Capítulo 30
No sabía el porqué, pero se sentía más a gusto durante su transcurso. Como si la oscuridad escondiera su único mal. Además le servía como cómplice para dejarlo a un lado, para olvidarse de él, para borrarlo del mapa.
Andrés Sánchez, máximo mandatario de aquella institución centenaria como era la Facultad de Medicina, y mayor responsable del edificio donde ésta residía desde que Miguel de los Santos Nicolás la construyera casi setenta años atrás, se recostó sobre su sillón de oficina rodeado de oscuridad.
El sentido literal no era tan estricto.
Tras los últimos acontecimientos debía andarse con pies de plomo. El plan original se había ido al traste en cierto modo –no se sentía para nada derrotado, por eso continuaba a oscuras –desde el momento en que Abad se descontroló por completo.
Sabía que era un arma de doble filo que sería difícil de limar. Las cuerdas que sostenían a aquella marioneta eran demasiado frágiles. De tal modo, se rompieron cuando llegó el momento.
Lamentaba el triste final que había tenido la historia de aquel profesor que contrató un día de otoño por su propia obra y gracia. Recordaba perfectamente cómo se empecinó en confiar en que ante él tenía a la persona adecuada. Aún cuando había estado en el lugar horrendo y alejado en el que trabajaba. O hacía como tal.
¿Quién iba a pensar en ese momento el motivo de su retiro?
Su aspecto entonces era una incógnita. Quizá el suyo era un estilo desaliñado pero muy personal. Su expediente académico era lo único que se debía mirar en esos casos. El primero de su promoción en cada uno de los cursos, el primero en la oposición casi obligada apodada como M.I.R… Y aún así, trabajaba por su cuenta.
No podía ser un candidato mejor para el puesto de profesor de Anatomía que debía rellenar cuanto antes. Abad era la persona indicada, lo tuvo claro en el momento en que le estrechó la mano en su despacho privado de las afueras de la ciudad. Como mobiliario, únicamente su diploma de facultativo colgado en la pared. Una sencilla mesa en el centro de la estancia, y un gran desorden por todas partes, eso sí.
Tampoco vio a ningún paciente en las dos visitas que le hizo antes de que Abad firmara su contrato.
Coincidencia, pensó en su momento.
Con ese historial, debían lloverle los pacientes. Únicamente se trataba del hecho de que estaba “empezando”.
Después toda su imagen se iría al traste con aquel terrible “accidente”…
El decano dejó en el acto sus pasados pensamientos para atender a la llamada que se había producido en ese preciso instante sobre la madera maciza de la puerta de su despacho.
- ¡Pasa! –gritó sin despegar la espalda de su confortable asiento.
La puerta se abrió despacio, de manera tímida. Incluso la misma puerta se quejó del hecho de que no la utilizaran con la fuerza necesaria con un sonoro crujido.
- Siéntate, por favor –decidió desde el primer momento no tratarle de usted. Era una forma que utilizaba muy a menudo para dar a entender quién iba a llevar el hilo conductor de la conversación.
La persona invitada no dudó un instante, e hizo lo que el decano le había pedido.
- Espero que no hayas venido para darme un no por respuesta. Habría sido un viaje en balde para ti, y una pérdida de tiempo para mí –comenzó Sánchez.
- No, claro que no… -contestó quien se sentaba al otro lado de la mesa –Me ha comentado su…
- Sí, sí, lo sé –cortó su, hasta ahora, frase más larga, a la vez que se levantaba de su sillón.
- Pero no ha sabido explicarme tan a fondo…
- Para eso estás aquí, ¿no? –volvió a interrumpir. Sin duda, tenía decisión de llevar él la voz cantante.
La poca luz que emanaba la única lámpara que se encontraba encendida en ese momento, y que ayudaba a crear el clima de seguridad del que se rodeaba Sánchez todas las noches durante minutos, incluso horas, no se atrevía a desvelar la identidad de la segunda persona que ahora permanecía igual de quieta que el decano en su respaldo minutos atrás. Su cara permanecía en la completa oscuridad, debido a la inclinación del propio haz luminoso, que únicamente alcanzaba la altura de su cintura.
- Sí, me tiene para lo que usted mande, señor –respondió la figura, cada vez más segura de sí misma.
- Eso me gusta… -sonrió mientras le observaba desde la esquina de su propio despacho –Aquí no voy a salir sólo ganando yo –Se movió lentamente, pero cuidando sus movimientos, hasta otra pared de la habitación, con la excusa de contemplar uno de los marcos que colgaban durante unos segundos. Luego, volvió a mirar hacia la silla ocupada –Si llevas a cabo mis órdenes, puedes salir muy beneficiado tú también. Te aseguro que desde mi elevada posición se vislumbra todo lo que acontece en la facultad.
Es como si todo el edificio –caminó hasta su asiento y reposó su cuerpo en uno de los brazos acolchados –fuera un enorme títere. Sólo quien está más arriba tiene el privilegio de agarrar la cruceta y mover los hilos a sus anchas. Y esos hilos pasan por todo lo que puedas imaginar dentro de esta facultad, incluso fuera de ella.
- Me gusta la idea… -contestó mientras se chupaba los labios inconscientemente –Espero que esté a mi alcance…
- Seguramente lo estará. Tú no te debes preocupar de nada. Sólo debes estar atento a los detalles, y ellos mismos te dirán cuando actuar en cada ocasión.
- ¿No podría ser más explícito en cuanto a mi función en todo esto? –cruzó la pierna hacia el lado contrario para estar aún más cómodo en su posición.
Sánchez se rió desde el otro lado mientras no le quitaba ojo de encima. Le gustaba. Al igual que le había gustado Abad aquella primera vez…
- Directo al grano, sí señor –Sánchez esta vez volvió a tomar asiento. Borró de su faz la sonrisa burlona que le había caracterizado durante aquel momento y preguntó de una forma muy natural -¿Sabes utilizar armas de fuego?
La figura de la oscuridad, por un momento, volvió a sentirse incómoda. Pensó que ya no se trataba de la silla, antítesis completa del enorme sillón que coronaba la habitación desde el otro lado. Otra forma más de plasmar desde qué sitio se controlaba la famosa cruceta de la que nacían los hilos.
Se relajó instantáneamente.
- Casualmente, sí. Además, tengo buena puntería. Desde muy pequeño…
- Bien, bien. Cada vez nos entendemos mejor –siguió Sánchez con su juego –Supongo que estarás al corriente de lo que ha acontecido a la facultad durante estas semanas pasadas…
- Como para no estarlo. Cada vez se parece más a una película… -rió sarcásticamente.
- Pues hay que intentar que esta película tenga el final que nosotros queremos, y no uno al azar o inconcluyente. No un simple continuará, sino un “The End” en toda regla, y en el que los dos podamos salir beneficiados. En cuanto a tus beneficios, no te preocupes. Los tienes asegurados. Sólo tienes que fijarte bien en las acciones de diversas personas que ahora te detallaré. Sobre todo en las de un entrometido alumno de tercero, un tal Kike Blázquez.
La figura volvió a moverse dentro de su propio asiento para encontrar, si cabía, otra postura más cómoda.
- ¿Le conoces? –preguntó Sánchez haciendo que no conocía la respuesta.
- Sí, le he visto más de una vez… -respondió el interlocutor llevando a cabo la misma estrategia que el decano.
- Cuanto más cerca del enemigo, mejor –sonrió –En eso consiste básicamente tu cometido. Ahora te explicaré todo con pelos y señales, para que puedas trabajar lo más a gusto posible.
Sánchez se inclinó hacia delante para dar comienzo a la narración. Apoyó los brazos en el tablero pulido de su mesa y comenzó, sin dilación y de manera pausada, a hablar.
***
Y aún era veintisiete de octubre.
Recién iniciado el nuevo día, y esperando sentado en las escaleras de piedra de la entrada de la facultad, Kike pensó que bien podría haber pasado más tiempo. Si no lo supiera a ciencia cierta –y por el reloj colorado que aún se lo recordaba desde su muñeca –bien podría haber pasado desde aquella mañana de inauguración del curso hasta el día de hoy varios meses. Esa mañana en que un, a primera vista, inofensivo fotógrafo les había mandado colocarse en tres filas –a cual más grande –para retratar el primer recuerdo de aquel curso que comenzaba.
Pero no. Sólo había pasado un mísero mes. ¿Tanto podía cambiar la vida en un mes?
Sólo la forma de andar de la chica le bastó para responderse a sí mismo. Caminaba despacio, cruzando con una falsa decisión el camino que se encontraba rodeado por una serie de árboles y arbustos verde turbio teñidos de negro por la explosión de antaño. Ella no lo sabía, pero de vez en cuando giraba instintivamente la cabeza hacia los lados, como buscando una posible amenaza.
Abad ya no estaba entre ellos para abalanzarse sobre ella, pero eso era lo de menos.
Andrea miraba hacia el suelo, y ascendía la mirada tímidamente, pidiendo a no sabía quién que el chico que se hallaba a unos metros por delante, esperándola, desapareciera súbitamente.
Subió las escaleras sólo elevando la cabeza en una ocasión, pero Kike seguía allí, esbozando una especie de sonrisa.
Era extraño. No le había visto desde el día en que… -aquél día, se obligó a pensar –y no porque no tuviera ganas de verle. Quería estar con él, sentir sus manos como siempre, tan cálidas que diera igual que la fría atmósfera tratara de helar los parabrisas de los coches. Recordó la pasada sensación de una mañana tan fría como lo que acababa de imaginar. Habían paseado unidos hasta la facultad, y no pudo acordarse de una sola vez en que hubiera tenido frío durante aquella larga caminata. Quería abrazarle como nunca lo había hecho, quizá por cobardía, por llevar tan poco tiempo juntos. O quizá por orgullo, por el egoísta e infantil pensamiento de que prefería que fuera él quien se acercara a ella mientras le susurraba algo totalmente ininteligible –y que entendía a la perfección, en cambio –y la envolviera entre sus brazos.
Ahora mismo, quería besarle –pensó sincerándose para sí misma.
Ascendió el último escalón y quedó a pocos centímetros de la cara de Kike. Éste la saludó normalmente y dirigió sus labios hacia los suyos. Entonces, Andrea giró su cara hacia el otro lado, y evitó lo que querría que fuera inevitable.
También quería alejarse. Huir hacia ninguna parte para olvidar lo que ya era inolvidable. El olor a formol no se desprendía de sus ropas, –aún portando una vestimenta totalmente a estrenar, recién comprada por su padre y entregada el día anterior por él mismo, con una enorme sonrisa en los labios, una sonrisa llena de compasión y más de culpabilidad –lo tenía impregnado en su piel, en ella misma. Formaría ya un solo aroma con el que le había acompañado toda su vida, con el que la hacía ser Andrea. Quería llorar hasta que no le quedaran lágrimas. No entendía por qué le había sucedido eso a ella. ¿Qué habría visto Abad para que fuera ella la elegida de sus pesadillas? Y menos mal que había sido sorprendido antes de…
Sintió los labios de Kike sobre su mejilla, después de que su movimiento le imposibilitara encontrar sus labios. Escuchó cómo Kike le decía algo, probablemente un simple qué tal. Le vio mover los labios, ya que era lo único que lograba observar detenidamente. Ni siquiera todavía le había mirado a los ojos. También tenía miedo de enfrentarse a él. No quería –como tantas otras cosas que llevaba pensando durante aquellos precisos momentos –que Kike le preguntara sobre la mañana en cuestión.
Pensaba que era otro enemigo a batir. Otro enfrentamiento innecesario.
Notó la mano del chico sobre su hombro, y éste agitándose hacia delante y hacia atrás, como si Kike intentara que despertara de un sueño que no era tal. Era un estado elegido por ella misma, pero no preparado estratégicamente. Había llegado a él sin querer, y sin duda para ella, pensaba que era el idóneo en su situación. Estaba a gusto, y se sentía protegida de todo lo que odiaba.
Se sentía protegida contra el mundo entero.
Notó cómo Kike volvía a abrir y cerrar la boca, de la manera normal en que alguien intenta vocalizar perfectamente. Andrea los veía a cámara lenta, como si pudiera jugar con el tiempo. Kike movía los labios despacio, y entre ellos a veces se podía ver su sonrojada lengua.
En cambio, no escuchaba absolutamente nada. Sus oídos llevaban taponados durante toda la acción, también protegiéndola de la voz con la que soñaba todas las noches. Soñaba que volvía a escucharla como antes, y le hacía dormirse, llegar a un estado plácido y perfecto. Casi místico.
Quería volver a escucharla, y por eso se tapaba los oídos.
<< ¿Te pasa algo? >>, pareció decir.
<< Nada, sólo abrázame >>, quiso decir.
Pero sus labios no se movieron. Esta vez pudo ascender sus párpados y mirar a los ojos al chico que seguía intentando comunicarse con ella. Y tampoco los veía.
Recordó los azulejos del dichoso pasillo. Los que le llevaban atormentando desde entonces. Ni se le pasaba por la cabeza volver a pasar por allí.
¿Y dónde estuvo él? El que ahora intentaba preocuparse por ella, ¿dónde estuvo entonces? Lo había pensando más de una vez, y siempre llegaba a la misma conclusión.
Con Amaya.
Ese nombre siempre le llevaba a negar con la cabeza. Kike no quería nada con Amaya.
Y una nueva conclusión, esta vez, sí la última. Kike no tenía la culpa de nada, sólo Abad era el culpable.
O más bien, su enfermedad.
Los ojos de Kike se entristecieron por momentos. El cambio fue radical. Habían comenzado llenos de ilusión mientras ella iba subiendo la escalera. Habían decaído tras el primer saludo y la ausente respuesta. Y ahora, sus labios habían parado y todo lo decían sus ojos.
Pero Andrea no locomprendía. Ella seguía allí, con él. Es con quien quería estar. Ya sabía todo lo que quería después del examen de conciencia que acababa de realizar. ¿Por qué no se acercaba entonces?
¿Por qué Kike se daba la vuelta, y dejaba de mirarla?
Vio como sus propios pies continuaban andando. No quería, pero así lo hacían. Dirección a la puerta principal de la facultad, alejándose de Kike. Sin haber dicho ni una palabra, sin haber escuchado ninguna otra, había continuado andando, alejándose de su deseo más primario, y acercándose al velo que su propia mente había creado.
Estaba huyendo, como siempre. Sin mediar palabra, lo había dicho todo. Y Kike así lo había entendido.
Andrea comenzó a inculparse a sí misma como nunca lo había hecho. Y a llorar de la misma forma. Sin lágrimas.
Se había dado cuenta de algo. Una frase que no había surgido durante su examen interior pero que ahora se agolpaba en su cabeza como el viejo recuerdo de Abad sobre su espalda, casi haciendo crujir sus frágiles huesos. Su alma aún más frágil.
<< Ya nada será lo mismo >>
***
La misma rutina de siempre. Frente al monitor encendido de su propio terminal, cogió con sus manos el libro que cualquier muchacho le había entregado, lo pasó por el lector de códigos y comprobó su correcto nombre en la pantalla. Después, hacer lo propio con el carnet del susodicho muchacho. No tiene “deudas” pendientes. Agarrar el sello diario e impregnarlo sin cuidado en la tinta morada para aporrear sus datos, como fecha límite, en la sobrecubierta del libro. Entregárselo de nuevo al chico.
Y vuelta a empezar.
Comenzaba a estar cansado. Aunque aún no fueran ni las once de la mañana. Pensó que era otro tipo de cansancio.
Mario Cifuentes, el encargado de la biblioteca de la facultad, intentó pasar el rato con otras actividades. Abrió el explorador de internet de su terminar y trató de buscar algo que le pudiera interesar. El problema era que primero debía interesarle algo y después, ya podría ser fructífera o no su busqueda.
Al final, como siempre, comenzó a clicar rápidamente en diferentes carpetas del escritorio, como si ya hubiera iniciado una búsqueda. En cambio, sabía perfectamente donde encontrarla.
Llegó a un directorio titulado como “NIÑA” y volvió a clicar rápidamente. Previamente, se había asegurado que ninguna de las cotillas que le acompañaban en su arduo trabajo no estuviera cerca. No estarían, era su hora del café.
De repente, comenzó a aparecer en el monitor una retahíla de iconos idénticos. Multitud de fotografías de pequeño tamaño. Eligió una al azar y clicó dos veces en el icono. Al segundo, su niña rebotó contra sus ojos, tan sonriente como siempre.
Lucía sonreía como nadie más lo hacía en el mundo, pensó para sí mismo.
Y ese brillo se había apagado tan pronto…
Minutos después, continuaba ensimismado pulsando cada un cierto número de segundos la flecha de la derecha. Cuando dio la primera vuelta a la totalidad de las fotografías, comenzó desde el principio de nuevo. Su cabeza se mantenía apoyada sobre su mano, como si ésta bastara para sostener los innumerables momentos que volvían a la vida en su interior. En su mirada se podían adivinar cada uno de ellos.
Por el rabillo del ojo, atisbó el movimiento ondulante de una bata blanca pasando a la derecha de su mostrador. Elevó los ojos para atestiguar que no le molestaran en su tarea.
No era más que un profesor que, seguramente, había entrado para consultar algún libro.
Volvió a bajar la mirada para verse reflejado en la pantalla de TFT que se encontraba en frente de él.
Y al segundo, al procesar lo que acababa de descubrir, volvió a buscar aquella bata blanca.
No podía ser. Era imposible.
Apagó la pantalla de su terminal, sin importarle que Lucía desde allí le dijera con su clara piel que no lo hiciera. Se levantó súbitamente de la silla giratoria y notó cómo comenzaba a sudar por las palmas de las manos. Agarró un bolígrafo y se lo llevó a la boca. Lo soltó al segundo, arrojándolo hacia la pantalla del ordenador. Rebotó contra la misma produciendo un sonido metálico que intentó resonar en la sala, pero se quedó en un aislado ruido antes de que el silencio volviera a inundarlo todo. Al final, cayó al suelo. Mario se agachó para recogerlo.
Pero, ¿cómo podía estar allí? Buscaba un libro cerca de una de las estanterías, tan campante, como si nada hubiera pasado…
Se aupó lo que pudo para intentar vislumbrar el fondo de la sala. Allí seguía. Se fijó en el chico que llevaba toda la mañana en el mismo asiento de una de las mesas cercanas a donde se encontraba el profesor, leyendo como un loco en los libros de psiquiatría, pero rápidamente el chico no le importó nada.
No se podía quedar con los brazos cruzados.
Kike volvió a leer las mismas líneas para después copiarlas al pie de la letra sobre su papel: Anomalías cerebrales, cerebro más pequeño, menor cantidad de materia gris…
Escribía todo lo que le parecía interesante, aunque no estuviera de acuerdo con todo. No sabía si Abad tenía menos materia gris de la normal, no sabía si eso sería, como rezaba el libro, un factor predisponente para sufrir la esquizofrenia, pero por alguna razón que desconocía –o simplemente, porque todo era mentira, y la enfermedad no se había desarrollado hasta después de licenciarse –Abad había terminado la carrera de Medicina.
<< Medicina, moco de pavo, vaya >>
…circuitos alternativos, neuronas específicas, problemas en la regulación de los neurotransmisores…
Kike hizo ademán de asustarse y miró detrás de sí. En una estantería contigua a su mesa se encontraba un doctor buscando algún libro indeterminado. Volvió a sus apuntes con la intención de comprender mejor la actitud de Abad durante el último mes. Eso era lo que más le intrigaba. Lo rápido que se había desarrollado en una enfermedad que se supone crónica. También podía ser que fuera el primer brote y nadie supiera nada…pero entonces, ¿quién le había recetado la Clozapina?
…estabilizar los circuitos de dopamina y glutamato como tratamiento…
Ya había leído cómo la Clozapina era un antagonista de los recepetores dopaminérgicos, luchando así contra el exceso de dopamina que caracterizaba a la enfermedad. La Clozapina, en cambio, también actuaba sobre otros receptores, disminuyendo así los posibles efectos adversos de la primera acción. Kike no recordaba comportamientos extraños en Abad en los primeros dos años en la facultad. Quizá había adelgazado de un tiempo a esta parte. Incluso, recordó un par de ocasiones en los años anteriores en que había sufrido algún mareo, pero nada más importante.
…esquizofrenia paranoide o esquizofrenia residual…
En el último mes, más de un matiz en la personalidad del profesor, le habían llamado la atención a Kike. La supuesta persona que le perseguía, no era más que un síntoma positivo de la enfermedad, una paranoia. Un delirio como otro cualquiera.
…los síntomas positivos más comunes son las alucinaciones, tanto visuales, como auditivas o táctiles; el pensamiento desordenado y extraño…y los síntomas negativos se caracterizan por el aislamiento, la apatía, ausencia de sociabilidad…
Abad, en las últimas semanas, había descuidado un poco su imagen, hasta el punto de no cambiarse de ropa, de llevar los zapatos sin abrochar… pero todo lo que se le podía ocurrir a Kike, era parte del último mes, no así de los dos años anteriores, que habían transcurrido, a su ver, con normalidad. ¿Cuándo habría comenzado a tomar las pastillas? Si fue antes de tercero, sería un tratamiento bien reglado, porque nunca había visto aquellos botes anaranjados… era como si todo en este curso se hubiera precipitado…
...en el desarrollo de la enfermedad hay un componente genético fundamental, pero a la vez, la sociedad, el ambiente…son importantes puntos a considerar…así como el estrés, o el uso de sustancias tales como el alcohol, el hachís, la cocaína…
Kike volvió a mirar hacia las estanterías. La tranquilidad seguía siendo la misma. Ahora el hombre de la bata se había ido hacia otro pasillo.
…alta tasa de suicidios…baja autoestima…insatisfacción con la vida…
Y el libro volvía a acertar. Dos semanas atrás, todo había ido cuesta abajo, los delirios habrían ido aumentando, y con ellos, los ataques de Abad. Al final todo se había resuelto en un vuelo sin motor. Pero tampoco se había dejado ayudar. Nadie podría haber sabido qué le pasaba en realidad…
…algunos enfermos sienten una necesidad expresiva para anunciar lo que les pasa…el crear les apacigua…también se puede utilizar el arte con función terapéutica…la mayoría de las ideas delirantes consitutyen un intento desesperado de hallar explicaciones aparentemente racionales a ilusiones sensoriales…
Kike recordó la hoja repleta de aspas de color rojo y negro que le había entregado Abad, como muestra de una petición de auxilio.
…mejoría espectacular de los síntomas, casi con normalidad…antipsicóticos atípicos mucho mejor tolerados…sin tantos efectos secundarios…
Los pasos alejándose de los estantes repletos de libros hicieron que Kike volviera a despegar los ojos de sus sucios apuntes. Entonces, la bata blanca se giró hacia un lado, dejando ver quién la portaba. Era el doctor Luengo.
Kike nunca le había visto por la biblioteca. En realidad, nunca había visto a un profesor allí dentro.
…muchas veces encadenan fragmentos y palabras carentes de lógica o de propósito…un paciente se ríe a carcajadas al describir su tormento…
La vez que quedaron ambos para la extracción de las vísceras de un cadáver, Abad se comportó de una forma un tanto extraña. Incluso Kike había terminado la reunión saliendo a la búsqueda de un extraño “espía”. Por otro lado, recordó la escena de la azotea. Abad, antes de arrojarse al vacío, había cambiado de humor en varias ocasiones. En una de ellas, incluso se había reído de él mismo…
El sonoro cerrar del pesado libro hizo dirigir las miradas de los pocos que había en la sala hacia Kike. Se levantó del asiento, cogió de cualquier forma los folios que acababa de rellenar como último trabajo de conciencia, y llevó el libro hasta una mesa cercana, para que volviera a ser colocado en su sitio.
Ya había decidido terminar con ese libro. Con ese, y con todos los demás. Abad se había suicidado por su enfermedad, una afección terrible, crónica. Pero a la vez, muy humana, una enfermedad en que los pacientes luchan hasta el final por salir a flote, aún siendo pocos los recursos que se les ponen al alcance, tanto desde el exterior, como los pocos márgenes que les da la propia patología.
Todas las atrocidades que pudiera haber cometido el profesor ya eran asunto de la policía. De su padre, concretamente.
Él ya había cerrado ese capítulo.
Siguió andando hacia la salida, pensando también en lo acontecido con Andrea esa misma mañana. De repente, escuchó una voz de un tono superior al acostumbrado en la biblioteca. Se produjo una contestación, en un timbre más pausado. Corrió hacia el mostrador de los bibliotecarios, que es donde parecía provenir todo.
- Pero, ¿qué haces? –dijo Luengo, alejándose como pudo de un brazo que le llegó a impulsar el hombro hacia atrás.
- ¡Cómo te atreves a volver a aparecer por aquí, hijo de puta! –gritó Mario Cifuentes, volviendo a intentar golpear a Luengo.
- Tú no tienes porqué venir ahora a resolver algo que ya se juzgó –intentó explicarse y evadir a la vez los continuos ataques del bibliotecario –Ya cumplí por algo que no cometí y que así se probo…
- ¡A mí me importa una mierda lo que digan los jueces, o la maldita policía! –volvió a impulsar hacia atrás a Luengo. Éste se dio contra las sillas que se encontraban más cercanas a los ordenadores -¡Tú la mataste! ¡La asesinaste!
Luengo se dio la vuelta para volver a orientarse hacia la salida, aunque seguía de espaldas a la misma, probando a parar los leves puños del contrincante amateur.
- No dices más que tonterías… yo… era incapaz de hacerle nada a esa chica…
- ¡Pero llámala por su nombre, hijo de puta! ¿O te avergüenzas de lo que hiciste? ¡Asesino! ¡Tú mataste a Lucía!
- ¿Yo? Yo la que…
Súbitamente, un puño cerrado rompió el aire para chocar violentamente contra la frente de Luengo. El profesor lo vio venir, instantes después de haber recordado una imagen que había intentado olvidar durante cinco años. Una chica postrada en el suelo, con un charco de sangre partiendo de alguna parte.
Después del impacto, todo se fundió en negro.





