de aprender y no de tanto rechistar…
- ¡Pero que no somos becarios! –gritó Alberto sobrepasando el tono de voz del hombre –Porque no lo somos, ¿verdad, Kike? –Ya no sabía ni qué pensar.
- No, no lo somos –siguió explicando Kike cuando por fin el hombre se dio la vuelta de nuevo –Somos…primos de Rodrigo Valcárcel. Queríamos hablar con él.
- ¿Valcárcel? –Expulsó como un perdigón aquel hombre –Pues menos mal que mis nuevos becarios no son familiares de ese mequetrefe –Volvió a darles la espalda para seguir ordenando y confeccionando montones de folios –Está por allí… -y señaló hacia un pasillo que se internaba en el fondo de aquella sala.
Kike y Alberto siguieron las indicaciones para llegar a una puerta que avisaba que se encontraban ante la sala de revelado. Una bombilla de color rojo permanecía encendida en el exterior de la misma.
- ¿Somos primos de quién? –dijo Alberto.
- Ahora lo conocerás. Ya verás…
Kike tocó con sus nudillos un par de veces en la madera de la puerta, por debajo de la chapa informativa.
- ¡Ocupado! –gritó alguien desde su interior.
Kike hizo caso omiso y animó a Alberto a entrar. Agarró el pomo y lo giró velozmente.
Una oscuridad infinita los envolvió a los dos. Alberto intentó palpar algún interruptor en los alrededores de la puerta.
- ¡Hijo de puta! –Gritó alguien a unos metros de Kike -¡Me has jodido el trabajo de toda la mañana!
La luz blanca partiendo desde los flexos del techo era la prueba visible de que Alberto había tenido éxito en su misión. El fotógrafo se quedó mirando a los dos muchachos como si no entendiera nada. Luego, su mente reaccionó al doble de velocidad.
- ¡Tenías que ser tú, pedazo de mierda! –Volvió a gritar acercándose a la vez hacia Kike -¿Qué andas haciendo por aquí? –y se aproximó lo suficiente como para intentar aparentar cierta valentía.
- Tranquilo, ¿bien? –Comenzó Kike –Sólo hemos venido a que nos hagas un favor.
- ¿Un favor? Te crees que soy un amigo de los tuyos, ¿no? Que puedes venir a mi lugar de trabajo a obligarme a ayudarte, ¿verdad? –apoyó su mano sobre Kike y le empujó hacia atrás –Pues ya te puedes marchar por donde has venido, que los mayores tenemos que trabajar…
Alberto dio un paso hacia atrás sin saber siquiera porque había dado tantos hacia delante.
Kike miró a su amigo y después observó cómo el fotógrafo estaba en esos momentos esperando su salida. Descolgaba unas fotos de la cuerda de tender que cruzaba en diagonal aquella sala.
- Creo que no me has entendido… -siguió el fotógrafo antes de notar el tacto firme en su cuello.
De repente, una fuerza anormal le impulsó hasta la pared contigua. Kike permanecía apretando el cuello del fotógrafo, casi elevándolo sobre el suelo.
- Pues yo creo que has sido tú quien no comprende la situación… -habló mientras no permitía casi respirar a aquel hombre.
Valcárcel notó la verdad de aquellas palabras en los ojos del muchacho. Estaban como encendidos de rabia.
- ¿Qué… qué quieres? –logró pronunciar.
- Quiero que nos lleves hasta los archivos del periódico y que nos ayudes a buscar una noticia... sólo es eso.
- ¿Y si no lo hiciera? –el espíritu de Valcárcel se reavivó al comprobar que la presión sobre su cuello disminuía poco a poco.
- Si no lo hicieras, tendríamos que decirle a la policía que te dedicas a mandar por correo fotos de una chica que murió hace cinco años… -Kike miró hacia atrás para ver a Alberto -¿Tú crees que les hará mucha gracia?
Alberto no pudo más que negar con la cabeza debido a la cantidad de información que se agolpaba en su mente.
- Así que mejor será colaborar…
El fotógrafo empalideció hasta convertirse en una imagen sacada casi por su peor cámara, una visión en blanco y negro de su peor yo.
- ¿Mu…muerta? No hablas en serio… -dijo al ser desprendido de la pared sobre la que se apoyaba su espalda.
- Lo verás con tus propios ojos si nos ayudas a encontrar la noticia.
Valcárcel se alisó el cuello de su camisa y sobrepasó a Alberto para cruzar la puerta de salida de la sala de revelado. Kike le siguió hasta el vestíbulo central donde el hombre de los folios seguía haciendo honor a su nombre.
- ¿No crees que te has pasado, tío? –susurró Alberto.
- No, no lo creo…
Llegaron a una habitación pequeña que se encontraba en el otro extremo de la planta y el fotógrafo comprobó que no hubiera nadie en su interior. Después abrió la puerta y decidió no encender la luz.
Se arrimó a una mesa que presidía la estancia y encendió la pantalla del ordenador que se encontraba sobre ella. Cogió el ratón y dio un doble-clic en algún icono del escritorio.
Kike y Alberto se acercaron a su posición para poder leer lo que iba apareciendo en el programa que acababa de iniciar Valcárcel.
Una ventana nombrada como Hemeroteca.exe apareció ante ellos, únicamente poblada por distintos campos vacíos, como barras de color blanco preparadas para albergar cualquier tipo de palabra que apareciera en el interior de su archivo.
El fotógrafo llevó la flecha del ratón hasta un campo despegable que hizo surgir un conjunto de años indeterminado.
- ¿Dijiste hace cinco años? –repitió Valcárcel.
- Sí, en el año dos mil… -admitió Kike –Seguramente fue alrededor de los diez primeros días de Octubre…
Tecleó esos datos y pulsó la tecla Enter. En unos segundos que se amenizaron por un reloj digital que había iniciado una cuenta regresiva en el momento de pulsar la última tecla, salió ante ellos una gran lista de noticias relacionadas con las fechas seleccionadas.
- Debe de aparecer como una muerte en la facultad de medicina, quizá fuera de ella…
- Restringiré la búsqueda con las palabras “muerte” y “estudiante”. A ver si tenemos suerte.
Un nuevo reloj surgió en el centro de la pantalla. Esta vez tardó menos tiempo en desaparecer.
- Aquí está… -dijo Kike señalando con el dedo la noticia. Valcárcel asintió y pulsó el título que venía en negrita.
Alberto desplazó a Kike para poder leer por completo el artículo.
- Ahora lo recuerdo… -dijo entre dientes –Pero me suena que el caso se resolvió…
- “Una joven estudiante de la facultad de medicina, Lucía Vargas Salazar, resultó muerta ayer por la tarde en los propios pasillos del lugar donde estudiaba…” –leyó en voz alzada Kike siguiendo con el dedo las líneas del periódico del día 9 de Octubre del 2000.
- “…el cuerpo apareció con el cuello roto, más que probable causa de la muerte según fuentes propias del diario, y con una cantidad considerable de sangre a su alrededor…” –continuó Valcárcel -¿No ha pasado algo parecido hace poco en la misma facultad?
- “…en el momento en que se encontró el cadáver de la estudiante fue detenido el presunto asesino de la misma… A. L. C. salió escoltado de la facultad y no hizo declaraciones…”
- Aquí hay una foto… -Valcárcel arrastró la barra espaciadora para descubrir en la parte inferior de la ventana una fotografía en que aparecían dos agentes custodiando a una tercera persona que bajaba los escalones de piedra de la facultad resguardado de la prensa por una bata blanca sobre su cabeza. Los brazos se podían ver por delante, unidos por las esposas que ajustadas a las muñecas controlaban la libertad del sujeto.
- Podemos seguir buscando las noticias acerca del juicio posterior… -anunció Valcárcel.
- No, no nos hace falta. Muchas gracias por todo, aunque creo que sólo me he cobrado la deuda que tenía pendiente contigo –la disculpa estaba muy lejos de las intenciones de Kike.
Antes de que el fotógrafo pudiera contestar, Kike y Alberto ya se dirigían al ascensor de la planta número trece. Kike miró el reloj una vez más.
- ¿Se puede saber quién es este? Me suena mucho su cara…
- Si hubieras estado en el Príncipe Pío el día que espiamos a la persona que le había contratado para modificar la foto de clase con la cara de Lucía. Pero al final no apareciste… -dijo Kike pulsando el botón de llamada del elevador.
Alberto se paró antes de llegar al mismo.
- ¿De qué estás hablando? –preguntó extrañado. Ya no sabía ni en qué mundo vivía.
- Aquella tarde…Bea, Andrea y yo estuvimos espiando a Valcárcel… Él nos descubrió y me amenazó por “perseguirle”…pero bueno, ya ves que no tiene ni media hostia –Kike volvió a pulsar repetidamente el botón.
- No tengo ni idea de esa reunión. Vamos, a mí nadie me avisó –se disculpó Alberto.
- ¿Cómo que no? –Le miró Kike –Bea nos dijo que te había avisado… Incluso recuerdo cómo te dio una perdida al ver que no habías llegado aún.
Las puertas del ascensor se abrieron y los chicos se introdujeron en él. Kike pulsó el interruptor de la planta baja.
- Volvamos en taxi a la facultad, que no hay tiempo que perder…
- Kike, yo no tengo el número de teléfono de Bea –recordó Alberto en voz alta.
El cierre de las puertas metalizadas hizo dejar en el aire la frase del muchacho.

14:22 horas
El frenazo del taxi dibujó un par de líneas horizontales sobre el asfalto de la carretera que unías las diferentes facultades de ciencias de la salud del campus. Kike dejó caer sobre el asiento del copiloto un billete de color rojo. Ni siquiera esperó a que se le entregara el cambio convenido.
Alberto abrió la puerta de atrás del vehículo y salió también corriendo hacia la facultad, después de disculparse con el conductor por las velocidades que le habían obligado a alcanzar.
Subieron los peldaños que por lo menos una vez habían sido recorridos por un presunto asesino y llegaron hasta el vestíbulo principal. Kike notó que las caras de algunos policías que custodiaban la gran sala habían cambiado. Frunció el entrecejo y se dirigió hacia Alberto.
- Busca a los demás en la biblioteca y oblígales a no salir de allí, ¿me has oído?
- ¿Pero se puede saber qué está pasando por tu cabeza? –quiso por fin Alberto tomar cartas en el asunto.
- Ahora mismo es demasiado complicado… -Kike comenzó a andar hacia el fondo del vestíbulo -¡Haz lo que te he dicho!

14:23 horas
El inspector Blázquez, acompañado de dos hombres de los que llevaban vigilando sin descanso los puntos estratégicos del vestíbulo principal de la facultad, llegó junto al decano al departamento de Medicina. Abrió la puerta principal de éste y pasó primero. Un pasillo con puertas a ambos lados hizo que los agentes que le acompañaban se repartieron el trabajo y comprobaran que estuvieran vacías todas.
- Es ahí –señaló el decano con el brazo levantado.
- Muy bien –agradeció Blázquez -¿Está seguro de que quiere estar presente? No tiene porqué pasar por esto…
- Estoy bien, inspector. Usted haga su trabajo, que yo haré el mío.
Blázquez asintió con la cabeza a los policías que tenía a su cargo para la detención. En seguida, ambos se dispusieron a los dos lados de la puerta que mediante una placa recordaba qué profesor se encontraba tras ella.
Escuchó a alguien en el interior del despacho. Miró a los ojos a los dos policías y supo que estaban preparados. Acto seguido, llamó con cuidado y una voz le animó a entrar.
Asió el picaporte y penetró en la habitación. Un hombre envestido en una bata blanca les dio la bienvenida sin saber a qué se debía tanta autoridad en su morada. Reconoció el papel en las manos del que parecía el jefe de la operación.
Blázquez dio un paso al frente y leyó la orden judicial para no confundir el nombre del detenido. Aún que lo recordara perfectamente.
- Álvaro Luengo Castilla, queda detenido como principal sospechoso del asesinato de la chica Sara Rodríguez. Tiene derecho a un abogado, aunque no creo que nadie quiera hacerse cargo de una escoria como tú, doctor Luengo…

14:24 horas
Alberto cruzó los detectores de libros de la biblioteca ante la vaga mirada del encargado en ese momento. Localizó a sus amigos en una de las mesas centrales y se dirigió hasta ellos. No sabía muy bien qué decirles.
Ni siquiera si Kike estaba en su sano juicio.
- ¿Dónde os habíais metido Kike y tú? –Saludó Amaya al chico.
- Ni lo sé… la verdad es que no sé cómo contestar a esa pregunta –anunció Alberto.
- ¿Estás bien, tío? –se interesó Jokas.
- El que no sé si está bien es Kike. No sé cómo explicar su comportamiento… -Alberto dejó de hablar para mirar a su alrededor. Dio una vuelta sobre sí mismo pero no encontró a quien buscaba.
- No sé yo si el raro es Kike… -bromeó Jokas -…o eres tú.
Alberto le miró a los ojos y expuso su preocupación como si le llevara la vida en ello.
- ¿Dónde está Andrea?

14:27 horas
Abrió el grifo con sumo cuidado. Sus manos eran tan delicadas…
Se miró al espejo y le pareció ver a su madre. Era ella, sin duda.
Como ella.
Los tapones para los oídos sobresalían de sus pequeñas orejas en forma de ligeros conos de tono amarillo. Era la mejor opción para disfrutar de placenteros momentos a la hora de estudiar para un examen. Le aislaban completamente del mundo exterior. No escuchaba absolutamente nada, ni siquiera sus propios pasos.
El agua fluía pero ella tampoco lo notaba. Agachó su cabeza para refrescarse con la fría humedad del agua que brotaba de aquel grifo.
El espejo en ese momento reflejó la silueta de una persona. No era más que una sombra naciendo del interior de uno de los aseos. La puerta crepitó ligeramente al entreabrirse pero ella no se dio cuenta.
Subió la mirada y vio como el agua corría por sus mejillas. Sólo existía ella en aquel espejo. Quizá también estuviera su madre, pero únicamente en su imaginación.
En ese momento, le pareció ver vibrar la puerta de uno de los servicios. Creyó que no había nadie al entrar para evadirse de la intensa hora de estudio anterior.
Se acercó hasta la puerta para comprobar de lo que estaba casi segura. Unos pesados pasos le aproximaron hasta la puerta de color blanco.
- ¿Hola? –preguntó sin siquiera escucharse a sí misma a la vez que agarraba el pomo grisáceo del aseo.
Lo abrió de par en par de un solo impulso.
Una taza completamente blanca le dio la bienvenida. Pequeños trozos de papel higiénico en el suelo no era nada de lo que preocuparse.
Salió del cuarto de baño y miró a ambos lados. A esas horas en la facultad no había absolutamente nadie si no era en la cafetería o en la biblioteca. Una fuerte corriente de aire la despertó de sus pensamientos. En el pasillo que comunicaba con el aula cuatro había una ventana totalmente abierta.
Fue hacia allí contemplando durante su trayecto la incipiente lluvia que comenzaba a regar el exterior de la facultad. El cielo lo había anunciado desde el día anterior y por fin se había decidido.
Una sombra giró la esquina para alcanzar el mismo pasillo. Una chica se abría ante sus ojos, de espaldas. Caminaba más despacio que su silueta. Le incitaba sólo por ese motivo.
Andrea no descubrió su llegada hasta que su mano le rodeaba completamente su boca. Intentó gritar pero la sombra se lo impedía. Se encontraba detrás de ella y no podía saber ni quién era. Le agarraba fuertemente y ella sólo quería soltarse y salir a correr.
La sombra le empujó hasta el suelo y cayó de rodillas, golpeándose contra las duras baldosas. Después notó el otro brazo forzándole para que su pecho sintiera en su totalidad el frío del terreno.
La fiera silueta se sentó sobre sus piernas sin soltar con la otra mano su boca. Todo para no escuchar los gritos que tantas veces había intentado evadir.
Andrea notó la entrepierna de la sombra sobre ella y sintió una náusea en su garganta. No sabía si podía ser por el sabor de sus dedos.
Se agachó ligeramente para alcanzar sus pequeños oídos. No descubrió la existencia de los tapones.
No era importante.
Alzó la cabeza de la chica a través de un tirón de su pelo para que escuchara su mensaje.
- ¡¿Y ahora qué?! ¡¿Qué me dices?! –le gritó al oído.
Andrea pudo distinguir perfectamente la voz, ya que la espuma de sus tapones había dejado traspasar los caracteres inconfundibles de aquel sonido.
Reconoció la voz y a su cabeza vinieron los peores pensamientos. Sobre todo, la noche anterior.
Era él. Había sido todo el tiempo él…
Con su mano derecha rodó la cara de la chica sobre los azulejos de mármol, haciéndole mirar hacia la pared opuesta. El otro brazo lo deslizó entre la cintura de su víctima y el mismo frío suelo.
Encontró el botón del pantalón vaquero de Andrea al segundo intento. Lo desabrochó y le hizo sentir el rugoso tacto de la yema de sus dedos en su ombligo.
Creyendo que controlaba la situación como el anfitrión indicado, descendió los mismos dedos manchados de sangre por la fina piel de la chica hasta que ésta se convertía en el delicado algodón de su ropa interior.
Había descubierto que los sollozos de la muchacha no era más que música para sus oídos comparados con los gritos que le habían martirizado día tras día.
Era el final de una vida pasada y el comienzo de una nueva.
Una en la que sólo él tenía el control.

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martes, noviembre 28, 2006

Capítulo 24

Viernes, 21 de octubre
0:09 horas

Caminaba despacio, como midiendo cada paso. No estaba seguro de lo que sentía en algún momento. La cinta de vídeo le había abierto los ojos de alguna manera…
<< Por lo menos, era verdad que la línea de sangre había existido en la realidad, al igual que el personaje de la linterna… >>
Pensó que, seguramente, había sido dicha persona la que había querido “dejar en ridículo”, por decirlo de alguna manera, al doctor Abad.
Pero ahora ya sabía a qué se estaba enfrentando y debía tomar cartas en el asunto cuanto antes para poder descubrir toda la verdad.
Giró hacia la izquierda para adentrarse por fin en la urbanización privada en que vivía Andrea. Su chalet era uno de los más próximos a la entrada y sólo tenía que cruzar un par de calles para llegar hasta ella. Miró a su alrededor para calcular cuántos billetes, de color blanco o de color negro, hacían falta para hacerse con sólo un palmo de alguno de aquellos terrenos. Unifamiliares de casi cuatro plantas y con menos superficie que los jardines que los acompañaban eran el modelo a seguir en aquella zona. Grandes verjas a ambos lados de la calle escondían a la vez las majestuosidades dignas de contemplar, pero las vergüenzas que se debían tapar eran aún mayores.
Entre dos de aquellos palacios, como a Kike le gustaba referirse a ellos, se encontraba la discreta residencia de su chica. Únicamente dos plantas completas y un pequeño garaje por debajo la hacían la más modesta del residencial, a la par que la más honrada y elegante, bajo juicio personal del muchacho.
Llegó a la cancela y, mientras se obligaba a recordar por última vez las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad de la facultad, pulsó el timbre. A los pocos segundos, un zumbido eléctrico le daba la bienvenida y le invitaba pasar hacia el interior después de empujar ligeramente la puerta.
Recorrió el pequeño pasillo de pizarra que rodeaba el honesto jardín, a la vez que disfrutaba del olor a naranja que se podía respirar en él. Los pequeños frutos, aún de color verde, colgaban de un pequeño árbol a su derecha, aunque ya tenían un tamaño considerable. Pronto adoptarían su color característico y estarían casi preparadas para deleitarse con su ácido, y a la vez dulce sabor.
Andrea le esperaba en la entrada, con la puerta de la casa abierta. La luz que emanaba del techo le confería un aspecto brillante, haciéndole recordar a Kike la suerte que tenía.
- ¿Qué tal? –le saludó con una sonrisa que le costó exteriorizar.
- Esperando que llegaras… -respondió Andrea –Has tardado un poco, ¿no?
- Sí, bueno, es que he tenido que ver… -dejó de hablar y la miró a los ojos. Desprendían la misma alegría que su cara –He tenido una conversación con mi padre. Por lo de esta mañana, ya sabes…
- No pueden inculparte de nada, Kike. Tú no has sido, y eso es lo que importa. Cualquier loco podría haber roto la ventana trasera del coche de Suárez para introducir el bidón de gasolina y el mechero para que se produjera la explosión.
- Ya… Eso me ha dicho mi padre, que por mucho que intente denunciarme Suárez, no hay ninguna prueba que me señale directamente. Y la amenaza del día anterior… -Kike subió los cuatro escalones que lo separaban de la muchacha –Tú me conoces, Andrea. Yo no soy capaz ni de matar a una mosca. Mucho menos de intentar hacer daño a toda la gente que pudiera haber pasado por allí en ese momento.
Andrea se acercó hasta Kike, tan cerca que podía notar su aliento. Le besó en los labios y después llevó su mano hasta que se entrelazó con la de él, convirtiéndose en una sola.
- Te creo, tranquilo. Entremos, ¿vale? –y cerró la puerta tras impulsarle al interior.
Kike miró a su alrededor, buscando algo y nada a la vez. El decorado en que se encontraba parecía de película. Cortinas sonrosadas de raso vestían las distinguidas ventanas de cada estancia. Una escalera de madera de pino incitaba a subir al piso de arriba, tras efectuar un descanso en la mitad del camino para contemplar el magnífico cuadro que allí se encontraba. En él aparecía el retrato de una mujer tremendamente bella. Llevaba el pelo, negro azabache, suelto y únicamente caía hacia la derecha del lienzo. No sonreía aunque su sonrisa –donde quiera que estuviera –inundaba todo el salón desde las alturas.
Kike lo supo. No podía ser de otra manera.
- Es tu madre, ¿verdad?
- Sí, nos parecemos un poco… Ella era mucho más hermosa, sin duda –vio como Kike seguía observando la imagen de su madre –Daría cualquier cosa por haber pasado un día más junto a ella. O por poder recordar cómo olía por las mañanas. Mi padre aún me dice que ese aroma que desprendía era único…
- ¿Está en casa tu padre?
- No, últimamente vuelve muy tarde del hospital. A veces, ni siquiera viene a dormir y lo hace allí. Tiene mucho trabajo.
- ¿La casa para nosotros solos? –preguntó Kike con una mueca burlona en su rostro.
- Y sólo para nosotros… -Andrea repitió el movimiento que había interpretado en la puerta de su casa y besó apasionadamente a su novio.
Kike respondió primero al impulso de Andrea separando los labios de los suyos. En ese momento, recordó el último fotograma que había visto en su casa de la cinta de vídeo. Sabía qué hacer y se dijo que disfrutara del momento.
Con la palma de sus manos, notó el suave tacto de las mejillas de Andrea. Le devolvió el primer y el segundo beso a la vez, mientras intentaba llevar sus piernas lo más cerca del primer peldaño de la escalera.
Andrea jugaba con su pelo, dibujando líneas circulares con sus dedos mientras se dejaba besar. Subieron juntos hasta el piso superior y le empujó hasta la pared que se localizaba en frente del último escalón. Tomó el control de la situación y llevó sus brazos hacia abajo.
Kike seguía sintiendo el calor que desprendían las entrañas de Andrea, mientras ella le quitaba la camiseta y la tiraba hacia el piso de abajo. Seguidamente, las yemas templadas de sus finos dedos recorrieron cada ángulo de su torso y decidió probar la dorada piel de su cuello.
El primer y breve mordisco antecedió a que fuera ella la que notara la pared contra su espalda. Kike se separó de su nuca y la miró a los ojos, al igual que ella a él. Pensaban lo mismo.
Sentían de la misma manera.
Quizá en aquella casa ya no existían dos personas de sexos opuestos.
Kike la asió de su cintura con los dos brazos hasta levantarla del suelo y escuchó el sonido de los dos zapatos de la chica cayendo contra la alfombra que cubría el suelo. Andrea reía mientras ahora era ella quien saboreaba la piel de los hombros de Kike, siendo conducida hasta el interior de una de las habitaciones.
Desplomada sobre las sábanas deshechas de una gran cama, veía el pecho desnudo de Kike y quería hacerlo suyo. Kike se agachó hasta ella y agarró los bordes inferiores de su fina camiseta. Los elevó lentamente hasta descubrir el ombligo de Andrea. Confiado, siguió ascendiendo hasta descubrirla por completo. Algo le impulsó a descender esta vez por debajo de sus hombros. La besó primero en el lado izquierdo y después viajó hasta el contrario. Bajó hasta advertir el calor de sus pechos y siguió hasta su cintura. Esta vez cambió los besos con suaves caricias de sus labios.
Andrea creía que estaba haciendo lo correcto. Ahora lo sabía a ciencia cierta. Apreció la lengua de Kike durante un segundo en su ombligo y después sus manos. Se dirigían más abajo, hasta contactar con el botón de su pantalón vaquero.
Giró su cabeza hacia atrás, asimilando el roce del otro chico contra ella. Entonces vio aquel marco de fotos. La observaba directamente, sin pestañear. Le hizo pensar que estaba sola en la habitación.
Llevó su brazo hasta la foto y la agarró del borde superior. Contempló a sus padres una vez más y, seguidamente, su mano la arrojó hasta chocar con la madera de la mesilla donde se encontraba y esconder lo que emanaba de ella.
Kike escuchó el ruido y dejó de desabrochar el pantalón de Andrea. Había apreciado el nuevo comportamiento de la chica, la inexpresión de su cuerpo en ese instante. Había pasado de la empatía al distanciamiento.
- ¿Qué te pasa? –se extrañó.
- No, nada… -se disculpó –No creo que sea el mejor momento…
- ¿Cómo? –Kike intentaba entender las palabras de Andrea.
- Lo siento, Kike. No me encuentro bien…
- ¿Pero te duele algo? ¿Estás bien?
- Sí, sí. No te preocupes. Sólo que he sentido que así no quería que sucediera…no es un buen momento…
- ¿Prefieres que me vaya? ¿Es eso? –Kike preguntó aquello pensando que sería lo último que querría escuchar Andrea en aquella situación. Quería estar junto a ella.
- Sí, creo que sería lo mejor…
- ¿Lo dices en serio? –volvió a repetir.
Tras ver asentir con la cabeza a Andrea, ya incorporada sobre la cama de matrimonio, salió de aquella habitación y bajó los escalones, dejando a un lado el retrato de la que había sido mujer de esa casa.
Se agachó a coger su camiseta, la cual aparecía como una isla desierta sobre el mar de parquet del suelo. Miró hacia el piso superior, pero Andrea no estaba allí, iluminando la estancia.
Se giró y agarró el pomo de la puerta.
Andrea notó, con el mismo ardor que los labios desaparecidos de Kike, una lágrima corriendo por su mejilla, a la vez que contemplaba cómo la puerta era cerrada por el chico.
De la manera más violenta y pacífica a la vez, lo que en un instante fueron uno, se partió en dos mitades. La segunda se encontraba saliendo de la urbanización en ese momento, aún sintiendo a la primera mitad en su interior.
Y todo percibido por la mujer de aquel retrato que no quitaba sus ojos de miel de la puerta por la que una vez también había salido ella.
En su caso, para no volver nunca jamás.

9:36 horas
Aún más gris que el día anterior, y con mayor aspecto de densidad, el cielo amenazaba con descargar agua de un momento a otro. Parecía una entidad sobrenatural reuniendo fuerzas para utilizarlas a la vez en un mismo momento que aún no había llegado.
Kike bajó la cabeza y caminó hacia el aparcamiento de la facultad. El coche de Suárez ya no estaba allí, seguramente porque la grúa mandada por su padre había hecho bien su trabajo. Las banderas se agitaban en lo alto del edificio, cada una atada a su mástil, por la inconmensurable velocidad del viento.
Aún así, seguían ondeando, como si tuvieran el valor que a él le faltaba en ese momento.
Definitivamente, había alguien en la facultad en que estudiaban más de dos mil personas que quería que ese número se redujera poco a poco de la única forma que él concebía en su mente. Y él tenía la obligación moral de acabar con aquella situación, fuera cual fuera la manera más adecuada de hacerlo.
Se internó en el vestíbulo principal y comprobó las distintas posiciones que aún ocupaban los policías impuestos en el operativo controlado por su padre tras la aparición del cadáver de Sara. Memorizó las caras de cada uno de ellos y subió las escaleras que conducían hasta el primer piso.

9:39 horas
Azulejos blancos.
Únicamente veía aquellos azulejos como el ambiente de paz que estaba requiriendo. Su mente necesitaba respirar y había encontrado el lugar idóneo. Se apoyó sobre el lavabo y se miró al espejo.
<< ¿Quién eres? >>
- El causante de todo lo que te rodea… -dijo en voz alta.
Vio su reflejo negar con la cabeza y se giró sobre sí mismo. Comprobó que estuviera en solitario en aquel cuarto de baño empujando las cuatro puertas que resguardaban los inodoros de la porción pública de la habitación. Acto seguido se dirigió hasta la puerta de salida y la cerró.
Volvió hacia el espejo pero el reflejo había desaparecido. Había que acabar con aquello en ese momento. Ahora que, de verdad, sólo existía su persona allí.
Se concedió un momento y extrajo un bote del bolsillo derecho de su pantalón. De color transparente y con una base rojiza, una lengua encorvada rellenaba por completo su interior.
Maldijo en voz alzada y volvió a guardarse lo que en algún momento de su existencia había considerado un trofeo.
Colocó sus brazos distanciados uno del otro sobre el borde anterior del lavabo y miró hacia abajo. El cordón de su zapato derecho ya no estaba allí.
Al igual que el día anterior.
De repente, sus oídos explotaron.
<< Ojalá >>
Seguía escuchando todas aquellas voces que gritaban a la vez y sólo para sus tímpanos. Notaba la vibración de ellos, como una tela que está a punto de romperse. Se llevó instintivamente las manos a las caras laterales de su cabeza y comenzó a girar sobre sí mismo como una peonza.
En realidad no quería. Pero había que hacerlo.
Extrajo de su otro bolsillo un pequeño estuche de cuero marrón. Como si quemara, lo arrojó al fondo del lavabo y ascendió la mirada para comprobar que seguía en él.
Alargó el brazo y volvió a optar por agarras el estuche. Lo abrió con cuidado, y vio relucir en su interior aquellos brillantes instrumentos.
<< Utilizarlos para esto no estaba en mis planes >>
Llevó el índice y el pulgar de su mano derecha hasta la pequeña cinta elástica de color blanco que lo mantenía sujeto a la base del estuche e intentó tirar de él con fuerza.
Ya no le quedaban.
Aún así, ya lo tenía en su mano. Parecía realmente afilado, como si nunca hubiera sido usado. Quizá fuera todo lo contrario.
El espejo sudaba. Las gotas recorrían su frente hasta caer por sus mejillas. Después, su sentido cambiaba para seguir la orientación de los pómulos y de la mandíbula. Llevó su mano hasta la oreja derecha, comprobando que su pulso no existía llegado a ese nivel.
Apoyó la cuchilla del bisturí por encima del pabellón auditivo. Los temblores se acentuaron.
El escalpelo vibraba por encima de su oreja, dispuesto a terminar con los gritos que sólo se producían en su cabeza, pero su mano dejó de actuar. Estaba paralizada.
<< Tu miedo a ti mismo no te sacará de ésta. Mejor seguir con tu tarea >>
El sonido metálico del instrumento golpeando contra los azulejos blancos produjo un eco sin igual en la habitación.
Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer?
La última frase resonó en su cabeza hasta la infinidad. No había valor de enfrentarse a uno mismo.
<< Mejor seguir con la tarea >>

10:01 horas
- Esto es vida… -rió Jokas -¿No es lo mejor del mundo entrar a esta hora?
- ¿Te olvidas del examen de la próxima semana? –Dijo Andrea –Porque si quieres te lo recuerdo…
- No seas aguafiestas, hombre… -calmó Alberto –Bastante que nos hemos convencido todos de quedarnos esta tarde en la biblioteca a estudiar. Déjanos disfrutar de este momento.
Alberto llegó al primer piso a la vez que Andrea. Jokas se encontraba delante de ellos. Amaya y Bea continuaban rezagadas.
Cruzaron a la vez el vestíbulo de dicha planta para dirigirse al aula número cuatro, preparados para recibir una nueva clase de Microbiología. El primer grupo rodearon la columna que se abrió a su paso por la izquierda y las chicas hicieron lo contrario. Al final se encontraron con Luis, saliendo de uno de los ascensores centrales.
Al girar la esquina, Kike salió con rapidez de una habitación que se encontraba a la derecha, casi tropezándose con Jokas.
- ¡Ey, macho! ¡Qué velocidad! –gritó éste.
Andrea le miró fijamente y Kike hizo lo propio, para después rehuir sus ojos. La chica se acercó un poco más para tocar con la mano su barbilla. Él sacó la mano de su bolsillo para intentar parar el movimiento de la chica.
- Tienes mala cara…
- No, déjame. Estoy bien… -Kike levantó su mirada para atisbar el horizonte. Descubrió a Alberto un poco más atrás –Alberto, me tienes que echar una mano. ¿Quedamos a la una en la entrada?
- ¿A la una? ¿Para qué? –se extrañó éste. Bea en seguida puso atención a la conversación.
- Ya te lo contaré… Es por lo que tú y yo sabemos –Kike movió sus ojos fugazmente hacia Bea y esperó una respuesta.
- Bien, bien. Como quieras… -respondió su amigo. Bea sonreía para sí misma.
- ¿Pero qué tramáis? –Preguntó Jokas –Como siempre soy el último en enterarme…
- Yo tampoco sé nada, Jokas. Si te sirve de consuelo… -habló Amaya. Jokas hizo como si no hubiera escuchado nada.
- Ahora no hay tiempo de contar… -Kike descubrió a Abad saliendo del departamento de Anatomía. Llevaba un papel blanco en la mano. Cuando sus miradas se cruzaron, Abad se aproximó hasta el grupo caminando velozmente.
- ¿No vienes a clase? –volvió a preguntar Andrea.
- ¿Para qué? –Contestó Kike sin mirarla –Ya no tengo nada que hacer con la asignatura de Suárez. Mejor que aproveche el tiempo de cualquier otra manera.
Abad llegó hasta ellos antes de que Kike pudiera completar la frase. El papel de su mano era ahora un sobre arrugado con una inscripción en la cara anterior. Parecía un nombre rotulado en tinta negra.
- Kike, menos mal que te encuentro… -saludó el profesor -¿Podríamos hablar a solas?
- ¿Qué? –Respondió automáticamente el muchacho -¿Tiene que ser ahora?
- Bueno, sí… Si puedes, claro –Abad parecía realmente nervioso.
- ¿Vienes o no? –tomó de nuevo la palabra Jokas.
- No, no. Iros sin mí. Después nos vemos… -Kike comprobó que los demás andaban ya hacia el aula cuatro, internándose en el pasillo del pabellón.
- ¿Qué pasa, Abad? ¿Qué es ese sobre? –se interesó Kike.
- He venido por eso, Kike. Lo he encontrado esta misma mañana sobre mi escritorio, en mi propia oficina –el profesor le tendió la carta.
Kike le miró alterado. Cogió el sobre mientras le temblaba aún el pulso. Leyó en voz alta el nombre que figuraba.
- Doctor Abad. ¿Qué hay en su interior?
- No lo sé. Es una especia de juego –titubeó mirando al muchacho –Por eso necesito tu ayuda.
Kike le devolvió la mirada y extrajo un folio del interior del sobre. Lo desdobló y miró uno de los reversos. Estaba en blanco, salvo unas pequeñas letras posicionadas en una de las esquinas. Se transparentaba el complejo entramado de cruces negras que, por el contrario, poblaban la otra cara de la hoja. También existían algunas cruces de color rojo diseminadas por la red negra como islas en medio del océano.
- ¿Qué significa esto? –No dejaba de observar lo que tenía entre sus manos.
- Lee la reseña de la otra cara –Abad señaló con el dedo el punto exacto.
- Atlas de Anatomía Netter; Lámina 56…
- ¿Se te ocurre algo? –Inquirió el profesor – ¡Debe significar algo!
- Tranquilízate, ¿bien? Creo que tengo una idea… Vamos hacia la biblioteca –impulsó a Abad hacia delante –Descubramos de qué va todo esto.
Abad comenzó a andar hacia las escaleras. Kike le seguía de cerca, con el folio relleno de cruces negras. El aspecto perfecto para un cementerio.
Llegó uno detrás del otro al vestíbulo de la planta baja. A Kike se le ocurrió preocuparse por el estado de Abad.
- ¿Sigues tomándote las pastillas para la tensión?
- Sí, sí… con estos ajetreos, cualquiera deja de tomarlas… -Abad agarró el pasador de la puerta de la biblioteca y tiró hacia sí mismo.
Cruzaron el detector que se encontraba a la entrada y se dirigieron directamente hacia las estanterías del fondo de la sala. Las mesas estaban únicamente ocupadas por algunos alumnos, de todas las edades posibles. Se notaba perfectamente que todavía no habían empezado los verdaderos exámenes.
Kike penetró en uno de los primeros pasillos, entre dos estantes metálicos repletos de libros de todos los colores y tamaños. Buscó en la franja izquierda un tomo de gran tamaño.
- Aquí está –exclamó sacando un libro de pastas de color negro. Lo cogió con una mano y lo llevó hasta una de las mesas más cercanas.
Lo abrió por una página cualquiera y después volvió hacia páginas anteriores hasta encontrar la lámina 56.
En ese momento, recordó el sueño que había tenido la noche anterior. La imagen de Lucía en el fondo de la piscina con la boca abierta. Aunque de su garganta no saliera ningún tipo de sonido más que las burbujas que, reduciéndose en número rápidamente, anunciaban que su vida estaba llegando a su fin.
La lámina cincuenta y seis mostraba un dibujo de una boca abierta. La lengua en el centro de éste se veía claramente de color rojizo. El título de dicha página no lo podía dejar más claro.
- Lengua y glándulas salivales –dijo en voz alta Abad, a espaldas de Kike.
Kike apoyó el folio con la cara en blanco hacia el dibujo e hizo coincidir los bordes del folio con los del propio libro. Las aspas de color negro taparon la figura de la lámina del atlas. Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Encontró lo que buscaba a unos metros a la derecha de su visión, encima de una de las mesas adyacentes a las estanterías.
- Pásame ese punzón –pidió a Abad.
Abad se aproximó a la mesa y cogió el punzón. Era de color marrón, y terminaba en una gran punta metalizada.
- ¿Qué vas a hacer?
- Averiguar el mensaje que esconde la carta que te han enviado… -Kike apoyó el punzón sobre el folio, exactamente en la punta de la cruz roja que se encontraba en una fila más superior. Con un rápido movimiento de su mano, dibujó un pequeño cuadrado ocupado por completo por las aspas que diferían por su color de todas las demás.
Acto seguido, sopló. Un pequeño pedazo de papel que acababa de rasgar salió despedido, descubriendo una a minúscula en el fondo del folio de cruces negras.
- La a de “orbicular” –dijo en voz alta –Sigamos…
Abad se acercó a las acciones de su ex-alumno. Leyó que las siguientes letras eran una “b” y, una vez más, una “a”.
- “Buccinador” y “bucofaríngea”… -habló esta vez el profesor.
Durante dos minutos, Kike fue rasgando los diferentes cuadrados que englobaban las cruces de color rojo. Al final, consiguió un mosaico completo de letras intercaladas con las cruces negras. Pequeños orificios en ese plantel oscuro que eran más que letras provenientes de las distintas estructuras anatómicas correspondientes a la sección de la lengua.
Una fila de espacios blancos de sentido descendente, siguiendo casi una línea recta. La última palabra se podía descifrar gracias a la segunda figura.
- ¿Qué pone? –vaciló Abad.
- Abad, eres el siguiente –dijo seriamente Kike.
- ¡Pero qué clase de cabrón…! –Se escucharon ciertos susurros en la sala, como si rechistaran por los gritos de Abad -¿Pero quién querría…?
- No tengo idea, Abad… -intentó tranquilizarle el chico –Yo creo que lo mejor será que vayas a tu despacho y te quedes allí. Yo voy a hablar con mi padre y le voy a entregar el anónimo. No es algo para tomarse a broma.
- ¡Pero allí no estoy seguro, Kike! –Volvió a alzar la voz -¿No te acuerdas de aquella vez en la sala de disección? ¡Había alguien allí! ¡Espiándonos!
- Me acuerdo perfectamente… Salí detrás de él, pero no lo encontré –Kike llevó su brazo hasta el hombro de Abad –Tranquilo, confía en mí. Mi padre te pondrá protección hasta que averigüemos qué es todo esto –Kike movió el folio que tenía en su mano.
- Espero que tengas razón… -dijo Abad dándose la vuelta –Casi tienes mi vida en tus manos. Confío en ti.
- No te preocupes. Mi padre se encargará de todo –terminó Kike, viendo alejarse al profesor.
Kike cerró el atlas, haciendo volar los pequeños pedazos de papel recién rasgados. Caminó pensativo hasta el estante y lo colocó donde lo había encontrado.
<< Abad, eres el siguiente >>
La frase que acababa de descifrar vino a su mente de inmediato.
Kike metió su mano derecha en el bolsillo del mismo lado. Extrajo un pequeño bote de plástico. Su transparencia permitía notar la pequeña cantidad de sangre sobre la que flotaba el contenido restante.
Una lengua como la de la figura del atlas, permanecía encorvada en el interior. Cuánta razón poseía aquel mensaje.
- Abad, serás el siguiente… -expresó Kike seriamente mirando hacia ninguna parte.

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